Bogotá lanzó una campaña llamada “¿Y si fuera ella?” para que conductas como silbidos, comentarios sexuales, miradas insistentes, gestos obscenos y persecuciones dejen de verse como cosas normales de la calle. La intención no salió de la nada: según datos distritales, 51,6 % de las mujeres encuestadas dijo haber vivido alguna situación de acoso sexual callejero durante el último año, y el 95,4 % manifestó temor de sufrirlo.

Hasta ahí, bien.

El problema comienza cuando tratamos de meter todas las interacciones humanas en una cajita donde de un lado dice ACOSO y del otro COQUETEO, porque resulta que las personas no funcionan como un semáforo.

A veces exactamente la misma frase puede ser recibida de dos maneras completamente distintas.

Y ahí se nos empieza a enredar esta vaina.

El piropo tiene un problema: también importa quién lo está diciendo

El piropo tiene un problema: también importa quién lo está diciendo

Supongamos que una mujer va caminando y un hombre le dice:

—Qué bonita estás.

No la toca. No la sigue. No le bloquea el camino. Dice eso y continúa con su vida.

Ahora póngale cara al hombre.

Si es un tipo que a ella le parece atractivo, probablemente existe la posibilidad de que piense: “Ay, tan querido”.

Cambie al mismo hombre por otro que no le gusta, póngalo sudado, despeinado, gritándole desde un andamio y de repente la misma oración puede sentirse muchísimo más invasiva.

Uno puede hacerse el políticamente impecable todo lo que quiera, pero el atractivo altera cómo percibimos las intenciones de los demás.

Y esto no es únicamente una teoría inventada mientras uno espera una cerveza. Hay investigaciones que han encontrado que hombres físicamente atractivos pueden ser percibidos como menos acosadores que hombres poco atractivos ante conductas comparables.

O sea: existe, científicamente hablando, cierta versión del fenómeno “si está bueno es coqueto y si está feo llamen a seguridad”.

Qué injusticia tan hijueputa para los feos.

Pero tampoco significa que entonces todo sea hipocresía. Hay contexto. Una mujer sola de noche no recibe igual un comentario que una mujer en una fiesta hablando voluntariamente con alguien que le gusta. Importan la insistencia, la distancia, la amenaza, el tono, la posibilidad de irse y, sobre todo, si la atención era bienvenida.

La cagada aparece cuando pretendemos que solamente las palabras determinan la situación.

No.

Los seres humanos juzgamos el paquete completo.

También cambia cuando invertimos los sexos

Ahora hagamos otro experimento muchísimo más peligroso para una conversación en redes sociales.

Un jefe hombre le dice insistentemente a una empleada:

—Usted está demasiado buena. Algún día me tiene que dar una oportunidad.

Uno entiende inmediatamente por qué puede ser acoso.

Cambie los personajes.

Una jefa atractiva le dice eso mismo a un empleado hombre.

Y aparece inevitablemente algún compañero:

—¿Acoso? Marica, ¿usted de qué se está quejando?

Ese doble estándar también ha sido estudiado.

Investigaciones sobre casos equivalentes de acoso laboral han encontrado que, cuando la víctima es hombre y la agresora es mujer, muchas personas tienden a percibir el hecho como menos grave.

Y ahí aparece una contradicción muy nuestra.

No es simplemente “las mujeres pueden hacerlo y los hombres no”.

Muchas veces somos los propios hombres quienes hemos decidido que un hombre no tiene derecho a sentirse acosado por una mujer.

Si una compañera le toca el culo a un tipo y él protesta, todavía existe la posibilidad de que los amigos no le pregunten si está bien sino:

—¿Pero estaba buena?

Como si el Código Penal emocional masculino tuviera una cláusula que dijera que si la agresora está sabrosa, queda anulada cualquier incomodidad.

Y eso también es una estupidez.

También cambia cuando invertimos los sexos

No todo piropo es igual a una persecución

La campaña de Bogotá incluye dentro de la conversación varias conductas: piropos o comentarios sexuales, silbidos, miradas insistentes, gestos obscenos, exhibicionismo y persecuciones.

Y precisamente ahí hay que conservar cierta capacidad de distinguir.

Porque decirle una vez a alguien “qué bonita” no tiene la misma intensidad que seguirla tres cuadras, cerrarle el paso o mostrarle los genitales.

Podemos discutir si un comentario no solicitado es incómodo, irrespetuoso o innecesario. Perfecto.

Pero si ponemos cualquier interacción no pedida exactamente al mismo nivel, terminamos perdiendo una palabra útil para describir situaciones realmente intimidantes.

Hasta ligar se volvería logísticamente imposible.

—Buenas tardes, ¿puedo hacerle una solicitud formal para manifestarle que me parece atractiva?

—Radíquela por ventanilla.

No joda.

Toda relación humana empieza en algún momento con alguien haciendo algo que el otro no había solicitado previamente: hablarle, sonreírle, invitarlo a bailar, pedirle el número.

La diferencia está en leer la respuesta y respetarla.

El problema no es solamente acercarse.

El problema es creer que porque usted quiso acercarse, la otra persona quedó obligada a disfrutarlo.

Entonces, ¿quién decide si fue piropo o acoso?

Entonces, ¿quién decide si fue piropo o acoso?

Ahí está la parte incómoda: no existe una fórmula perfecta.

El contexto importa. La intención importa, pero no manda sola. La percepción de quien recibe importa, pero tampoco puede convertir mágicamente cualquier conducta idéntica en moralmente opuesta sin que podamos discutirla.

Y nuestros prejuicios también entran al cuarto.

Juzgamos distinto al bonito y al feo.

Al rico y al pobre.

Al hombre y a la mujer.

Al desconocido y al que ya nos gustaba.

Eso no demuestra que el acoso sea inventado. Demuestra algo más incómodo: nuestra percepción del acoso tampoco está libre de sesgos.

La campaña de Bogotá tiene razón en una cosa básica: nadie debería tener que aguantar persecuciones, comentarios sexuales insistentes o intimidación simplemente porque está caminando por la calle.

Pero de ahí tampoco se sigue que toda mirada, todo saludo o todo “qué linda estás” pertenezca automáticamente a la misma categoría.

Tal vez la regla más sensata sea muchísimo menos sofisticada que todas estas campañas:

Puede intentar coquetear.

Puede incluso equivocarse.

Pero si la otra persona muestra que no quiere, abra del parche y siga caminando.

Y aplique la misma regla aunque usted sea hombre, mujer, albañil, modelo de Calvin Klein o un pobre hijueputa al que la genética no le colaboró.