Durante décadas la propaganda extremista tuvo, por lo menos, la cortesía de parecer propaganda extremista.

Banderas. Discursos. Tipografías amenazantes. Hombres armados mirando a cámara con una solemnidad que dejaba bastante claro que uno no había llegado ahí buscando una receta de pasta. Había códigos visuales reconocibles. Uno podía encontrarse esa mierda en internet y, incluso sin entender el idioma, sospechar que aquello no era precisamente el nuevo tráiler de Pixar.

En 2026 esa tranquilidad se está acabando.

Una investigación publicada hoy por WIRED, basada en un reporte del Institute for Strategic Dialogue (ISD), documenta una nueva camada de contenido producido por simpatizantes de organizaciones terroristas islamistas como ISIS y Al Qaeda que utiliza IA generativa, estética anime, dibujos animados, memes y fan edits para reciclar propaganda violenta dentro de los formatos normales del feed. El ISD llama al fenómeno Slop Jihad.

El ejemplo más grotesco parece una idea que alguien debería haber descartado inmediatamente después de pensarla: un antiguo video de ejecución de ISIS fue reconstruido como una animación inspirada en SpongeBob SquarePants. En otro caso, contenido del boletín de ISIS al-Naba terminó convertido en anime.

El asunto importante no es que la inteligencia artificial pueda dibujar terroristas como personajes animados. A estas alturas la IA puede producir prácticamente cualquier porquería que uno sea capaz de describir antes del desayuno.

Lo importante es otra cosa: la propaganda aprendió que para sobrevivir en el internet actual primero tiene que aprender a parecer internet.

El caballo de Troya ahora tiene música de edit

Según WIRED, los investigadores identificaron 150 videos distribuidos por 71 cuentas de TikTok, con más de 5,4 millones de visualizaciones acumuladas. El fenómeno apareció también en Instagram y Facebook, aunque TikTok concentró la enorme mayoría de los ejemplos estudiados.

TikTok cuestionó las conclusiones del informe y dijo que su metodología era vaga y que no reflejaba adecuadamente cómo se utiliza la plataforma. La compañía aseguró que prohíbe organizaciones violentas y de odio, que emplea sistemas automatizados y equipos humanos para detectar ese contenido y que todas las piezas señaladas en la investigación fueron retiradas. WIRED, además, reportó que decenas desaparecieron después de que el medio se las mostrara a TikTok.

Eso importa porque conviene no convertir una investigación seria en el titular flojo de “TikTok está lleno de terrorismo”. No es eso.

La historia interesante está en cómo cambia el disfraz.

El investigador del ISD Moustafa Ayad lleva tiempo observando comunidades extremistas digitales y sostiene que esta nueva producción mezcla IA, cultura gamer, shitposting, códigos visuales juveniles y hábitos tomados de otras subculturas de internet. Algunos simpatizantes tradicionales incluso detestan la nueva estética porque la consideran poco seria o propia de gente que no sería suficientemente comprometida con la ideología.

Lo cual es extraordinario por razones bastante deprimentes: hasta el extremismo tiene ahora pelea generacional.

En algún rincón del planeta debe haber un fundamentalista de vieja escuela viendo un fan edit y diciendo algo equivalente a:

—Estos pelados de ahora ya no respetan nada.

Pero precisamente ahí aparece la eficacia cultural del asunto. El contenido no necesita parecer solemne para transmitir una idea solemne. Puede ser absurdo. Cute. Ironicón. Mal dibujado. Puede parecer hecho por alguien que lleva seis horas editando anime y tomando Monster.

Y nuestro cerebro ya aprendió algo peligrosísimo durante veinte años de redes sociales: cuando algo parece meme, bajamos la guardia.

El meme viene con una coartada incorporada.

“Es un chiste”.

“Es shitpost”.

“Es irónico”.

“Solo me dio risa”.

“Yo no apoyo eso, marica, mire el muñequito”.

El ISD lleva años señalando que esa ambigüedad es precisamente una de las fortalezas políticas del meme. En investigaciones anteriores sobre extrema derecha, el instituto explicó cómo el humor y la ironía pueden disimular mensajes radicales, reducir la barrera de entrada y volver socialmente tolerable compartir una imagen que, presentada como propaganda tradicional, sería mucho más difícil de circular.

La técnica no nació con la IA.

La IA simplemente le puso una fábrica encima.

El caballo de Troya ahora tiene música de edit

El verdadero problema no es que sea falso: es que parece familiar

Durante años discutimos los riesgos de la inteligencia artificial alrededor de una obsesión bastante específica: ¿podemos distinguir lo real de lo falso?

Deepfakes.

Audios clonados.

Fotos falsas de políticos.

Videos de guerras que nunca ocurrieron.

Claro que todo eso importa. Pero esta historia muestra otro problema más raro: contenido que no necesita engañarnos sobre su origen para funcionar.

Nadie tiene que creer que SpongeBob realmente pertenece al Estado Islámico.

El valor está en otra parte.

Está en apropiarse de un lenguaje que ya conocemos.

Anime. Edits. Personajes infantiles. Música dramática. Cortes rápidos. Memes. Referencias internas. La gramática completa de una cultura donde uno puede pasar en veinte segundos de un gato bailando a una guerra, después a maquillaje, después a una pelea política y finalmente a un señor explicando por qué los egipcios tenían electricidad.

El feed borró hace rato la arquitectura tradicional de los medios.

Antes uno sabía aproximadamente dónde estaba parado.

Prendía un noticiero: noticias.

Abría una revista musical: música.

Entraba a un foro extremista: probablemente aparecían extremistas, qué sorpresa tan hijueputa.

TikTok organiza de otra manera. No pregunta primero qué clase de contenido es esto. Pregunta si usted probablemente se quedará mirándolo.

Ahí la estética adquiere una importancia brutal.

Un video puede entrar por una afinidad visual antes de revelar completamente su contenido. Puede parecerse a otra cosa que usted ya consume. Y si interactúa con esa pieza, el sistema de recomendaciones tiene otro dato sobre usted.

Adam Hadley, director ejecutivo de Tech Against Terrorism, explicó a WIRED que uno de los riesgos de estos formatos altamente estilizados es justamente que reducen las señales visuales asociadas a propaganda terrorista tradicional. Una persona podría encontrar primero un edit, meme o dibujo animado y después, mediante recomendaciones relacionadas, terminar frente a material mucho más explícito.

Ese detalle debería preocupar bastante más que la palabra IA.

Porque durante años pensamos que la estética nos ayudaba a clasificar moralmente internet.

Este parece publicidad.

Esto parece periodismo.

Esto parece pornografía.

Esto parece propaganda.

Esto parece un meme de mierda.

Pero esas fronteras ya no funcionan igual.

Una estética ya no garantiza una intención.

Lo cute puede vender crema facial, depresión, una criptomoneda fraudulenta o extremismo. El anime puede ser anime o envoltorio. La ironía puede ser una broma o el sistema de transporte de una idea que nadie quiere defender frontalmente.

El meme se volvió un caballo de Troya de 1080 por 1920 píxeles.

Internet convirtió todas las ideologías en fandoms potenciales

Hay otra cosa incómoda en la investigación: muchas de estas piezas funcionan con una lógica que conocemos perfectamente de los fandoms.

Personajes reconocibles.

Edits heroicos.

Momentos favoritos.

Iconografía.

Referencias que distinguen al que entiende del que llegó tarde.

Remixes.

Contenido producido por seguidores para otros seguidores.

No significa que un fandom normal sea comparable con una comunidad extremista. Sería una estupidez. Significa que las herramientas sociales desarrolladas por la cultura participativa pueden ser utilizadas por prácticamente cualquier grupo humano, incluyendo gente espantosa.

El investigador Aaron Zelin, especialista en extremismo yihadista, señaló a WIRED que la IA permite que una cantidad mucho mayor y más descentralizada de usuarios reutilice personajes e imágenes extremistas. Además, esas piezas pueden circular entre personas atraídas no necesariamente por una adhesión ideológica inicial, sino por la violencia, el trolling, la provocación o sencillamente la notoriedad.

Eso también explica por qué la pregunta “¿pero esa persona realmente cree eso?” se vuelve cada vez menos útil en internet.

Tal vez sí.

Tal vez no.

Tal vez comenzó compartiéndolo porque le parecía absurdo.

Tal vez le gustaba molestar.

Tal vez quería pertenecer al grupo.

Tal vez terminó creyéndolo seis meses después.

Internet está lleno de gente que llegó a lugares muy serios siguiendo una cadena de chistes.

El ISD ya había documentado esa lógica en comunidades extremistas de derecha: el meme no solamente transmite una idea, también construye pertenencia. Entender el chiste demuestra que uno pertenece al grupo. Editarlo demuestra todavía más participación. Compartirlo mantiene viva la conversación.

La propaganda tradicional necesitaba convencer.

La cultura del fandom puede empezar simplemente consiguiendo que usted participe.

Ahí está la diferencia.

Y la IA vuelve esa participación absurdamente barata. Antes producir propaganda visual convincente requería conocimientos, herramientas o una organización detrás. Ahora un simpatizante cualquiera puede fabricar variaciones prácticamente infinitas, probar estilos, reciclar material, convertirlo en animación y seguir produciendo hasta encontrar algo que circule.

No hace falta que todo sea bueno.

De hecho, la palabra slop existe precisamente porque mucho es una mierda.

Pero internet ya nos enseñó que una mierda producida en cantidades industriales también puede ganar por cansancio.

Internet convirtió todas las ideologías en fandoms potenciales

Moderar símbolos era más fácil cuando los monstruos usaban uniforme

Las plataformas tienen aquí un problema bastante cabrón.

Los sistemas de moderación pueden buscar logos, nombres, videos conocidos, discursos específicos, cuentas vinculadas y otras señales reconocibles. Pero cuando el material se transforma continuamente —un día anime, otro día dibujo infantil, después meme, después edit— el trabajo se vuelve mucho más complicado.

No porque el contenido se vuelva mágicamente invisible, sino porque la superficie deja de contar toda la historia.

Ese quizá sea el aprendizaje más incómodo de esta investigación.

Nos acostumbramos a creer que internet podía aprender a reconocer lo peligroso mirando cómo se veía. Pero la cultura digital pasó los últimos quince años perfeccionando justamente lo contrario: la capacidad de hacer que cualquier cosa parezca cualquier otra cosa.

Una marca habla como persona.

Un político habla como streamer.

Una multinacional publica memes.

Un medio de noticias hace TikToks.

Un estafador vende como influencer.

Y ahora la propaganda extremista aprende a editar como fandom.

No es que los extremistas de repente se hayan vuelto creativos. Siempre han entendido los medios disponibles de su época. Lo nuevo es que la cultura visual dominante de nuestra época está diseñada alrededor del remix, la ambigüedad y la velocidad.

Exactamente las cualidades que hacen más difícil saber qué mierda estamos mirando.

Por eso el problema de Slop Jihad no debería resumirse como “la IA cayó en malas manos”. Las malas manos llevan siglos encontrando herramientas.

La historia más importante es que el horror descubrió que ya no necesita parecer horror para circular.

Puede ponerse colores bonitos.

Puede utilizar un personaje familiar.

Puede tener música.

Puede llegar entre dos videos perfectamente normales.

Y para cuando uno pregunta qué carajos acaba de ver, el feed ya está mostrando el siguiente.