Hay películas que se demoran porque no aparece la plata, porque el protagonista se engordó, porque el estudio cambió de dueño o porque alguien decidió que todavía faltaban tres semanas de retoques digitales para que una nube quedara bien. Y después está DAU, que manejó otra escala de problema: se demoró tanto en terminarse que cambió el mundo donde debía estrenarse.
Este 9 de septiembre, DAU, de Ilya Khrzhanovsky, llegó finalmente a la competencia del Festival de Venecia. La ficha oficial del festival anuncia más de tres horas de película, centradas en el físico soviético Lev Landau, Nobel de Física, científico brillante, mujeriego olímpico y hombre atrapado en esa clase de relación laboral donde el empleador es Stalin y decir “prefiero no participar” puede terminar en cárcel, tortura o algo bastante peor.
Hasta ahí uno podría pensar: bueno, una película histórica gigantesca. Un biopic soviético con presupuesto, sufrimiento y señores fumando debajo de bombillos tristes.
Pero no.
DAU comenzó hace aproximadamente veinte años como una película sobre Landau y se convirtió en una de esas ideas que solo nacen cuando a un director nadie cercano le dice a tiempo: “Ilya, hermano, depronto ya está bueno.”
Una película terminó convirtiéndose en un país chiquito
Para filmarla, Khrzhanovsky no quiso construir cuatro oficinas soviéticas, poner dos retratos de Stalin en la pared y mandar a todo el mundo a almorzar a las seis.
En Járkov, Ucrania, levantó un complejo de unos 12.000 metros cuadrados inspirado en un instituto científico soviético. Allí se recrearon productos, objetos, ropa, jerarquías y rutinas de época. Centenares de participantes entraban en ese universo y muchos no eran actores profesionales: científicos hacían de científicos, trabajadores desempeñaban oficios reales y la vida dentro del lugar debía desarrollarse bajo las reglas del mundo soviético que el proyecto pretendía reconstruir. El rodaje principal produjo cientos de horas de material entre 2008 y 2011.
Es decir, Khrzhanovsky tenía que hacer una película y acabó montando una especie de empresa soviética sin prestaciones y con dirección de fotografía.
El proyecto produjo unas 700 horas de película en 35 mm, además de múltiples largometrajes, instalaciones y derivados. Partes de ese material comenzaron a aparecer públicamente años antes: DAU. Natasha y DAU. Degeneration, por ejemplo, llegaron a la Berlinale en 2020, después de que el universo DAU hubiera tenido una presentación monumental en París en 2019.
Y ahí apareció la primera rareza importante: mientras casi todo el cine existe para producir escenas, DAU parecía haber producido primero un mundo y después haberse sentado a mirar qué películas encontraba adentro.
Eso explica parte de su fascinación y también buena parte de sus controversias. Desde hace años se discuten los límites éticos de sus métodos, especialmente por acusaciones sobre violencia psicológica y física durante el rodaje, cuestionamientos que sus responsables han negado. Cuando DAU. Natasha se presentó en Berlín, varios críticos rusos plantearon públicamente si determinadas experiencias sufridas por participantes no profesionales podían justificarse como método artístico.
Es una pregunta que persigue al proyecto desde entonces porque DAU siempre quiso borrar la línea entre representar una cosa y hacer que la gente viviera suficientemente cerca de esa cosa para que la cámara recogiera las consecuencias.
Muy bonito conceptualmente.
También una metodología que en cualquier oficina normal haría que Recursos Humanos llegara corriendo con 86 formularios.

Después apareció el personaje que nadie había contratado
Lo realmente extraño ocurrió cuando terminó el rodaje.
Khrzhanovsky guardó buena parte del material durante más de una década.
No porque hubiera perdido el disco duro debajo de la cama. Según explicó este miércoles en Venecia, la distancia modificó su manera de entender aquello que había filmado y, por lo tanto, su manera de montarlo. Reuters recogió una frase suya que probablemente sea la mejor explicación de por qué DAU ya no puede considerarse simplemente una película atrasada:
“Invité a otro personaje a mi reparto principal, el más importante: el tiempo.”
Y ahí está la verdadera película rara.
Porque uno puede rodar en 2009 una reconstrucción de 1939 y editarla en 2010. El pasado está de un lado, uno está del otro y todos sabemos aproximadamente dónde queda la puerta.
Pero si usted filma una recreación soviética en Járkov, guarda las imágenes durante quince años y las vuelve a mirar después de que Rusia haya invadido Ucrania, ya no está observando exactamente el mismo material.
La imagen no cambió. Cambió todo lo que existe alrededor de la imagen.
Un uniforme soviético fotografiado en Ucrania en 2009 podía leerse entonces como reconstrucción histórica. En 2026 ese mismo uniforme llega acompañado por una discusión contemporánea sobre imperialismo ruso, identidad ucraniana, memoria soviética y una guerra real que nadie involucrado en aquel rodaje podía imaginar de esta manera.
Khrzhanovsky lo dijo explícitamente: cuando empezó a filmar, una guerra entre Rusia y Ucrania le parecía impensable.
Ese es el hijueputa problema del tiempo: uno cree que está archivando el pasado y resulta que también está fabricando documentos para un futuro que todavía no sabe interpretar.
Járkov dejó de ser una locación
Aquí es donde DAU se vuelve políticamente incómoda de una forma que ninguna campaña de publicidad habría podido fabricar.
El gobierno ucraniano protestó formalmente por su inclusión en Venecia. Su argumento no se limita a que Khrzhanovsky naciera en Rusia. Los ministerios ucranianos señalaron, entre otras cosas, vínculos históricos del proyecto con financiación del empresario ruso sancionado Sergey Adoniev, cuestionaron las relaciones del protagonista Teodor Currentzis con instituciones rusas y objetaron que una obra filmada en Járkov absorba la ciudad dentro de una narrativa esencialmente soviética mientras Rusia libra una guerra que Ucrania entiende también como una disputa por su historia y su identidad cultural.
El director artístico de Venecia, Alberto Barbera, rechazó que DAU pueda reducirse a propaganda rusa: ha defendido que la película denuncia precisamente el funcionamiento del totalitarismo. Además, oficialmente Venecia registra la producción como alemana, francesa y sueca. Khrzhanovsky, por su parte, renunció a la ciudadanía rusa en 2024 y ha declarado públicamente su oposición a la invasión y su deseo de que Ucrania prevalezca.
Y ahí no hay una solución cómoda de dos líneas.
Porque una obra puede ser antitotalitaria y seguir cargando problemas históricos alrededor de quién la financió, dónde fue filmada y desde qué tradición mira un territorio. Una cosa no cancela automáticamente la otra.
Para completar la incomodidad, Currentzis, que interpreta a Landau, mantiene actividad profesional vinculada a Rusia y no ha condenado públicamente a Putin. Khrzhanovsky se negó en Venecia a condenarlo por ese silencio y defendió que esa decisión pertenece al propio músico.
Hace quince años aquello habría sido una nota lateral del reparto.
Hoy entra a la sala antes que la película.
El pasado alcanzó al experimento
Lo más perversamente apropiado de todo esto es que DAU cuenta justamente la historia de personas intentando conservar cierta autonomía dentro de un sistema político que convierte todas las decisiones privadas en decisiones políticas.
Landau quiere hacer ciencia. El Estado necesita que esa ciencia produzca poder militar.
El científico puede decir que no.
El detalle es que el Estado soviético escucha ese “no” como quien escucha a un empleado rechazando amablemente una reunión obligatoria con Stalin a las ocho de la mañana.
La película sigue su recorrido desde la juventud hasta su incorporación forzada al aparato científico soviético, mostrando cómo el talento, la libertad personal y hasta la vida íntima quedan sometidos a una estructura donde colaborar puede ser moralmente repugnante y negarse puede ser físicamente peligroso.
Eso ya estaba dentro de DAU cuando se filmó.
Lo que nadie podía meter deliberadamente era 2026.
La Rusia de Putin. La invasión. Járkov bajo ataques. La discusión europea sobre qué hacer con artistas e instituciones vinculados a Rusia. El problema de separar cultura, nacionalidad, financiación y propaganda cuando existe una guerra ocurriendo al mismo tiempo.
El presente terminó haciendo una reescritura que Khrzhanovsky jamás habría podido rodar.
Y por eso el retraso, que normalmente sería un defecto industrial, aquí se volvió parte del significado.

¿Una película sigue siendo la misma veinte años después?
Probablemente no.
Y esa es la pregunta más interesante que deja DAU, incluso antes de decidir si sus tres horas y pico son una obra maestra, una monstruosidad, una genialidad megalómana o las tres cosas peleándose en una cocina.
Una película no vive solamente dentro del negativo. Vive también en el momento en que alguien la mira.
Apocalypse Now estrenada durante Vietnam habría sido otra cosa. Dr. Strangelove sin la Guerra Fría sería otra experiencia. Una obra puede conservar exactamente los mismos fotogramas y, aun así, cambiar brutalmente porque el público llega cargando información nueva.
Con DAU esa distancia es absurda.
Cuando Khrzhanovsky empezó el proyecto, Vladimir Putin llevaba pocos años consolidado en el poder, Ucrania no había vivido ni el Maidán ni la anexión rusa de Crimea, la invasión a gran escala de 2022 no existía y Járkov todavía podía funcionar tranquilamente como el lugar donde un ruso construía una gigantesca simulación de la Unión Soviética.
Después ocurrió la historia.
Toda.
Y ahora esa simulación vuelve convertida en archivo de una época que no sabía que estaba a punto de acabarse.
Por eso quizá DAU nunca fue únicamente la recreación de la Unión Soviética que Khrzhanovsky quería construir. Sin querer, terminó registrando también la última etapa de un momento postsoviético en el que todavía era posible imaginar que rusos y ucranianos podían jugar juntos a reconstruir aquel pasado sin que cada centímetro del decorado tuviera encima el peso de una guerra futura.
Ese significado no estaba escrito.
Llegó después.
DAU llegó tarde y por eso llegó exactamente ahora
Hay una arrogancia gigantesca detrás de trabajar veinte años en una película. También algo admirable y una cantidad considerable de locura administrativa.
La mayoría de nosotros abandona proyectos porque toca volver a poner la contraseña de Adobe.
Khrzhanovsky construyó un instituto soviético, metió cientos de personas adentro, acumuló centenares de horas de celuloide, convirtió el material en películas, instalaciones y discusiones éticas, dejó reposar una parte durante más de una década y finalmente apareció con ella en Venecia cuando el país donde la había filmado estaba en guerra con el país cuya historia había reconstruido.
Eso ya no es producción audiovisual.
Eso es tentar a la historia hasta que la historia conteste.
Y contestó.
DAU quería mirar hacia atrás y preguntarse qué ocurre cuando un sistema político invade la ciencia, el deseo, la intimidad y la libertad individual. Veinte años después, el mundo le devolvió otra pregunta bastante más incómoda:
¿quién tiene derecho a contar ese pasado cuando el pasado todavía está peleándose por el presente?
Tal vez por eso la película llega a Venecia cargando algo que Khrzhanovsky jamás pudo poner en escena.
No solamente envejeció.
Le pasó el mundo por encima.

TODAVÍA NADIE HA FIRMADO. PUEDES SER EL PRIMERO.