¿Vos pensás que me controlás? Me da risa.

Todavía recuerdo tus besos. Tenías los labios carnosos, mojados de pasión, y yo también estaba húmeda aquella noche. Muchos me tocaron, no voy a negarlo. Coqueta como siempre, me dejé llevar de un lado a otro, pero nunca me quedé quieta. Corría, escapaba, los hacía venir detrás de mí mientras la lluvia caía y convertía todo en un desorden.

Vos me viste rodar desde lejos y pensaste que conmigo iba a ser fácil. Siempre fuiste así: romántico, soñador, un poquito iluso. A veces todavía te recuerdo y siento que se me sale el aire por los poros gastados de tantos golpes bien dados.

Hubo momentos en que me tuviste dormida a tus pies y fui feliz con vos, no lo niego. Me encantó sentirme tuya. Varias veces.

Pero nunca fui fiel.

¿Te acordás de tu amigo, el negro cabezón? Yo sí. Vi su cabeza encima de mí varias veces aquella misma noche. Pegaba fuerte el hijo de puta. Me dejaba seca, tirada sobre el piso mojado, después de mandarme por los aires como si yo no pesara nada.

El negro era letal. En pocos minutos ya me había metido dos veces. Pensé que después de eso iba a llevarme con él, pero no. Yo tampoco quería irme. Todavía esperaba terminar la noche con vos.

Porque vos me tocabas distinto. Me calentabas, me acariciabas, me besabas. A veces hasta me gritabas y, para qué mentirte, me gustaba. Pero había una cosa que me desesperaba: tanto tocarme, tanto buscarme, tanto tenerme cerca...

y nunca la metías.

El negro hijo de puta sí.

Vos pensás que me controlás

Después apareció el flaco manilargo. No te enojés, pero esas manos eran perfectas. Con una sola podía levantarme. Me hacía subir hasta el cielo, me acercaba a las estrellas y después me apretaba contra el pecho como si fuera a quedarse conmigo para siempre. Varias veces terminé descansando entre sus brazos mientras los demás corrían alrededor.

También fui suya.

Por un rato.

Porque ya te dije que no sé ser fiel.

Aquella noche regresé a buscarte como siempre: rápida, mojada, coqueta. Quería volver a sentir tus pies cerca. Quería volver a ser tuya, aunque fuera apenas unos segundos. El flaco me tenía bien agarrada, demasiado confiado, hasta que cometió el error de mirar hacia atrás.

Cuando volvió a buscarme ya me había escurrido entre sus dedos.

Salí disparada. Me perdió. Se emputó. Y cuando volvió a alcanzarme me pegó una patada en el culo que me mandó fuera del estadio.

Así era nuestra relación.

Todos querían tenerme, pero ninguno podía quedarse conmigo demasiado tiempo. Vos me querías bajo tus pies. El negro cabezón prefería usar la cabeza. El flaco manilargo quería atraparme con las manos. Los demás aparecían por turnos: me perseguían, me golpeaban, me acariciaban, me disputaban como si yo tuviera dueño.

Y yo iba de uno a otro, sin culpa, sin promesas, sin preguntarle a nadie.

Porque la verdad es esta:

nunca fui fiel a ninguno de ustedes.

Mi despedida, sin embargo, me partió el alma.

Después apareció el flaco manilargo

Cuando todo terminó yo estaba en brazos de otro hombre. Uno extraño, ajeno a nuestros juegos. Nunca me había tocado durante la noche. Jamás me besó. Ni siquiera corrió detrás de mí. Era con vos con quien yo quería terminar, pero la autoridad era él.

Miró su reloj, llevó el silbato a la boca y pitó.

Se acabó.

Vos dejaste de correr. El negro cabezón se alejó. El flaco manilargo bajó los brazos. Los demás se fueron dispersando mientras las tribunas empezaban a vaciarse.

Él me recogió del césped y me llevó consigo.

Yo seguía mojada, golpeada, llena de barro y con las marcas de todos encima. Habían pasado noventa minutos. Veintidós hombres habían intentado hacerme suya.

Ninguno pudo.

Porque yo nunca le pertenecí a nadie.

Ni siquiera a vos.

Las pelotas somos así.