Hubo una época en que para fabricar un cuerpo imposible primero hacía falta un cuerpo.

Qué proceso tan artesanal.

Había que conseguir una modelo, maquillar, iluminar, fotografiar, escoger una toma, adelgazar una cintura, borrar una arruga, subir una nalga, estirar una pierna, quitar un poro y dejar aquella pobre criatura humana tan impecable que terminara pareciendo pariente lejana de sí misma.

La mentira, por lo menos, conservaba materia prima.

Ahora no siempre hace falta.

Axios documentó este 8 de septiembre cómo influencers generados o modificados con inteligencia artificial están metiéndose en los circuitos de fitness, belleza y wellness con cuerpos perfectos, transformaciones físicas, recomendaciones de belleza y hasta productos para vender. Algunos perfiles advierten que son artificiales. Muchos no. Y las imágenes pueden parecer suficientemente reales como para que detectives voluntarios de TikTok terminen tratando de averiguar si esa muchacha con abdomen de tabla de picar alguna vez tuvo mamá.

Llegamos, entonces, a una estación bastante lógica en la historia del cuerpo deseable.

Primero fotografiábamos personas extraordinariamente bellas.

Después retocábamos personas extraordinariamente bellas porque, aparentemente, ni ser extraordinariamente bello alcanzaba.

Luego llegaron filtros para que todos pudiéramos participar en la humillación desde la casa.

Después quisimos parecernos físicamente al filtro.

Y ahora el modelo de referencia puede ser una señora que no nació, no come, no envejece, no se hincha, no tiene lunes, no retiene líquidos y jamás ha salido de un gimnasio diciendo: “Hoy no pude ni con la mitad de esta mierda”.

El cuerpo perfecto finalmente solucionó su principal inconveniente.

Tener cuerpo.

De la revista al algoritmo: cada época fabricó su propia mentira

De la revista al algoritmo: cada época fabricó su propia mentira

No hay que culpar a la IA de inventar el cuerpo imposible. Llegó tarde a una industria que llevaba décadas perfeccionando el negocio.

Las revistas masculinas, la publicidad, la moda y el entretenimiento industrializaron durante el siglo XX un cuerpo femenino que parecía espontáneo solamente porque el trabajo para fabricarlo quedaba fuera del encuadre. La modelo existía, sí, pero entre maquillaje, poses, iluminación, selección fotográfica, retoque y edición, el resultado ya era una negociación bastante creativa con la realidad.

Después llegó Photoshop y el asunto adquirió una precisión quirúrgica preciosa: si la cintura tenía 68 centímetros y el director de arte prefería 61, pues mire qué maravilla, ahora tiene 61 y nadie tuvo que cancelar el almuerzo.

Lo interesante no era solamente que las imágenes mintieran. Siempre habían mentido. La fotografía de moda jamás fue el DAS certificando dimensiones corporales.

Lo nuevo fue cuánto podía alterarse una persona sin que la imagen dejara de presentarse como fotografía de esa persona.

Luego el teléfono terminó democratizando el departamento de posproducción.

Ya no hacía falta salir en Vogue. FaceTune podía afilarle la mandíbula a un estudiante en un baño de Unicentro. Instagram metió los ideales dentro de una máquina donde las caras y cuerpos no solamente se veían: competían por atención.

En 2019, Jia Tolentino llamó a uno de los resultados “Instagram Face”: esa cara globalizada de piel sin poros, pómulos altos, labios llenos, ojos levantados y una uniformidad tan rara que mujeres completamente distintas empezaron a parecer integrantes de la misma familia fabricada por una junta directiva. Lo importante de aquella estética no era únicamente el filtro: el filtro comenzó a regresar al mundo físico mediante fillers, Botox y cirugía. La persona editaba la foto y después editaba la cara para parecerse a la edición.

Eso merece detenerse un momento porque es una locura.

Inventamos una versión artificial de nosotros mismos.

La miramos suficiente tiempo.

Y después dijimos:

—Bueno, ahora me toca alcanzar a ese hijueputa.

El filtro dejó de copiar al cuerpo.

El cuerpo comenzó a copiar al filtro.

Y cuando parecía que ya habíamos llegado al final de esa carrera apareció otra vuelta cultural. La moda recuperó con bastante entusiasmo la delgadez extrema, mientras el auge de medicamentos GLP-1 alteró lo que parecía físicamente alcanzable y volvió a empujar las siluetas hacia abajo. En 2026, Vogue ha documentado una reducción en la representación de tallas medias y grandes en pasarelas y un regreso visible de cuerpos ultradelgados, incluso dentro de la moda masculina.

Entonces llegó la IA y preguntó:

—¿Ustedes para qué siguen contratando carne?

La modelo sintética nunca pide que borren una foto

La modelo sintética nunca pide que borren una foto

Desde el punto de vista comercial, el atractivo de una influencer artificial es casi obsceno.

Una modelo humana necesita horarios, contratos, desplazamientos, comida, sueño, maquillaje y tiene esa costumbre complicadísima de poseer opiniones. Una influencer sintética puede estar hoy promocionando una bebida en Brasil y mañana aparecer “fotografiada” en Tokio con otra camiseta sin haber pasado por Migración.

Una investigadora citada por Axios resume precisamente esa ventaja: son baratas, disponibles y geográficamente infinitas.

Además tienen una característica que la industria de la belleza ha perseguido durante un siglo:

obediencia anatómica absoluta.

La cintura puede ser exactamente la necesaria.

La piel puede tener cero textura.

Las piernas pueden medir lo que convenga al encuadre.

La modelo nunca envejece accidentalmente entre campañas.

Nunca aparece una foto tomada desde abajo a las 6:43 de la mañana esperando un vuelo, porque jamás ha esperado un vuelo.

Y aquí la historia se pone realmente interesante, porque podríamos pensar que todo esto deja de afectarnos apenas sabemos que la persona es falsa.

Perfecto.

El cerebro responde:

Qué ternura su optimismo.

Un estudio publicado este año en Body Image puso a 303 mujeres adultas frente a imágenes de influencers humanas, influencers virtuales o arquitectura. Tanto quienes vieron influencers humanas como quienes vieron virtuales reportaron mayor insatisfacción corporal que el grupo de control, y no hubo diferencias significativas entre los efectos de las influencers reales y las artificiales.

Otro estudio reciente encontró algo todavía más sabroso: avisarle a una persona que las imágenes fueron generadas con IA no necesariamente elimina el efecto sobre cómo evalúa su propio cuerpo. Saber que la mujer no existe reduce la confianza en la tecnología, pero el cuerpo igual entra en la comparación.

Es decir, uno puede mirar una imagen y mantener simultáneamente estas dos ideas:

  • Esa vieja no existe.
  • ¿Por qué yo no tengo ese abdomen?

Extraordinaria especie la nuestra.

Ni siquiera necesitamos creer en la mentira

Ni siquiera necesitamos creer en la mentira

Ahí está el verdadero salto cultural.

Photoshop necesitaba que la fotografía conservara una cierta promesa de realidad. La gracia era que uno pensara: esa persona existe y luce así.

La modelo sintética puede operar con una regla diferente.

Puede que sepamos que no existe.

Y aun así sirve como ideal.

Porque los ideales estéticos nunca necesitaron ser completamente alcanzables. De hecho, comercialmente les conviene bastante no serlo. Si uno llegara por fin a la meta, imagínese el desastre económico: ¿quién compra la próxima crema?

La belleza industrial siempre ha funcionado moviendo la portería unos metros más adelante.

Sea delgada.

No, ahora delgada pero con curvas.

No, espere, delgada con nalga.

Pero cintura pequeña.

Y piel perfecta.

Aunque natural.

Pero producida.

Aunque parezca que no hizo esfuerzo.

Y envejezca, claro, porque todos envejecemos.

Pero no de una manera visible, no sea ordinaria.

La IA no destruye esa lógica.

La perfecciona.

Por primera vez el cuerpo aspiracional puede diseñarse sin negociar con biología alguna.

Y eso también transforma el deseo. Históricamente, hasta el cuerpo más intervenido conservaba cierta relación con una persona: Marilyn Monroe, una Playmate, una supermodelo, una Kardashian, una influencer. Podíamos desear la imagen y al mismo tiempo saber que detrás había alguien desayunando, enfermándose, creciendo, envejeciendo, teniendo malos ángulos y eventualmente contradiciendo el personaje.

La modelo sintética no tiene backstage.

No existe una versión desarreglada.

No hay foto sin filtro porque no hay cara debajo del filtro.

Eso sí es nuevo.

Y probablemente por eso la discusión sobre estos cuerpos no debería quedarse solamente en “hay que etiquetar el contenido de IA”. Claro que hay que saber qué estamos mirando. Axios encontró que muchos perfiles o publicaciones potencialmente artificiales no estaban identificados, mientras Meta y TikTok tienen mecanismos de etiquetado que no capturan todos los casos.

Pero la etiqueta resuelve únicamente la pregunta técnica:

¿Esto es real?

No resuelve la cultural:

¿Por qué seguimos queriendo parecernos a eso después de saber que no lo es?

Ahí está la hijueputa historia.

Tal vez llevamos tanto tiempo fabricando cuerpos imposibles que finalmente dejamos de necesitar el cuerpo original.

La modelo de revista todavía tenía que aguantar la sesión.

La celebridad de Instagram todavía tenía que mantener una cara.

La influencer de fitness todavía tenía que ir, aunque fuera de vez en cuando, al gimnasio del que hablaba.

La nueva muchacha perfecta no tiene ese problema.

No se cansa.

No engorda.

No adelgaza porque esté enferma.

No tiene estrías.

No envejece.

No se despierta hinchada.

Y si mañana el ideal cambia, tampoco necesita dieta, cirugía ni medicamento.

Se cambia el prompt.

Nosotros, en cambio, seguimos teniendo carne.

Qué falta de previsión.