Imagínese abrir Instagram mañana y que, antes de mostrarle absolutamente nada, aparezca una pregunta:
¿Quiere que nosotros decidamos qué ve o quiere ver solamente las cuentas que usted siguió?
No “administrar preferencias”. No meterse por Configuración, Privacidad, Contenido, Más opciones, Preferencias avanzadas y después encontrarse un botón escondido detrás de una mata.
Una pregunta de frente.
Australia quiere obligar a las plataformas a hacer exactamente eso.
El gobierno de Anthony Albanese presentó el 8 de septiembre el borrador de una nueva Digital Duty of Care que incluye una iniciativa llamada My Feed, My Way. Si llega a convertirse en ley, las redes sociales tendrían que notificar tanto a usuarios nuevos como existentes y ofrecerles escoger cuál será su feed predeterminado: contenido personalizado recomendado algorítmicamente o publicaciones de los amigos y creadores que decidieron seguir. Además, la elección tendría que respetarse.
Parece poca cosa.
Es una hijueputada.
Porque durante años internet hizo exactamente lo contrario: primero nos enseñó a escoger a quién seguir y después, cuando ya estábamos adentro, decidió que nuestra elección tampoco era tan importante.
Usted siguió a su primo. Internet le consiguió otros 4.700 desconocidos
Uno todavía habla de “seguir” personas como si eso definiera lo que aparece en una red social.
Qué ternura.
Usted puede seguir a su primo, a Shakira, al Deportivo Cali, a una panadería de San Fernando y a una señora que enseña recetas de arroz con pollo. Pero abre TikTok, Instagram, Facebook o cualquier plataforma moderna y rápidamente aparece gente que usted jamás pidió: un odontólogo de Bucaramanga explicando infidelidades, una muchacha haciendo una receta con 700 gramos de queso, un gringo peleando con otro gringo, alguien restaurando una mesa, tres gatos, una teoría política que lo emputa y un man diciendo que a los 26 años usted ya debería tener cuatro apartamentos.
Eso es el internet contemporáneo.
La idea original de “yo elijo a quién sigo” fue siendo reemplazada por otra bastante más poderosa: “nosotros sabemos qué puede lograr que usted no cierre la aplicación”.
Y ojo: el algoritmo no es automáticamente el malo de la película. También es la razón por la que uno descubre música, artistas, restaurantes, periodistas, memes y personas que nunca habría buscado por su cuenta. La ministra australiana de Comunicaciones, Anika Wells, lo dijo claramente: mucha gente probablemente seguirá escogiendo el algoritmo y está bien. La propuesta no busca prohibir la recomendación; busca que utilizarla sea una elección.
Ahí está lo radical.
No apagar el algoritmo.
Devolverle el interruptor al dueño del teléfono.

Australia no está pidiendo un internet aburrido
El proyecto todavía no es ley. Es un borrador sometido a consulta, publicada hasta el 22 de septiembre, y el gobierno pretende llevar legislación al Parlamento este año.
Además, My Feed, My Way es apenas una parte de un paquete mucho más grande. La Digital Duty of Care pretende obligar a servicios digitales a anticipar y reducir daños previsibles. Para menores incluye preocupaciones por pornografía, trastornos alimentarios, misoginia, acoso y contenidos que glorifiquen delitos; también alcanza elementos de diseño como algoritmos personalizados y endless scroll. Las sanciones del esquema general podrían llegar a 109,2 millones de dólares australianos por incumplimientos del deber de cuidado.
Naturalmente ya apareció la discusión sobre censura y poder estatal. La oposición australiana ha cuestionado especialmente cuánto margen tendría el gobierno para definir nuevas categorías de daño, mientras el Ejecutivo insiste en que para adultos el foco está en contenido ilegal y en devolver capacidad de elección sobre las herramientas.
Esa pelea va a ser larga.
Pero la parte del feed plantea una pregunta mucho más cotidiana y, francamente, más divertida:
¿Qué pasaría si uno apagara la recomendación durante una semana?
En Colombia sería una experiencia antropológica
Piense esto aplicado acá.
Abre Instagram y no aparece el video del man que se estrelló en una moto en Soacha porque llevaba tres horas rotando por el país. No aparece una pelea de novios que ninguno de nosotros conoce. No aparece el restaurante de Medellín donde sirven una hamburguesa dentro de otra hamburguesa porque “tenía que probarla”. No aparece el político que usted detesta pero al que el algoritmo ya descubrió que usted le dedica nueve veces más atención precisamente porque lo detesta.
Aparece la gente que usted siguió.
Y ahí posiblemente tendríamos una revelación bastante maluca:
de pronto nosotros tampoco escogimos buena parte del internet que creemos que nos gusta.
Escogimos unas cuentas. Después la plataforma estudió dónde frenábamos el dedo, qué repetíamos, qué compartíamos, qué nos daba rabia y qué nos hacía quedarnos otros veinte segundos. A partir de ahí construyó una versión personalizada del mundo.
Eso es lo interesante del experimento australiano. No pregunta si el algoritmo es bueno o malo. Pregunta algo anterior:
¿quién debería decidir cuándo manda?

Colombia ya empezó a tocar el problema, pero por otro lado
Aquí no existe hoy una propuesta equivalente que obligue a Instagram, TikTok o Facebook a ofrecerle a todo adulto colombiano un feed sin recomendaciones como opción predeterminada.
Pero tampoco estamos completamente en la prehistoria.
El Decreto 769 de 2026, que reglamenta la Ley 2489 de 2025 sobre entornos digitales seguros para niños, niñas y adolescentes, ya habla expresamente de evaluar los efectos de sistemas automatizados y algoritmos de recomendación, prevenir riesgos, promover hábitos digitales saludables y exigir medidas de seguridad y privacidad desde el diseño.
La diferencia es importante.
Colombia está preguntando principalmente: ¿cómo protegemos a los menores dentro de sistemas algorítmicos?
Australia está agregando otra pregunta:
¿por qué los adultos tampoco podemos decidir fácilmente si queremos esos sistemas encima todo el tiempo?
Y esa conversación sí nos debería interesar.
Porque aquí solemos discutir internet cuando ya ocurrió la cagada: estafa, acoso, explotación de menores, desinformación, robo de datos. Mucho menos hablamos del diseño cotidiano que determina qué vemos durante dos, tres o cinco horas cada día.

El botón que amenaza más de lo que parece
Si Australia aprueba esto, no significa que millones de personas vayan a apagar inmediatamente el algoritmo.
Probablemente no.
La recomendación es cómoda. Divertida. A veces extraordinariamente buena. Uno abre la aplicación sin saber qué quiere y la aplicación dice: tranquilo, papi, yo sí sé.
Ese es precisamente su poder.
Por eso obligar a las plataformas a formular la pregunta ya cambia algo. Durante años la personalización algorítmica pasó de ser una herramienta a convertirse prácticamente en el estado natural de internet. Está tan metida en la experiencia que mucha gente ni siquiera piensa que podría existir otra.
Australia está proponiendo algo casi arqueológico:
volver a ver aquello que decidimos ver.
De pronto uno prueba y a los quince minutos ruega que le devuelvan el algoritmo porque sus amigos son aburridísimos.
También puede pasar.
Pero al menos sería nuestra decisión.
Y para una industria construida alrededor de saber qué queremos antes de que nosotros mismos lo sepamos, pocas cosas podrían resultar más peligrosas que un botón modestico preguntando:
¿Seguro que quiere que sigamos escogiendo por usted?

TODAVÍA NADIE HA FIRMADO. PUEDES SER EL PRIMERO.