A las 9:41 y 15 segundos de la mañana del 11 de septiembre de 2001, un hombre estaba cayendo desde la Torre Norte del World Trade Center y un fotógrafo llamado Richard Drew apretó el disparador de su cámara.

La fotografía dura una fracción de segundo. El hombre aparece cabeza abajo, una pierna recta y la otra ligeramente doblada, vestido de blanco y negro, colocado casi exactamente en medio de las líneas verticales del edificio. No parece estar dando vueltas. No parece desesperado. No parece siquiera estar cayendo de la manera en que uno imagina que cae un ser humano desde más de cien pisos.

Parece quieto.

Y esa es una hijueputada de la fotografía, porque no estaba quieto.

Drew tomó una secuencia mientras aquel hombre descendía. En los otros fotogramas el cuerpo gira, cambia de posición, pierde esa imposible geometría. La cámara simplemente abrió el obturador durante el instante exacto en que el hombre y las líneas del World Trade Center quedaron alineados. Drew ha contado que ni siquiera vio esa composición mientras fotografiaba; la descubrió después, cuando revisó el material.

Una fracción de segundo convirtió una muerte violentísima en una imagen casi serena.

Y Estados Unidos no supo qué carajos hacer con ella.

Una hora antes estaba fotografiando ropa para embarazadas

La mañana de Richard Drew había empezado en otro planeta.

Era fotógrafo de Associated Press y estaba cubriendo un desfile de moda para embarazadas durante la Semana de la Moda en Bryant Park. Entonces sonó su teléfono. Su editora le informó que un avión había golpeado el World Trade Center y le dijo que abandonara el desfile.

Drew se metió al metro.

Cuando salió en el sur de Manhattan empezó a fotografiar inmediatamente. Terminó cerca de West y Vesey Streets, con los edificios ardiendo delante de él y las ambulancias acumulándose alrededor. Había pasado, en cuestión de minutos, de fotografiar maternidad —gente vestida alrededor de la idea de una vida que todavía no había empezado— a apuntar su teleobjetivo hacia personas viviendo los últimos segundos de la suya.

Drew hizo lo que hacen algunos periodistas cuando la realidad se vuelve insoportable: siguió trabajando.

Él mismo ha explicado que la cámara funcionó como una especie de filtro. Mirando a través del teleobjetivo veía apenas una parte de aquello que estaba sucediendo. Ni siquiera comprendió inmediatamente que una de las torres se había desplomado porque seguía observando el desastre a través de ese pequeño rectángulo.

Cuando empezó a ver personas cayendo, las siguió con la cámara y mantuvo el dedo sobre el disparador.

No fotografió solamente a una.

Pero una imagen quedó.

The Falling Man.

El hombre que cae.

Una hora antes estaba fotografiando ropa para embarazadas

El cuerpo que no cabía en la historia

Hay una particularidad extraña en la memoria visual del 11-S: conocemos extraordinariamente bien los edificios.

Todos reconocemos las Torres Gemelas ardiendo. El segundo avión entrando en la Torre Sur. La nube de polvo avanzando por Manhattan. Bomberos. Policías. Personas corriendo. La estructura metálica retorcida de Ground Zero.

Pero hubo otra realidad aquella mañana que durante años resultó mucho más difícil mostrar: los cuerpos.

Personas atrapadas por encima de las zonas de impacto aparecieron en ventanas buscando aire. Algunas terminaron cayendo o saliendo del edificio mientras el fuego y el humo consumían los pisos superiores. Incluso la palabra jumpers —“saltadores”— sigue siendo problemática porque implica una decisión suicida que no describe correctamente lo sucedido.

No estaban decidiendo tranquilamente morir.

Estaban intentando escapar de una situación en la que ya no existía una salida buena.

Y quizá por eso las imágenes molestaban tanto.

Una torre cayéndose es una tragedia enorme, pero también abstracta. Puede convertirse en símbolo, bandera, discurso presidencial, documental, monumento. Un edificio no tiene mamá. No tiene zapatos favoritos. No desayunó esa mañana. No había prometido llamar a alguien después del trabajo.

Un cuerpo sí.

The Falling Man convirtió el 11 de septiembre nuevamente en la muerte de una persona.

Ahí empezó el problema.

El cuerpo que no cabía en la historia

La fotografía apareció. Después la mandamos a esconder

La imagen de Drew fue distribuida por Associated Press y apareció en periódicos estadounidenses e internacionales después de los ataques. The New York Times, entre otros, la publicó dentro de su cobertura del día siguiente.

La reacción fue rápida.

Lectores acusaron a medios de explotar la muerte de un hombre, invadir su intimidad y convertir una tragedia en espectáculo. En numerosos periódicos estadounidenses la fotografía apareció una vez y prácticamente nunca más.

Eso es fascinante porque nadie discutía que fuera falsa.

El problema era precisamente el contrario.

Era demasiado verdad.

Un año después ocurrió algo parecido con Tumbling Woman, la escultura de Eric Fischl inspirada en las personas que habían caído de las torres. Fue instalada en Rockefeller Center y retirada pocos días después tras provocar indignación y quejas.

Estados Unidos podía repetir millones de veces el impacto de los aviones. Podía mostrar fuego. Podía mostrar edificios desintegrándose con personas todavía dentro.

Pero mostrar a una de esas personas durante sus últimos segundos parecía cruzar otra frontera.

Porque ese hombre no permitía esconderse detrás de la escala.

Había que mirarlo a él.

Entonces alguien intentó ponerle nombre

Durante un tiempo apareció una posibilidad: Norberto Hernandez, trabajador de Windows on the World, el célebre restaurante ubicado en lo alto de la Torre Norte.

El periodista canadiense Peter Cheney investigó la fotografía para The Globe and Mail y llegó inicialmente a esa identificación. El problema es que la familia de Hernandez rechazó la conclusión.

La búsqueda que pretendía devolverle un nombre al hombre había terminado provocando todavía más dolor a otra familia.

En 2003, el periodista Tom Junod retomó el misterio para Esquire. Su reportaje, también titulado The Falling Man, se convirtió prácticamente en una segunda vida para la fotografía.

Junod y el reportero Andrew Chaikivsky buscaron trabajadores de Windows on the World, estudiaron imágenes, hablaron con familias y trataron de reducir un universo de miles de muertos hasta llegar a una persona.

La investigación encontró otro candidato: Jonathan Eric Briley, de 43 años, técnico audiovisual de Windows on the World. Era alto, trabajaba en los pisos superiores y algunos compañeros consideraron que el hombre de la secuencia podía parecerse a él. Algunos elementos de la ropa también alimentaron esa posibilidad.

Briley murió aquella mañana.

Pero hay algo fundamental que no debemos joder por querer cerrar bonito una historia:

no sabemos con certeza que fuera Jonathan Briley.

Veinticinco años después, la identidad de The Falling Man continúa sin resolverse definitivamente.

Y no hace falta fabricar una respuesta donde no la hay.

De hecho, posiblemente la ausencia del nombre sea parte de lo que volvió tan poderosa la fotografía.

La fotografía apareció. Después la mandamos a esconder

El hombre que parece aceptar la muerte nunca estuvo así

Mire nuevamente la fotografía.

El hombre parece compuesto. Casi elegante. La arquitectura detrás de él es perfectamente vertical y su cuerpo continúa la geometría de las torres. Uno podría construir encima cualquier cantidad de interpretaciones sobre resignación, paz, destino o aceptación.

Pero es una fracción de segundo.

Las demás fotografías de la secuencia destruyen esa ilusión. El cuerpo cambia, gira, se desordena. La imagen famosa no registra “cómo cayó” aquel hombre. Registra un instante extraordinariamente improbable dentro de su caída.

Y ahí la fotografía se vuelve todavía más brutal.

Porque durante una fracción mínima de tiempo una cámara organizó algo que en la realidad era puro caos.

Eso hacemos todo el tiempo con las tragedias. Las editamos. Buscamos una fotografía. Escogemos una fecha. Construimos un monumento. Escribimos nombres en una pared. Ponemos música solemne. Hacemos documentales. Tratamos de convertir una cosa completamente inmanejable en algo que nuestra cabeza pueda guardar sin volverse mierda.

The Falling Man hizo eso demasiado bien.

Tal vez por eso asustó.

Veinticinco años después

Hoy, 11 de septiembre de 2026, se cumplen veinticinco años de los ataques.

Richard Drew continúa hablando de aquella fotografía y defendiendo la decisión que tomó esa mañana: su trabajo era registrar lo que estaba ocurriendo. Para él, la imagen no muestra únicamente una muerte. También muestra a alguien que todavía estaba vivo durante el último instante en que pudo ser fotografiado.

Hay algo ahí que cambia la lectura.

Durante años se discutió si publicar la fotografía le quitaba dignidad al hombre.

Quizá también podemos hacer la pregunta contraria.

¿Qué pasa si borrarlo se la quita?

Ese hombre estuvo ahí.

Tuvo una vida antes de entrar al edificio esa mañana. Llegó a algún trabajo. Conocía gente. Probablemente había dejado algo pendiente para después. Y durante unos segundos quedó suspendido contra una fachada que el mundo entero reconoce.

No sabemos su nombre.

Sabemos la hora.

Sabemos quién apretó el disparador.

Sabemos que la fotografía apareció y que muchísima gente prefirió no volver a verla.

Y sabemos algo todavía más incómodo: cualquiera que hubiera estado atrapado en esos pisos habría querido una salida. Una puerta. Una escalera. Aire. Cualquier cosa distinta de aquella ventana.

Por eso Drew ha explicado que una parte de la reacción frente a su fotografía está en una idea sencillísima:

“That could be me.”

Ese podría ser yo.

Veinticinco años después

Ahí está toda la maldita fotografía.

No estamos mirando a un hombre que decidió convertirse en símbolo. Estamos mirando a alguien a quien le quitaron todas las opciones hasta dejarle solamente segundos.

Durante veinticinco años hemos llamado The Falling Man a una persona cuyo nombre ni siquiera conocemos.

Tal vez porque decir “el hombre que cae” resulta más soportable.

Un hombre que cae pertenece a la historia.

Un hombre como nosotros pertenece a la familia.