Durante buena parte de este siglo, la tecnología tuvo una misión bastante clara: quitar vainas.
Adiós teclado físico. Adiós cámara. Adiós reproductor de música. Adiós agenda. Adiós radio. Adiós teléfono fijo. Adiós mapa. Adiós linterna. Adiós calculadora. Adiós álbum de fotos. Todo terminó metido dentro de un rectángulo negro que cabe en el bolsillo y que, además de hacer el trabajo de treinta aparatos, puede mostrarle un video de un mapache lavando algodón de azúcar mientras usted supuestamente responde un correo importante.
Ganamos eficiencia. Una cantidad absurda de eficiencia.
Y ahora estamos pagando por recuperar la ineficiencia.
TechCrunch acaba de reunir una camada de aparatos recientes que parecen diseñados por alguien que despertó en 1988 pero alcanzó a encontrar un puerto USB-C: máquinas de escribir digitales, reproductores de casete, boomboxes con Bluetooth, cámaras instantáneas, teléfonos fijos con Wi-Fi y smartphones con teclado físico y deliberadamente menos aplicaciones. (TechCrunch)
No estamos hablando únicamente de nostalgia decorativa. No es ponerle acabado beige a un parlante nuevo y cobrarlo como “heritage edition”.
Hay gente comprando aparatos objetivamente menos capaces porque justamente no hacen todo.
La Freewrite, por ejemplo, cuesta alrededor de 699 dólares y está diseñada básicamente para escribir: teclado, pantalla pequeña y sincronización posterior con la nube. La Pomera ronda los 549 dólares y funciona como una especie de portátil al que alguien le quitó casi todas las razones para procrastinar. No tiene la filosofía de “el mundo entero en sus manos”. Tiene una filosofía bastante más agresiva:
Escriba, gran marica. Para eso me compró. (TechCrunch)
Y esa puede ser una de las cosas más extrañas que le han pasado al negocio tecnológico: después de décadas cobrando más porque un dispositivo podía hacer más cosas, ahora existe un mercado dispuesto a pagar precisamente para que haga menos.

Primero eliminamos toda la fricción y después descubrimos para qué servía
La palabra favorita del diseño tecnológico moderno fue durante años fricción.
Había que eliminarla.
Comprar debía requerir menos pasos. Escuchar música, menos pasos. Hablar con alguien, menos pasos. Tomar una foto, menos pasos. Ver una película, menos pasos. Todo debía aparecer inmediatamente, sincronizarse automáticamente y continuar entre dispositivos sin que el usuario tuviera que hacer esa actividad medieval conocida como esperar.
Tiene sentido. Nadie extraña sinceramente rebobinar una cinta con un bolígrafo porque se la estaba comiendo el casete. Eso era una cagada.
Pero eliminamos tanta fricción que también eliminamos los bordes entre actividades.
El mismo aparato donde uno escribe tiene Instagram.
El mismo donde lee tiene WhatsApp.
El mismo donde escucha un disco le muestra una notificación.
El mismo donde uno intenta ver una película tiene correo, TikTok, noticias, apuestas, trabajo, porno, domicilios y una persona con la que no habla desde 2017 escribiendo “feliz cumpleaños” porque Facebook le recordó.
El smartphone no tiene problema de funciones.
Tiene el problema contrario: no sabe cuándo dejar de ofrecerlas.
Ahí un aparato bruto empieza a adquirir atractivo.
Una cámara instantánea hace una foto. Después hay que esperar. Y la foto que salió torcida quedó torcida, hermano. La Polaroid Flip combina ese ritual físico con autofocus y conexión a una aplicación; la Instax Mini Evo mezcla almacenamiento digital con impresión instantánea. No son tecnología antigua: son productos actuales que conservan deliberadamente una parte de la incomodidad antigua. (TechCrunch)
Lo mismo ocurre con el casete. TechCrunch destaca un reproductor portátil de Retrospekt que conserva play, stop, rebobinado, avance y grabación, pero acepta alimentación USB-C. Hay boomboxes nuevos que traen doble casetera, CD, radio y, porque tampoco somos animales, Bluetooth.
Es decir, no queremos regresar exactamente al pasado.
Queremos una versión del pasado donde alguien ya arregló las partes más mamonas.
Nadie está pidiendo que vuelva el módem telefónico. Queremos el botón, no esperar cuatro minutos para abrir una foto de Pamela Anderson mientras mamá grita que necesita usar el teléfono.
Esa diferencia explica por qué llamar a todo esto “nostalgia” se queda corto.
Hay nostalgia, obviamente. Un boombox ochentero compra recuerdos instantáneos incluso para gente que no estuvo viva en los ochenta, que es una habilidad extraordinaria del capitalismo: venderle a uno nostalgia de una infancia que tuvieron otros.
Pero también hay una búsqueda de comportamiento.
El botón físico confirma que algo pasó. El teclado tiene recorrido. El casete obliga a escuchar una secuencia. La cámara instantánea impone escasez. El teléfono fijo tiene ubicación: para usarlo uno va hacia él en vez de cargarlo al baño, a la cama, al restaurante y probablemente al ataúd si seguimos así.
Hasta los teléfonos están regresando por esa vía. Clicks presentó este año un smartphone de 499 dólares claramente inspirado en la BlackBerry: teclado físico, correo, mensajería y aplicaciones de productividad, pero sin juegos ni redes sociales. Mientras tanto, aparatos como Tin Can, Pinwheel Home y Ooma MyPhone están recuperando la idea del teléfono doméstico, especialmente para niños: llamadas a contactos aprobados, sin la totalidad de internet metida en el aparato. (TechCrunch)
Mire la vuelta que dimos.
Inventamos un teléfono que podía hacer cualquier cosa.
Pasaron veinte años.
Ahora algunos padres están pagando para que vuelva a servir solamente para llamar.
Qué hijueputa eficiencia histórica.

La limitación se convirtió en lujo porque la atención se volvió un bien escaso
La gracia aumenta cuando uno mira lo que estaba ocurriendo simultáneamente en IFA 2026, que acaba de cerrar en Berlín.
Allá la otra mitad de la industria está corriendo exactamente en dirección contraria. Más IA. Más automatización. Más aparatos capaces de entender contexto, recordar cosas y hacer tareas sin que uno las haga. Tom’s Guide destacó audífonos que transcriben conversaciones, asistentes de IA que observan lo que pasa en la pantalla, gafas inteligentes, computadores preparados para agentes autónomos, robots domésticos y dispositivos que pretenden acompañarlo durante todo el día. (Tom's Guide)
Es maravilloso porque las dos tendencias parecen enemigas y en realidad responden al mismo problema.
Una parte de la tecnología dice:
—Usted está saturado. Déjeme hacer más cosas por usted.
La otra responde:
—Usted está saturado. Tome un aparato que no pueda hacer tantas cosas.
Uno vende inteligencia.
El otro vende límites.
Y quizá el lujo nuevo no sea tener acceso a todo, porque acceso ya tiene cualquiera con conexión a internet. El lujo empieza a ser poder excluir cosas.
No recibir una notificación.
No poder cambiar de aplicación.
No tomar cincuenta fotos del mismo momento.
No escuchar cualquier canción del planeta en cualquier orden.
No llevar el trabajo entero en el bolsillo.
La industria pasó décadas vendiéndonos posibilidad y ahora descubrió un mercado para la imposibilidad deliberada.
“No tiene redes sociales” antes era una deficiencia.
Ahora puede ser una característica escrita en la caja.
“Solo sirve para escribir” habría sido la peor reseña posible de un computador en 2005.
En 2026 puede justificar 699 dólares.
Eso sí es una belleza.
Compramos un computador extremadamente poderoso para poder hacer 74 cosas al mismo tiempo y después compramos otro aparato para impedirnos hacer 73.
Uno casi admira el modelo de negocio.
Lo mismo pasa con la fotografía imperfecta. El teléfono moderno permite tomar 400 imágenes, corregir exposición, borrar al señor que apareció atrás, reemplazar un cielo, mejorar caras y guardar todo para siempre. Una instantánea cuesta plata, tiene pocas oportunidades y puede salir como una mierda.
Y justamente por eso esa foto importa distinto.
No necesariamente es mejor.
Tiene consecuencias.
La limitación convierte una acción en decisión.
Algo parecido pasa con el casete. Spotify tiene más música de la que un ser humano podría escuchar en varias vidas, pero justamente por eso una canción puede convertirse en ruido de fondo intercambiable. Un casete tiene dos lados, un principio, un final y el pequeño chantaje mecánico de que saltarse cuatro canciones da una pereza considerable.
La tecnología antigua obligaba al usuario a adaptarse al aparato.
La moderna adaptó el aparato al usuario.
Y ahora algunos descubrimos que no siempre somos las mejores personas para tener control absoluto.
Díganle a alguien que escuche un disco: escucha el disco.
Déjenle 100 millones de canciones, recomendaciones infinitas y un botón de skip, y a los ocho minutos está oyendo música ambiental para concentrarse mientras mira Reels.
No es que antes fuéramos mejores.
Teníamos menos salidas.
Ese detalle terminó teniendo valor.
Por eso esta nueva tecnología retro no está prometiendo realmente regresar a 1987. Está vendiendo algo muchísimo más contemporáneo: una frontera.
Una máquina que termina.
Un aparato que sabe para qué fue comprado.
Una cámara que no abre Slack.
Un teléfono que no tiene TikTok.
Un teclado donde uno no puede desaparecer durante cuarenta minutos investigando qué fue de la vida del actor secundario de una serie que vio en 2004.
Después de veinte años intentando construir el aparato que pudiera hacerlo todo, quizá encontramos la falla del proyecto.
El problema era que nosotros también podíamos hacerlo todo desde ahí.
Y no tenemos ningún hijueputa autocontrol.
