Mara no estaba esperando a nadie. Esa era precisamente la gracia.
Había salido porque sí, una actividad que parece haberse vuelto sospechosa desde que todo plan adulto necesita propósito, reserva, enlace, ubicación compartida y eventualmente una historia de Instagram demostrando que efectivamente uno estuvo ahí. Pidió un whisky con hielo, dejó el teléfono dentro del bolso y se sentó en la barra sin esperar una cita, un match, un contacto profesional ni una experiencia gastronómica cuidadosamente geolocalizada.
Solo quería tomarse algo.
Y entonces recordó una cosa que ya empieza a sentirse más vieja de lo que realmente es: cuando uno conocía gente sin haberla investigado primero.
Antes el algoritmo era caminar hasta la otra punta del bar
Hubo un tiempo, tampoco estamos hablando de la edad de piedra, en que alguien podía gustarle a uno sin que supiéramos cuánto medía, en qué trabajaba, qué signo era, qué música escuchaba, si quería hijos o si había escrito en una aplicación que su mayor virtud era “fluir”.
Uno sabía una cosa.
Estaba allá.
Y tocaba hacer algo con esa información.
Mirar.
Esperar.
Volver a mirar.
Confirmar, muy importante, que la persona efectivamente lo estaba mirando a uno y no al hijueputa televisor que quedaba detrás.
Después venía la parte difícil: caminar.
Hoy suena ridículo porque estamos hablando de siete, diez, doce metros. Pero doce metros hasta una persona que a uno le gusta pueden tener la extensión geográfica de la carretera Bogotá–Cartagena cuando uno sospecha que al llegar le van a decir:
—Estoy esperando a mi novio.
Y toca devolverse.
Eso también era ligar.
Poner físicamente la dignidad en circulación.
No había posibilidad de mandar un fueguito para tantear terreno. No existía esa comodidad maravillosa de reaccionar a una historia y después esconderse detrás del teléfono como francotirador afectivo.
Había que aparecer completo.
Con la cara.
Con la voz.
Con la camisa que uno había escogido pensando que estaba espectacular y que ocho años después descubriría en una fotografía que parecía uniforme de administrador de discoteca.
Mara alcanzó a vivir eso.
No porque sea una señora recordando cómo conoció a su marido en un baile de 1963. Simplemente porque la transformación fue rapidísima. En pocos años pasamos de conocer personas y después buscar información sobre ellas a buscar información y después decidir si vale la pena conocerlas.
Parece una diferencia pequeña.
Cambió todo.

La ignorancia era parte del encanto
Antes alguien podía gustarte durante cuarenta minutos antes de descubrir que era completamente insoportable.
Eso era precioso.
Ahora uno puede eliminar candidatos antes siquiera de escucharlos respirar.
Demasiadas fotos en gimnasio.
Fuera.
Foto sosteniendo un pescado.
Depende.
Una frase de Paulo Coelho en la biografía.
Gracias por participar.
“Emprendedor | viajero | soñador”.
Que Dios lo acompañe.
Las aplicaciones hicieron algo extraordinariamente eficiente: permitieron descartar personas con una cantidad mínima de información.
El problema es que la información humana funciona raro.
Hay gente que tiene un perfil maravilloso y en persona produce la energía emocional de una fotocopiadora.
Y hay personas incapaces de escoger seis fotos decentes que, cuando aparecen frente a uno, tienen humor, voz, olor, gestos, nervios, una manera particular de mirar y esa combinación inexplicable de detalles que ningún formulario sabe convertir en porcentaje de compatibilidad.
El bar obligaba a descubrir esas cosas en desorden.
Primero la cara.
Después una frase.
Después el nombre, a veces.
Después qué hacía.
Después si tenía pareja, información que habría sido útil recibir aproximadamente veinte minutos antes.
La biografía se cargaba lentamente.
Y eso generaba misterio, que no es otra cosa que falta de datos acompañada de ganas.

El bar era una pésima aplicación de citas y por eso tenía gracia
Un bar tenía una interfaz terrible.
No había filtros.
No había botón de deshacer.
No se podía escoger distancia máxima.
Si alguien se ponía intenso, tocaba bloquearlo de manera analógica, procedimiento conocido antiguamente como:
—Voy al baño.
Y no volver.
El sistema de reputación también era primitivo. Básicamente consistía en que una amiga dijera:
—Ese man me da mala espina.
Una tecnología sorprendentemente precisa, por cierto.
Pero el bar tenía una ventaja que las aplicaciones todavía no han conseguido replicar bien: dos personas estaban metidas dentro de la misma noche.
La misma canción.
El mismo calor.
El mismo mesero perdido.
La misma gente pasando.
El mismo borracho gritando una huevonada.
Si alguien tumbaba un vaso, ambos lo veían.
Si sonaba una canción buena, ambos reaccionaban.
Si el lugar estaba horrible, ya tenían tema de conversación.
Había contexto.
Ahora muchas citas empiezan como reuniones de recursos humanos donde además existe la posibilidad remota de terminar besándose.
—¿En qué trabajas?
—¿Hace cuánto estás soltero?
—¿Qué buscas?
—¿Vives solo?
No joda.
Falta pedir certificado de tradición y libertad.

Mara recuerda a un hombre cuyo apellido ya no sabe
Eso también era posible.
Conocer a alguien que durante una noche parecía importantísimo y años después recordar apenas pedazos.
Mara recuerda una camisa blanca.
Una cerveza.
Que él tenía mala postura.
Que se miraron varias veces.
Que él finalmente se acercó.
No recuerda cómo se llamaba exactamente. Tal vez Andrés. Tal vez Alejandro. Todos tuvimos una década llena de Alejandros.
Él dijo algo sobre la música.
Mara no escuchó.
Había demasiado ruido.
Le pidió que repitiera.
Él repitió.
Ella siguió sin entender una mierda.
Los dos se rieron.
Y durante mucho tiempo ese momento le pareció romántico, aunque objetivamente había consistido en dos personas gritando una conversación que ninguna estaba oyendo.
Eso también tenía el bar: las historias empezaban mal.
Sin encuadre.
Sin optimización.
Sin una fotografía escogida entre 47 tomas.
Uno podía gustarle a alguien mientras estaba sudando, buscando una moneda, esperando turno para pedir o haciendo una expresión completamente imbécil porque no había una cámara anticipando cada movimiento.
La atracción ocurría en condiciones de campo.

Ahora uno llega a la cita sabiendo demasiado
Las redes añadieron otro nivel de investigación que las aplicaciones ni siquiera necesitaban pedir.
Uno conoce a alguien y en quince minutos puede saber dónde estudió, quiénes son los amigos, dónde pasó vacaciones en 2024, qué perro tuvo, qué restaurante frecuenta y cómo se veía con otro corte de pelo hace siete años.
Después llega la primera cita y toca actuar.
—Tengo una hermana.
—¿Sí? Qué chévere.
Claro que usted sabe.
Se llama Natalia.
Es odontóloga.
Se casó en noviembre.
El vestido estaba bonito.
Usted vio 38 fotografías.
Pero hay que poner cara de descubrimiento porque admitir el expediente completo convertiría inmediatamente la conversación en interrogatorio de Fiscalía.
Antes uno preguntaba porque no sabía.
Ahora muchas veces pregunta porque sabe y necesita fingir que no.
Ahí se perdió una cosa diminuta pero sabrosa: el placer de que alguien fuera apareciendo poco a poco.
Que una canción revelara un gusto.
Que una anécdota descubriera un trabajo.
Que una frase hiciera evidente que esa persona estaba medio loca.
O, muchísimo peor, que le gustaba muchísimo y tocaba seguir averiguando.
También había que aprender a perder
La nostalgia se vuelve una pendejada si uno empieza a decir que todo era mejor.
No.
Los bares también estaban llenos de tipos intensos, gente incapaz de aceptar un no, situaciones incómodas, borrachos, malas decisiones y amigas organizando operaciones de rescate que parecían coordinadas por inteligencia militar.
No hace falta romantizar el pasado para reconocer que había algo valioso en una forma más directa de rechazo.
Uno se acercaba.
Intentaba.
La otra persona podía decir que no.
Y tocaba sobrevivir.
El rechazo tenía cuerpo.
Tenía diez metros de regreso.
Tenía amigos preguntando:
—¿Qué pasó?
Y uno:
—Nada, no quería.
Fin.
La humanidad continuaba.
Hoy perfeccionamos otra modalidad: desaparecer.
No contestar.
Dejar en visto.
Borrar conversación.
Ghosting.
Palabra elegante para hacerle saber a alguien que no interesa mediante el sofisticado procedimiento de comportarse como si hubiera muerto.
La tecnología nos ahorró algunas vergüenzas.
También nos permitió evitar ciertas conversaciones que antes tocaba aprender a tener.
No significa que haya que volver obligatoriamente a pedir teléfonos en servilletas, esa mierda tampoco funcionaba tan bien como la memoria quiere hacernos creer.
Pero sí había una escuela informal de señales humanas.
Cuándo acercarse.
Cuándo retirarse.
Cuándo había interés.
Cuándo uno estaba imaginando interés porque llevaba tres tragos y una autoestima peligrosa.
Cuándo una conversación estaba viva.
Y cuándo llevaba veinte minutos muerta pero uno seguía haciéndole reanimación cardiopulmonar.

Lo que se perdió fue el accidente
Mara pidió otro whisky.
A su alrededor había parejas, grupos de amigos, gente celebrando alguna cosa y teléfonos sobre casi todas las mesas, colocados boca arriba como pequeños supervisores laborales de la noche.
Cada cierto tiempo alguien los miraba.
No necesariamente porque estuviera pasando algo importante.
Porque ahora la posibilidad de que pase algo en otra parte compite permanentemente con lo que está pasando enfrente.
Ese quizá sea el cambio más grande.
Antes el bar cerraba el mundo un poquito.
Uno estaba ahí.
Con esa gente.
Con esas posibilidades.
Si no conocía a nadie, no conocía a nadie.
Si la persona que le gustaba se iba, se fue.
No aparecían inmediatamente 400 candidatos nuevos dentro de un radio de cinco kilómetros.
La escasez obligaba a prestar atención.
Y de esa atención salían accidentes.
Alguien se sentaba al lado porque no había otra silla.
Un amigo llevaba a una amiga.
Dos grupos terminaban hablando.
Alguien pedía fuego.
Alguien preguntaba qué estaba tomando.
Un desconocido intervenía en una conversación.
Una persona que jamás habría sobrevivido a sus filtros digitales aparecía en vivo y, mierda, resultaba fascinante.
Eso es difícil de programar porque el accidente funciona justamente cuando nadie lo solicitó.
La aplicación pregunta qué quiere.
El bar a veces contestaba:
“No tengo ni idea, pero mire quién acaba de entrar.”
No extrañamos el bar: extrañamos no saber qué iba a pasar
Un hombre se sentó un par de puestos más allá de Mara.
Pidió algo.
Se demoró demasiado escogiendo, conducta inadmisible cuando uno ya llegó hasta la barra, pero bueno.
Ella lo miró.
Él levantó la vista.
Se encontraron un segundo.
Mara volvió al vaso.
Después miró otra vez.
Él también.
Nada extraordinario.
Y sin embargo ahí estaba esa tecnología viejísima que funcionó durante miles de años sin actualizaciones:
dos personas sospechando que la otra podría estar interesada sin tener una hijueputa certeza.
Tal vez él se acercó.
Tal vez no.
Tal vez Mara terminó el whisky y se fue sola.
Da igual.
Ese es precisamente el punto.
Hemos vuelto tan utilitaria la idea de salir que una noche parece necesitar resultado.
Número.
Beso.
Sexo.
Contacto.
Match.
Historia para contar.
Pero hubo noches que simplemente existieron.
Uno salía a ver qué pasaba.
Y a veces no pasaba nada.
O pasaba algo diminuto.
Una mirada.
Una conversación de veinte minutos.
Una persona cuyo apellido después olvidabas.
Una posibilidad que nunca se convirtió en nada y, precisamente por eso, quedó flotando durante años como una versión alternativa de la vida.
No necesitamos volver a una época imaginaria donde todos ligaban maravillosamente en bares llenos de humo y canciones perfectas.
Las aplicaciones resolvieron problemas reales. Ampliaron posibilidades. Permitieron conocer personas que jamás habrían coincidido físicamente. Para mucha gente son una herramienta extraordinaria.
Pero también hicieron el deseo más administrable.
Más clasificable.
Más buscable.
Más eficiente.
Y la eficiencia es buenísima para pedir un carro, pero no siempre sabemos qué hacer con ella cuando estamos intentando enamorarnos.
Mara terminó el whisky, guardó la tarjeta y salió del bar.
No intercambió Instagram.
No consiguió teléfono.
No hubo match.
Pero durante un rato recuperó una sensación que ya empieza a parecer extrañamente antigua: estar en un lugar donde cualquiera podía convertirse en alguien antes de que una pantalla explicara quién era.
Quizá eso era ligar en un bar.
No acercarse.
No besar.
Ni siquiera conseguir el número.
Era entrar sin catálogo.
Y aceptar que la noche todavía podía sorprenderlo a uno.

TODAVÍA NADIE HA FIRMADO. PUEDES SER EL PRIMERO.