Hay un sonido muy pequeño metido dentro de Look Back que, en 2026, casi parece un acto político: un lápiz raspando papel.

Ras, ras, ras.

Eso es todo. Nadie está salvando el universo. No hay un señor musculoso peleando contra un portal azul en el cielo. No explota Tokio. No aparece una criatura de quince pisos diseñada después de una reunión ejecutiva en la que alguien dijo “necesitamos una franquicia”. Una niña está dibujando.

Y Hirokazu Kore-eda, ganador de la Palma de Oro por Shoplifters, decidió que ahí había una película.

No solamente en los dibujos terminados. En hacerlos.

Su adaptación en acción real de Look Back, el manga que Tatsuki Fujimoto publicó en 2021, se estrenó en competencia en el Festival de Venecia el 7 de septiembre y sigue durante trece años a Fujino y Kyomoto, dos muchachas de un pueblo pequeño que se conocen porque dibujan manga y terminan construyendo alrededor de esa actividad una amistad, una carrera y buena parte de lo que entienden por estar vivas.

Y sí, Fujimoto es el mismo degenerado creativo de Chainsaw Man, un hombre capaz de poner demonios, motosierras, traumas afectivos y gente tomando decisiones absolutamente indefendibles dentro de una misma historia. Pero Look Back va por otro lado. Aquí no necesita sacar un monstruo de la pared. El monstruo es bastante más conocido: compararse con alguien mejor que usted.

Fujino empieza siendo la niña talentosa del colegio. Publica sus historietas, recibe elogios, está tranquila administrando su pequeño imperio artístico infantil hasta que aparecen los dibujos de Kyomoto, una compañera recluida en casa que dibuja fondos muchísimo mejor que ella.

Ahí se acabó la paz.

Porque nada motiva más a un artista que el amor por el arte, excepto descubrir que otra hijueputa tiene más talento.

Fujino se obsesiona. Practica. Trabaja. Mejora. Se desespera. Abandona. Regresa. Luego conoce a Kyomoto y descubre una de esas ironías tan ofensivas que solamente la vida tiene el descaro de organizar: Kyomoto la admira a ella.

Perfecto. Dos inseguridades complementarias. Ya pueden montar una empresa.

Dibujar hasta que el lápiz deje de sonar igual

Kore-eda encontró Look Back casi como se encuentran las cosas que después terminan importándole a uno demasiado: sin estar buscándola. Contó que vio el libro en una tienda de la estación de Shinagawa, regresando de Kioto en tren bala, le llamó la atención la portada y lo compró por impulso. Esa noche lo leyó de una sentada. En su declaración para Venecia dijo que sintió con claridad que Fujimoto era un creador que sencillamente no podía seguir adelante sin haber hecho esa obra.

Eso ya cambia completamente la adaptación.

Kore-eda no llegó diciendo: “Qué propiedad intelectual tan interesante, veamos cómo monetizamos este muñeco”. Llegó como otro tipo que hace cosas mirando el trabajo de alguien y pensando: marica, este hombre necesitaba sacar esto de adentro.

Él mismo relacionó esa sensación con Nobody Knows, una película que ocupó para él un lugar parecido. Y ahí está probablemente el corazón de toda esta vuelta: Look Back no trata realmente sobre convertirse en mangaka. Trata sobre esa enfermedad bastante difícil de explicar que lleva a una persona a pasar cientos de horas haciendo algo que perfectamente podría no hacer.

Dibujar una página que mañana habrá que volver a dibujar.

Escribir una escena que nadie pidió.

Grabar una canción cuando existen aproximadamente diecisiete millones de canciones más.

Tomar otra foto.

Pintar otra mierda.

Hacer otra película.

¿Cuál era la necesidad?

Ninguna. Ese es precisamente el problema.

Kore-eda decidió además rodar la película en 35 mm, principalmente en Nikaho, en la prefectura de Akita, y repartió la filmación a lo largo del año para capturar realmente los cambios de estación. No puso un filtro de “otoño premium” y dijo listo, muchachos, almorcemos. Filmó invierno, primavera, verano y otoño porque el paso del tiempo es parte física de la relación entre estas dos mujeres.

Pero la decisión más hermosa puede ser la menos espectacular: escuchar cómo dibujan.

Kore-eda ha dicho que uno de los temas centrales de la película era la transformación del sonido del instrumento. Al principio hay trazos inseguros, pequeños rasguños. Después la mano se vuelve más firme. El ruido cambia porque la persona cambió. Finalmente aparece el golpeteo suave del lápiz digital sobre la tableta.

Ahí, sin ponerse a dictar una conferencia TED de dos horas sobre tecnología, Look Back construye una pequeña historia de la creación humana.

Papel.

Tinta.

Mano.

Pantalla.

La tecnología avanza, pero todavía hay alguien haciendo el trazo.

Y Kore-eda se tomó esa vaina tan en serio que Natsuki Deguchi, Aju Makita, Furi Nanase y Rokka Okada, las cuatro actrices que interpretan a Fujino y Kyomoto en distintas edades, pasaron meses aprendiendo técnicas de manga antes del rodaje. Parte de lo que dibujaron terminó apareciendo en la película. Nanase contó que solo entrenando entendió lo absurdamente difícil que es hacer manga.

Eso importa.

Porque el cine está lleno de actores “trabajando” de cosas que evidentemente jamás han hecho. El supuesto chef corta una zanahoria como si estuviera desactivando una bomba. El músico toca un piano con la misma relación entre dedos y sonido que tiene un gato caminando encima del teclado. Pero aquí las manos tenían que saber.

El gesto no podía ser una mentira.

Vulture señala precisamente cómo la película abre espacio para esos sonidos pequeños: el lápiz, los silencios, el ambiente alrededor de las muchachas. También destaca que Kore-eda conserva buena parte de la estructura, las imágenes y hasta la paleta del manga original en vez de agarrar el material y convertirlo en otra cosa solamente para demostrar que ahora llegó “un autor serio”.

Gracias a Dios.

Porque esa es otra enfermedad del cine: comprar una obra que ya funcionaba para luego pasar dos años explicando por qué había que corregirla.

Dibujar hasta que el lápiz deje de sonar igual

La máquina puede hacer diez mil imágenes; el problema es para qué carajos

Ahora viene la parte incómoda.

Look Back no es una película “sobre inteligencia artificial”. Kore-eda no necesitó poner a Fujino frente a un computador y hacerla decir: “La automatización está amenazando nuestra subjetividad creativa”, porque, primero, qué diálogo tan espantoso, y segundo, la película ya está hablando del asunto sin mencionarlo.

Estamos entrando en una época donde producir una imagen dejó de ser necesariamente difícil.

Uno escribe unas palabras, espera un momento y aparecen cinco. No le gustaron: otras cinco. Hágala más triste. Más bonita. Más cinematográfica. Más parecida a una campaña de perfume donde nadie sabe qué venden pero todos están mojados.

Otra.

Otra.

Otra.

Hasta el infinito.

Y ahí Look Back hace una pregunta mucho más interesante que la discusión cansona de “máquinas malas, artistas buenos”: si producir una imagen ya no es extraordinario, ¿qué vuelve importante a una imagen?

La respuesta de Kore-eda parece estar en todo aquello que tarda.

Fujino frustrándose.

Kyomoto encerrada dibujando.

Una aprendiendo de la otra.

Las dos caminando.

Mirando paisajes.

Tomando fotografías para luego convertir el mundo en fondos.

Estudiando animales.

Yendo al cine.

Madurando.

Separándose.

Perdiéndose.

Volviendo mentalmente sobre lo vivido.

Vulture describe cómo Fujino fotografía caminos, campos, pájaros y trenes para que Kyomoto tenga referencias que dibujar. En esa rutina sencilla hay una idea preciosa: para inventar un mundo primero tuvieron que mirar este.

Esa frase debería estar pegada con cinta en la pantalla de media internet.

Porque el problema del slop no es simplemente que una máquina produzca imágenes. El problema es esa sensación de contenido que no viene de ninguna parte y no va para ninguna parte. Una especie de puré visual hecho con miles de cosas previamente vistas, fabricado para mantener circulando la tubería.

Nada estuvo en juego.

Nadie tuvo que salir de la casa.

Nadie pasó tres semanas tratando de dibujar una mano y terminó preguntándose por qué hijueputas los seres humanos tienen cinco dedos.

Nadie estuvo celoso.

Nadie sintió vergüenza.

Nadie quiso impresionar a una amiga.

Nadie perdió a alguien.

Nadie necesitó hacer esa imagen para poder continuar.

Y ahí está Fujimoto.

La propia lectura de Kore-eda sobre el manga fue precisamente esa: su autor necesitaba hacerlo para seguir adelante. La creación no como decoración ni como productividad ni como “generación de contenido”, esa expresión horrible que convierte una vida humana en una fábrica de posts, sino como mecanismo para procesar algo que no cabe cómodamente en otro lado.

La máquina puede hacer diez mil imágenes; el problema es para qué carajos
Crear no siempre significa tener algo nuevo que decir. A veces significa no saber cómo seguir viviendo hasta haberlo dicho de alguna forma.

Ese es el terreno de Look Back.

Y por eso también es importante que su historia no convierta el arte en ese cuento motivacional donde alguien practica bastante, gana un concurso y después suena una canción inspiradora mientras llegan los cheques.

Aquí crear también duele.

La amistad entre Fujino y Kyomoto pasa por la admiración, la dependencia, la competencia, la ambición y finalmente por una pérdida que obliga a mirar hacia atrás —el título no está precisamente jugando escondidas— y preguntarse una cosa terrible: si hacer arte pudo conducir hasta este dolor, ¿habría sido mejor no empezar?

Fujimoto permite incluso que la historia imagine otra posibilidad, otro recorrido, una especie de versión lateral de los acontecimientos donde ciertas decisiones cambian. Kore-eda conserva esa estructura, aunque Vulture considera que esa abstracción es justamente uno de los lugares donde su estilo naturalista se siente menos cómodo.

Pero la pregunta queda.

¿Qué habría pasado si Fujino no hubiera dibujado?

¿Qué habría pasado si nunca hubiera conocido a Kyomoto?

Uno puede eliminar el dolor eliminando también todo lo que condujo hasta él.

Excelente negocio.

Solo toca borrar la amistad, la obra, los años, la admiración, el crecimiento y buena parte de la persona que usted terminó siendo.

Una ganga.

Por eso Look Back llega en un momento tan perfecto. No porque venga a salvar heroicamente “el arte humano” de las máquinas. Esa película sería insoportable. Llega porque recuerda algo más básico y, justamente por eso, más difícil de automatizar: crear no es únicamente obtener un resultado.

También es demorarse.

Aprender.

Copiar mal.

Corregir.

Envidiar.

Encontrar una persona que haga algo mejor que uno y quedar picado durante seis meses.

Salir a mirar un árbol porque no recuerda cómo carajos son las ramas.

Hacer amistad trabajando.

Perderla.

Volver a una página vieja y descubrir que uno ya no dibuja igual.

El lápiz del comienzo no suena como el lápiz del final.

Ahí está toda la película.

Podemos fabricar imágenes infinitas. Seguramente cada año será más fácil, más rápido y más barato.

Pero Fujino y Kyomoto no dibujan porque al mundo le hagan falta dibujos.

Dibujan porque a ellas les hace falta dibujar.

Y contra esa necesidad, por ahora, no existe botón.