Uno podía pensar que, entre todas las actividades humanas disponibles, coger tenía ciertas posibilidades de escapar a la productividad.

No pedíamos tanto.

Trabaje. Conteste correos. Actualice el currículo. Camine diez mil pasos. Tome agua. Haga terapia. Aprenda inglés. Optimice su sueño. Organice las finanzas. Llame a su mamá. Consuma proteína. Mantenga una rutina de skincare de tantos pasos que para cuando termine ya volvió a ser hora de bañarse.

Pero por lo menos, uno suponía, quedaba el sexo.

Pues tampoco.

Maïa Mazaurette escribió esta semana en Le Monde sobre lo que llama una creciente “pereza sexual”: no necesariamente falta de deseo, sino cansancio frente al trabajo necesario para convertir el deseo en una experiencia con otra persona. La señal más divertida del asunto es que hasta Bumble tuvo que revisar la característica sobre la que había construido buena parte de su personalidad de marca. Desde 2014, en los matches heterosexuales, eran las mujeres quienes debían comenzar la conversación; en 2024 la aplicación introdujo Opening Moves, preguntas que ellas pueden dejar configuradas para que los hombres respondan primero. Según una cifra de Bumble citada por Bloomberg y recogida por Le Monde, alrededor de dos tercios de sus usuarias sentían presión por tener que iniciar siempre.

Piense en eso.

Una aplicación había dicho durante diez años: “Aquí ustedes tienen el poder de empezar la conversación”.

Y una cantidad importante de mujeres respondió:

—Sí, chévere el poder. ¿Pero me toca hacerlo cada hijueputa vez?

Ese es nuestro momento romántico.

No estamos huyendo necesariamente del amor.

Estamos mamados de la administración.

Conseguir una cita ya parece abrir una vacante

Antes de coger hay que llegar a conocer a alguien, y llegar a conocer a alguien en 2026 puede tener una cantidad de pasos que harían sentir orgulloso a un departamento de Recursos Humanos.

Primero toca escoger fotos. No demasiado producidas porque parece falso. Tampoco demasiado normales porque nadie está haciendo swipe para admirar cómo usted se ve pagando el recibo de la luz.

Después viene la biografía. Interesante pero relajada. Divertida pero no desesperada. Sexual pero no demasiado sexual. Seria pero no intensa. Deje claro qué busca, excepto que tampoco parezca que está buscando demasiado.

Luego empieza el mercado.

Izquierda.

Derecha.

Izquierda.

Derecha.

Match.

Ahora entreviste al candidato.

“¿Qué haces?”

“¿Qué música escuchas?”

“¿Qué buscas por acá?”

“¿Cuál sería tu viaje ideal?”

Esta última pregunta aparece tanto en aplicaciones de citas que uno empieza a sospechar que la humanidad está escogiendo pareja para montar una agencia de turismo.

Después de diez conversaciones iguales hay una experiencia particularmente moderna: usted ya no recuerda a cuál Santiago le contó que estuvo en México.

Hay tres Santiagos.

Uno trabaja en marketing.

Otro hace crossfit.

Otro tiene un golden retriever.

Y existe una posibilidad alarmante de que sean el mismo hombre producido industrialmente.

Un estudio longitudinal publicado en New Media & Society siguió durante doce semanas a usuarios activos de aplicaciones de citas y encontró que con el tiempo aumentaban dos dimensiones del dating app burnout: agotamiento emocional y sensación de ineficacia. Es decir, no solamente cansa usar estas aplicaciones; también puede instalarse la sensación de que uno está haciendo bastante y obteniendo una mierda.

En Francia, una encuesta de Ipsos/Dating Lab encargada por Meetic encontró que aproximadamente la mitad de las personas solteras consultadas decía experimentar dating fatigue. Entre quienes utilizaban regularmente aplicaciones, la cifra subía al 61 %; una cuarta parte mencionó específicamente la presión de tener que estar “siempre activa” en la búsqueda.

La expresión es espectacular.

Siempre activa.

Ni buscando pareja logramos salir de LinkedIn.

Conseguir una cita ya parece abrir una vacante

Y cuando por fin aparece alguien, comienza el segundo turno

Lo fácil sería convertir todo esto en una pelea entre hombres y mujeres.

Las mujeres están cansadas de iniciar.

Los hombres están cansados de iniciar.

Las mujeres cargan con ciertas expectativas.

Los hombres cargan con otras.

Perfecto: discutimos cuarenta años para establecer a quién le corresponde mandar “hola” y mientras tanto nadie está cogiendo.

Lo más interesante es que ambos lados pueden terminar sintiendo versiones distintas del mismo agotamiento.

Mazaurette enumera parte de la carga que tradicionalmente ha caído sobre muchas mujeres: seducción, apariencia, responder al deseo de la pareja, anticoncepción, reproducción y el mantenimiento de una vida erótica. Del otro lado, muchos hombres siguen sintiendo que deben iniciar, proponer la cita, demostrar interés sin parecer desesperados, pagar o al menos resolver la negociación económica y, finalmente, llegar al sexo con aquella tranquila expectativa cultural de funcionar perfectamente bajo demanda como una Toyota Prado.

Y hoy, además, hacemos muchas cosas mejor que antes, afortunadamente.

Hay que hablar de límites.

Preguntar.

Escuchar.

Pensar en anticoncepción.

Cuidarse de infecciones.

Entender qué quiere la otra persona.

No asumir.

Aceptar un no.

Descubrir qué gusta.

Expresar qué gusta.

Todo eso es bueno. Necesario.

Pero también exige atención.

El problema no es el consentimiento, por supuesto. El problema es creer que toda esa atención aparece mágicamente después de un día donde usted ya gastó la cabeza trabajando, respondiendo notificaciones, desplazándose por la ciudad, manteniendo amistades, organizando cuentas y viendo 247 videos cortos de gente recomendándole cómo vivir mejor.

Llegan las once de la noche.

Dos adultos se miran.

Se quieren.

Se desean.

Y alguno piensa:

Uy, pero toca empezar.

Ahí está la tragedia contemporánea en toda su elegancia.

No falta necesariamente libido.

Falta batería.

Nos prometieron química, pero nadie mencionó mantenimiento

Encima nos criaron con una idea bastante hijueputa del sexo: si hay verdadera química, todo debería ocurrir solo.

El cine ayudó muchísimo con ese fraude.

Dos personas se miran.

Corte.

Están contra una pared.

Nadie tuvo una conversación extraña sobre preservativos.

Nadie dijo “espere que voy al baño”.

Nadie recibió una llamada de la mamá.

Nadie tuvo dolor de espalda.

Nadie preguntó si mañana toca madrugar.

Y, fundamentalmente, nadie tuvo que negociar durante veinte minutos qué restaurante quedaba razonablemente cerca de ambas casas antes de llegar hasta allá.

La ficción vendió el deseo como combustión espontánea.

Pero una investigación publicada en The Journal of Sex Research distingue precisamente entre creer en el “destino sexual” —la idea de que dos personas sencillamente tienen o no tienen química— y creer en el “crecimiento sexual”, donde una buena vida íntima también puede construirse mediante comunicación y esfuerzo. Le Monde recoge ese trabajo para señalar algo bastante antipático: en las relaciones con dificultades, esforzarse puede mejorar al menos temporalmente la satisfacción sexual y afectiva.

Qué pereza ese descubrimiento.

Uno esperaba que por lo menos esto funcionara sin mantenimiento.

Pero quizá estamos usando mal la palabra trabajo.

Porque hay un trabajo que explota y otro que construye.

Cocinar una buena comida da trabajo. Organizar un viaje da trabajo. Montar una fiesta da un trabajo hijueputa y además siempre aparece uno que pregunta qué puede llevar cuando uno ya compró todo.

Sin embargo, no concluimos que comer, viajar o celebrar hayan perdido sentido porque requieran esfuerzo.

Con el sexo tenemos una contradicción particular: exigimos resultados extraordinarios pero queremos que parezcan completamente espontáneos.

Que haya deseo.

Que haya novedad.

Que haya confianza.

Que nadie caiga en rutina.

Que ambos disfruten.

Que haya comunicación.

Que no parezca planeado.

Y todo esto después de siete años de relación, dos trabajos y una lavadora sonando al fondo.

No joda.

Nos prometieron química, pero nadie mencionó mantenimiento

El verdadero asesino del romance puede ser la interfaz

Las aplicaciones tampoco inventaron este cansancio, pero sí consiguieron convertir la búsqueda afectiva en una actividad repetitiva y medible.

Matches.

Likes.

Mensajes.

Respuestas.

Perfiles.

Notificaciones.

La pareja potencial aparece en la misma pantalla donde llegan pedidos, correos, promociones y alertas bancarias.

Eso cambia la textura de ligar.

Hay abundancia, pero la abundancia produce trabajo de selección.

Hay acceso, pero el acceso produce conversaciones.

Hay posibilidades, pero las posibilidades producen la sospecha permanente de que quizá existe otra persona un poquito mejor a tres swipes de distancia.

Y cuando todo empieza a cansar, aparece el comportamiento más característico de nuestra época:

borrar la aplicación.

—Estoy mamado de esta mierda.

Dos meses después:

—Bueno, tampoco puedo conocer gente encerrado en la casa.

Descargar.

Aceptar condiciones.

Subir fotos.

“Describe tu domingo perfecto”.

Ay, gran hijueputa.

Otra vez Recursos Humanos.

Tal vez por eso llamar a este fenómeno pereza sexual resulta divertido pero insuficiente. La pereza supone que tenemos energía y no queremos gastarla.

Lo que aparece detrás del dating fatigue es más parecido a otra cosa: hemos metido incluso el deseo dentro de una vida ya saturada de pequeñas obligaciones administrativas.

Queríamos hacer más eficiente la búsqueda de pareja.

La convertimos en interfaz.

Queríamos más opciones.

Nos pusimos a catalogarlas.

Queríamos conexiones.

Terminamos gestionándolas.

Y después de optimizar hasta el camino hacia la cama nos sorprendimos porque el sexo empezó a sentirse, a ratos, como otra tarea.

Tal vez la pregunta no sea por qué la gente se volvió tan perezosa para coger.

Tal vez sea quién carajos tuvo la idea de ponerle dashboard al levante.