Hay algo precioso en la manera como resolvemos problemas tecnológicos: primero inventamos el problema y después nos felicitamos muchísimo por inventar la solución.
Queríamos unas gafas capaces de tomar fotos, grabar video, escuchar comandos y consultar inteligencia artificial sin sacar el teléfono. Perfecto. Las fabricamos. Luego alguien hizo una pregunta bastante razonable: “Bueno, ¿y cómo carajos sé yo que el desconocido que tengo enfrente no me está grabando con esa vaina?”. Y como las gafas fueron diseñadas precisamente para parecer gafas y no una cámara de seguridad pegada a la frente, apareció el siguiente producto inevitable de nuestra civilización: ZuckOff, una aplicación cuyo trabajo consiste en detectar que posiblemente hay unas gafas inteligentes cerca de usted.
No puede decir quién las lleva. No puede asegurar que estén grabando. No puede señalar al sospechoso con una flecha roja diciendo “es ese hijueputa”. Simplemente escucha las señales Bluetooth que emiten determinados dispositivos y avisa cuando reconoce firmas asociadas a modelos como Ray-Ban Meta, Oakley Meta y Snap Spectacles. La intensidad de la señal permite estimar más o menos qué tan cerca están, pero no la dirección. Es, básicamente, un detector de “aquí alrededor hay una de esas vainas”.
Hermoso futuro.

La cámara finalmente aprendió a vestirse de civil
Las cámaras ocultas existen desde hace muchísimo tiempo. La diferencia es que antes una cámara escondida implicaba cierto esfuerzo criminal: un agujero sospechoso, un reloj raro, un lapicero comprado en una página con pésimo diseño. Ahora usted puede comprar unas gafas perfectamente respetables que además graban video mientras sigue pareciendo un señor que simplemente necesita lentes.
Ese es precisamente el atractivo del producto. Si unas gafas inteligentes parecieran un casco de astronauta, el problema sería menor porque cualquiera podría decir: “Ese man tiene una computadora en la cabeza, pilas”. Pero una parte importante del éxito de las Ray-Ban Meta es que se parecen muchísimo a unas Ray-Ban normales.
Para avisar que están grabando tienen una luz indicadora. El problema es que ya se han documentado modificaciones físicas para ocultarla o inutilizarla, hasta el punto de que Meta anunció una actualización destinada a detectar alteraciones en el LED y bloquear la grabación cuando el sistema identifica que fue manipulado. Es decir, ya estamos en la fase en que el fabricante tuvo que enseñarle a las gafas a descubrir si el dueño intentó engañar a las personas que está grabando.
No hemos llegado al futuro. Estamos instalando antivirus en la cara.

Entonces apareció un polaco a escuchar Bluetooth
ZuckOff fue creada por Pawel Szydlowski, un desarrollador polaco de 30 años que empezó a construir una base de firmas digitales capturando las señales Bluetooth emitidas por distintos modelos. La aplicación compara lo que encuentra alrededor con identificadores asociados a fabricantes y dispositivos conocidos. Según WIRED, desde su lanzamiento en agosto ya había acumulado más de 5.000 descargas en iPhone y alrededor de 1.000 en Android cuando se publicó la historia.
Lo más sensato es que la propia aplicación no pretende vender poderes que no tiene. Una alerta no demuestra que alguien esté grabando. Que no aparezca ninguna alerta tampoco garantiza que no haya una cámara. Algunos dispositivos pueden permanecer silenciosos, las señales Bluetooth cambian y la cercanía es aproximada. ZuckOff incluso enseña qué encontró para producir cada aviso y distingue distintos niveles de confianza.
Eso vuelve la situación todavía más absurda. Uno puede estar tomando café tranquilamente y el teléfono decirle, en esencia:
“Buenas tardes. No quiero alarmarlo, pero estadísticamente hay unas gafas raras por aquí.”
¿Quién?
No sabemos.
¿Está grabando?
Tampoco.
¿Dónde está?
Más o menos cerca.
Muchas gracias, tecnología. Qué paz.

El verdadero problema no son las gafas sino el hijueputa que se las pone
Todo esto sería una curiosidad para paranoicos si no estuviera apareciendo un uso bastante más desagradable de estas cámaras. WIRED publicó también testimonios de mujeres que descubrieron que hombres con los que habían salido las grabaron utilizando gafas Meta, en algunos casos sin consentimiento. Una de ellas supo después que material de la cita había terminado publicado en internet.
Ahí cambia la conversación. Porque grabar con un teléfono exige un gesto socialmente visible: sacarlo, apuntarlo, levantarlo. Incluso cuando alguien intenta hacerlo disimuladamente se nota que está manipulando algo. Con las gafas, la cámara está exactamente donde debería estar la mirada. Usted no tiene que apuntar nada. Mira y graba desde prácticamente el mismo lugar.
Y ese pequeño cambio de diseño modifica una regla social enorme: antes uno podía asumir razonablemente que una conversación privada no estaba siendo convertida en contenido a menos que viera una cámara. Ahora esa seguridad empieza a depender de reconocer modelos de monturas, buscar una lucecita diminuta o instalar una aplicación que patrulle el Bluetooth de la habitación.
Qué descanso.

Bienvenidos a la carrera armamentista más pendeja del mundo
Lo verdaderamente interesante de ZuckOff no es si la aplicación funciona perfectamente. Su existencia ya cuenta la historia.
Primero apareció un dispositivo que hace las cámaras menos visibles. Después aparecieron usuarios tratando de ocultar todavía más el indicador de grabación. Luego el fabricante desarrolló mecanismos para detectar que manipularon el indicador. Y ahora tenemos aplicaciones independientes buscando la firma inalámbrica de las gafas para avisarles a terceros que podrían estar cerca.
Observe la secuencia porque es maravillosa: gafas que observan, usuarios que esconden que observan, software que vigila al usuario que intenta esconderlo y otro software que vigila a las gafas que observan.
En cualquier momento sale ZuckOffOff para detectar quién tiene instalado ZuckOff y cerramos el círculo.
Ese probablemente sea el verdadero futuro de los gadgets personales. No solamente aparatos haciendo cosas por nosotros, sino aparatos defendiéndonos de las cosas que hacen los aparatos de los demás. Su reloj vigila su corazón, sus gafas vigilan el mundo, su celular vigila las gafas y uno en la mitad intentando tomarse una cerveza sin convertirse accidentalmente en material para TikTok.
Las gafas inteligentes seguramente seguirán mejorando. Serán más pequeñas, grabarán mejor y se integrarán todavía más naturalmente a la ropa y al cuerpo. Justamente por eso el problema no va a desaparecer. Cuanto menos parezca una cámara una cámara, más difícil será conservar esa vieja costumbre humana de saber cuándo alguien nos está apuntando una.
Y ahí estaremos nosotros, ciudadanos avanzadísimos del siglo XXI, mirando una alerta de Bluetooth que dice que posiblemente hay unas gafas con cámara a unos metros.
Después de siglos de progreso científico, terminamos reinventando al celador.
Solo que ahora vive en el celular.


TODAVÍA NADIE HA FIRMADO. PUEDES SER EL PRIMERO.