La mayoría de nosotros tuvo ideas extraordinarias a los 16 años.

Bandas que nunca existieron. Novelas de cuatro páginas. Logos hechos durante matemáticas. Superhéroes que eran básicamente Batman pero con otro color. Empresas destinadas a revolucionar el mundo cuyo plan financiero consistía en “después miramos”. Algunos incluso conservamos esos cuadernos en alguna caja, principalmente porque botarlos exigiría primero abrirlos y enfrentarnos a la persona que fuimos.

Todd McFarlane tiene un problema distinto.

Una de las ideas que dibujó a los 16 años sí funcionó.

Se llamaba Spawn.

Este 9 de septiembre, 49 años después de aquellos primeros dibujos de 1977, Image Comics publicó Spawn 77 #1, una miniserie de tres números escrita por McFarlane junto con Mark Spears, quien además pinta todas las páginas interiores. El cómic toma el diseño primitivo que McFarlane imaginó cuando todavía estaba en el colegio y lo mete oficialmente, por primera vez, dentro del universo editorial que aquel adolescente terminaría construyendo alrededor del personaje. El primer número tiene 64 páginas y salió con un precio de portada de 6,99 dólares.

Eso ya sería una curiosidad deliciosa para fanáticos.

Pero visto de cerca es una cosa mucho más rara.

Porque Spawn 77 no es simplemente otro spin-off. Es arqueología personal convertida en propiedad intelectual. Es un hombre de 65 años entrando al cuarto imaginario del muchacho de 16 que fue, encontrando uno de sus dibujos y descubriendo que, por una combinación improbable de talento, terquedad, industria y pura hijueputa persistencia, ese muñeco ahora tiene cómics, juguetes, película, serie animada, videojuegos, convenciones, coleccionistas y suficiente mitología para requerir gente que revise continuidad.

El adolescente hizo un dibujo.

El adulto terminó administrándole un universo.

Antes de Spawn hubo un pelado viendo Star Wars

La primera versión de Spawn nació en 1977, cuando McFarlane tenía 16 años y estaba todavía muy lejos de convertirse en uno de los dibujantes más famosos de Marvel, cofundar Image Comics o vender juguetes con su apellido impreso en la caja.

Y ese Spawn original no era exactamente el señor infernal negro, rojo, verde y lleno de cadenas que hoy uno reconoce desde media cuadra.

McFarlane ha contado que aquella primera historia tenía unas 40 páginas y estaba metida de lleno en la ciencia ficción. No es difícil entender por qué: era 1977 y acababa de aparecer una pequeña película completamente desconocida llamada Star Wars, que procedió a meterse en la cabeza de aproximadamente todos los adolescentes con lápiz del planeta. El Spawn adolescente de McFarlane tenía entonces una sensibilidad mucho más espacial, aunque algunas ideas fundamentales ya estaban ahí: un hombre que hacía un pacto oscuro, regresaba y estaba impulsado por el amor hacia una mujer.

Hay además un detalle maravilloso.

La mujer se llamaba Wanda.

McFarlane estaba empezando a salir en aquella época con una joven llamada Wanda, con quien sigue casado casi cincuenta años después.

Es decir, mientras otros pelados escribían el nombre de la novia con marcador en un pupitre, este hijueputa la metió en una mitología sobrenatural que después vendió millones de ejemplares.

Hay niveles.

También estaban ya algunas obsesiones visuales que terminarían acompañando toda su carrera. Los archivos dedicados a la historia del personaje muestran que desde aquella concepción temprana ya aparecían elementos como una capa exagerada y hasta el cráneo integrado en el logo de Spawn. McFarlane todavía no sabía exactamente qué iba a hacer con eso, pero su cerebro ya estaba tomando decisiones que décadas después serían reconocibles como suyas.

Y eso es quizá lo primero verdaderamente bonito de Spawn 77: demuestra que el estilo no siempre aparece cuando uno se vuelve profesional.

A veces el profesional pasa cuarenta años perfeccionando la misma enfermedad que tenía de adolescente.

Quince años después el dibujo consiguió empresa

El Spawn que conocemos no apareció oficialmente hasta 1992.

Entre una fecha y otra le pasó prácticamente una vida entera a McFarlane. Se volvió profesional, trabajó para Marvel, transformó visualmente a Spider-Man, ayudó a crear a Venom y se convirtió en uno de esos dibujantes cuyos nombres empezaban a vender cómics casi tanto como los personajes.

Después ocurrió una de las grandes peleas laborales de la historia del cómic estadounidense, aunque generalmente se cuente con más capas y menos lenguaje de oficina.

McFarlane y otros artistas estrella querían algo bastante razonable: mayor control sobre lo que creaban y la posibilidad de ser propietarios de sus personajes. Marvel tenía una opinión diferente, consistente básicamente en que muchas gracias por el dibujito, ahora siga trabajando.

En 1992, McFarlane fue uno de los fundadores de Image Comics, y Spawn #1 se convirtió en una de las demostraciones más brutales de que aquel modelo podía funcionar. El primer número vendió alrededor de 1,7 millones de copias, una cifra que Image sigue señalando como récord para un cómic propiedad de su creador. En 2019, con Spawn #301, la serie obtuvo además el récord Guinness como la serie de superhéroes creator-owned de mayor duración.

Piense otra vez en la secuencia.

1977: un pelao dibuja un personaje.

1992: funda una editorial para poder ser dueño de ese personaje.

2026: sigue siendo dueño del personaje y decide publicar oficialmente una versión basada en el dibujo que hizo cuando todavía no podía comprar cerveza legalmente.

Eso no es solamente longevidad.

Eso es ganarle una discusión de propiedad intelectual al tiempo.

Quince años después el dibujo consiguió empresa

Pero este no es Al Simmons con uniforme viejo

Aquí conviene aclarar una cosa porque el concepto puede prestarse para confusión.

Spawn 77 no sacó literalmente de una caja aquellas cuarenta páginas adolescentes, les quitó el polvo y las mandó a imprenta como si fueran unos rollos perdidos de Prince.

La operación es más interesante.

McFarlane y Mark Spears tomaron aquel diseño de 1977 y construyeron una historia nueva, compatible con la mitología contemporánea de Spawn. Image la presenta explícitamente como un relato y un personaje nuevos dentro de ese universo. Spears, además de coescribir, realiza interiores completamente pintados, con una estética mucho más cercana al crimen, el terror y el pulp que al aspecto espacial de aquella primera fantasía juvenil.

El protagonista ahora es Eddie, no Al Simmons.

Eddie viene del mundo criminal: es un antiguo ejecutor de la mafia traicionado por su propia organización que regresa utilizando la apariencia de Spawn mientras busca venganza y trata de salvar a su hija. La historia está ambientada en el Nueva York de 1977, y McFarlane explicó que una de las ideas era recuperar precisamente ese Nueva York mugriento, hostil y cinematográfico que aparecía en las películas que veía de joven.

Eso permite hacer algo bastante inteligente con la nostalgia.

En lugar de fingir que Todd McFarlane todavía piensa como un muchacho de 16 años, ponen al Todd McFarlane actual a conversar con él.

El traje viene del muchacho.

La experiencia narrativa viene de los adultos.

Spears pinta encima.

La continuidad moderna pone las reglas.

Y 1977 termina siendo simultáneamente el momento cuando nació la idea y el escenario donde ahora vuelve a vivir.

No es restauración.

Es una reunión familiar peligrosísima.

Conocer al adulto en que se convirtió una idea debe ser rarísimo

Aquí está la cosa que me parece realmente fascinante.

Casi todos tenemos alguna versión adolescente de nosotros mismos que imaginó un futuro.

Generalmente ese pobre desgraciado estaba muy equivocado.

Uno iba a ser músico. Otro futbolista. Otro iba a vivir en Nueva York. Otro juraba que jamás tendría hijos. Alguno estaba seguro de que a los 30 años ya sería millonario porque a los 16 uno cree que 30 es una edad tan avanzada que probablemente ya toca escoger ataúd.

Después llega la vida y empieza a hacer correcciones.

McFarlane, en cambio, tiene la posibilidad rarísima de mostrarle al adolescente exactamente en qué se convirtió una de sus ideas.

Y el resultado sería difícil de explicar incluso para él.

“Bueno, Todd, mira: ese man que dibujaste va a vender millones de cómics.”

Qué chimba.

“También va a tener una película.”

Perfecto.

“Una serie animada de HBO.”

Excelente.

“Muñecos.”

Mejor.

“Videojuegos.”

Durísimo.

“Y cuando tengas más de 60 años todavía vas a seguir discutiendo públicamente sobre otra película de Spawn que llevas intentando hacer una eternidad.”

Ah.

Bueno.

Uno tampoco puede ganar todas.

Pero esa continuidad entre el muchacho y el adulto ayuda a entender por qué McFarlane nunca se ha comportado exactamente como alguien avergonzado de sus impulsos juveniles.

Spawn sigue siendo excesivo. Tiene capas imposibles, cadenas, calaveras, demonios, músculos, oscuridad, violencia y toda esa energía visual que un adolescente considera absolutamente necesaria porque todavía nadie le ha enseñado la palabra “moderación”.

Y gracias a Dios.

El diseño adulto no consiste siempre en quitar.

A veces consiste en aprender a dibujar mejor la exageración que ya querías hacer cuando estabas pelado.

Lo más hermoso es que ahora el dibujo del colegio tiene variante 1:500

Por supuesto, estamos hablando de Todd McFarlane.

Así que cualquier reflexión tierna sobre volver a las raíces termina inevitablemente en coleccionismo.

Y aquí Spawn 77 alcanza niveles espectaculares de comedia capitalista.

El número debutó con una batería de portadas alternativas que incluye una actualización del diseño original, una portada con la pieza de 1977, una versión con logo retro y varias ediciones de incentivo para tiendas. Hay una 1:100 con el arte original, una 1:250 foil firmada por McFarlane y una 1:500 foil firmada por McFarlane y Spears. Image incluso lanzó una variante exclusiva de 40 dólares que homenajea la famosa portada de Amazing Spider-Man #300, otro pedazo de la propia historia profesional de McFarlane.

Esto es maravilloso por muchas razones.

La principal es que Todd McFarlane hizo a los 16 años lo mismo que han hecho millones de adolescentes: dibujar un superhéroe en una hoja.

Solo que ahora la hoja tiene escalas de escasez.

Su recuerdo juvenil fue procesado por el mercado del coleccionismo hasta convertirse en un objeto que puede venir normal, alternativo, retro, foil, firmado, muy escaso o obscenamente escaso.

Hay una variante 1:500 de la idea que un muchacho tuvo en el colegio.

Eso tiene algo profundamente americano y profundamente cómico.

Imagine que una profesora le hubiera dicho en 1977:

—Todd, deje de dibujar muñequitos y ponga atención.

Y él hubiera podido contestar:

—Profesora, esta mierda algún día va a necesitar inventario SKU.

No había manera de saberlo.

Pero con McFarlane el negocio también es parte de la obra

Sería muy fácil burlarse de la cantidad de portadas y dejar la cosa ahí.

También sería injusto.

Porque el coleccionismo siempre ha sido parte fundamental de la relación de McFarlane con los cómics. Él mismo ha contado que cuando diseñó Spawn siendo adolescente estaba comenzando a obsesionarse seriamente con coleccionar historietas. Décadas después construyó una empresa de juguetes, convirtió su personaje en un objeto físico recurrente y aprendió mejor que casi cualquiera de su generación que un cómic no es solamente una historia: también es papel, portada, edición, firma, tiraje y fetiche.

Uno puede discutir durante horas si las variantes enriquecen el mercado o lo convierten en una especie de casino donde todos fingimos que lo importante es Batman.

Pero en Spawn 77 la maniobra tiene una simetría casi perfecta.

El coleccionista adolescente diseñó algo.

El creador adulto convirtió ese algo en franquicia.

El empresario viejo vuelve al dibujo adolescente.

Y el coleccionista contemporáneo compra el resultado.

El círculo se cerró tan duro que casi se estrangula.

Conocer al adulto en que se convirtió una idea debe ser rarísimo

Ser dueño de Spawn le permite hasta explotar su propia adolescencia

Hay además una diferencia enorme entre hacer Spawn 77 y que Marvel publique “el diseño perdido que un dibujante hizo de Wolverine cuando tenía 16 años”.

Spawn sigue perteneciendo a McFarlane.

Eso importa.

Muchísimo.

Toda la historia de Image Comics está atravesada por aquella discusión: quién posee los personajes, quién toma decisiones sobre ellos, quién cobra cuando aparecen en otros medios y quién puede decidir, varias décadas después, que quiere volver a una idea temprana porque le dio la gana.

McFarlane puede convertir su archivo personal en continuidad porque construyó buena parte de su carrera alrededor de conservar ese control.

El asunto es incluso irónico.

El muchacho de 1977 todavía no tenía nada que proteger.

Era solo una idea.

El adulto de 1992 construyó una empresa precisamente para protegerla.

Y el hombre de 2026 tiene ahora suficiente propiedad acumulada alrededor de Spawn para hacer arqueología dentro de su propia propiedad intelectual.

Hay creadores obligados a ver desde afuera cómo compañías gigantes reinician, matan, rejuvenecen, licencian o cambian personajes que ellos inventaron.

McFarlane puede abrir una caja vieja y decir:

“Este también es mío.”

Debe ser una sensación deliciosa.

Tampoco conviene romantizar demasiado los garabatos adolescentes

Ahora, una advertencia necesaria para toda la gente que va a terminar este artículo motivada a revisar el cuaderno del colegio.

Cálmese.

No todas las ideas juveniles estaban adelantadas a su tiempo.

Algunas eran una mierda.

Y está bien.

El hecho de que Todd McFarlane haya recuperado un diseño de 1977 no significa que usted deba publicar inmediatamente Dark Fire Angel: La profecía final, aquella saga de 63 páginas que escribió a los 14 años después de ver Dragon Ball Z.

Hay cosas que Dios puso en los cajones por una razón.

Lo interesante de Spawn 77 no es esa fantasía empresarial de que toda idea infantil contiene una franquicia multimillonaria esperando disciplina. Esa es la clase de conclusión que termina en LinkedIn acompañada por una fotografía de Steve Jobs.

Lo interesante es exactamente lo contrario.

Las ideas cambian.

El Spawn de 1977 no podía ser el Spawn de 1992 porque McFarlane todavía no era McFarlane.

Entre ambos tuvo que aprender a dibujar, trabajar profesionalmente, fracasar, ser rechazado, entrar a Marvel, hacer Spider-Man, salir de Marvel, fundar Image y desarrollar una voz suficientemente fuerte para regresar a ese concepto inicial y transformarlo en algo que funcionara.

El primer dibujo no era destino.

Era material.

Y casi cincuenta años después todavía queda material ahí.

Spawn tiene 49 años y McFarlane todavía puede hablar con el pelado que lo dibujó

Por eso Spawn 77 termina siendo bastante más curioso que el lanzamiento semanal de otro superhéroe.

Está publicado por una compañía grande. Tiene estrategia comercial. Tiene variantes. Tiene coleccionismo. Tiene una franquicia detrás y, obviamente, quiere vender.

Pero debajo de todo eso permanece una cosa muy sencilla:

un adulto mirando un dibujo que hizo cuando era un niño.

Solo que ese dibujo sobrevivió.

No metafóricamente.

Sobrevivió de verdad.

Atravesó el colegio, quince años de transformación antes de llegar oficialmente a los cómics, más de tres décadas de publicación, millones de ejemplares, Hollywood, HBO, jugueterías, videojuegos y una industria que cambió varias veces mientras Spawn seguía ahí con esa hijueputa capa ocupando media página.

Ahora el diseño original por fin tiene su propio cómic.

McFarlane dijo al anunciar la serie que volver a las raíces de cuando desarrolló Spawn siendo estudiante era un gusto personal. Y se entiende.

Porque hay una cosa que el éxito normalmente no puede comprar.

La posibilidad de encontrarse con uno mismo antes de que supiera qué iba a pasar.

McFarlane sí puede.

Tiene el dibujo.

Tiene al personaje.

Tiene la editorial.

Tiene los derechos.

Tiene 49 años de distancia para mirar esa hoja y descubrir qué partes eran ingenuas, cuáles eran ridículas y cuáles, contra toda lógica, estaban esperando que él creciera lo suficiente para entender qué hacer con ellas.

La mayoría encuentra un cuaderno viejo y siente pena.

Todd McFarlane encontró el suyo y dijo:

saquemos diez portadas.