Hubo una época en que cinco tipos podían aparecer en televisión haciendo una coreografía con chaquetas enormes y provocar una emergencia doméstica. Gritos. Lágrimas. Afiches pegados con cinta sobre paredes recién pintadas. Mamás entrando al cuarto a preguntarse en qué momento se les había salido de las manos la crianza.
Eran Donnie Wahlberg, Jordan Knight, Jonathan Knight, Danny Wood y Joey McIntyre: New Kids on the Block.
Hoy resulta tentador mirar aquellos videos y quedarse en el vestuario, los pasos de baile y unos peinados que exigían confianza, laca y una alarmante ausencia de adultos responsables. Pero debajo de aquella maravilla textil había una de las operaciones más importantes del pop juvenil estadounidense.
New Kids no inventó la boy band. Tampoco inventó la histeria adolescente ni la costumbre humana de enamorarse de alguien que vive a mil kilómetros y jamás sabrá que uno existe.
Lo que hizo fue demostrar hasta dónde podía llevarse el negocio.
Cinco muchachos y una fórmula peligrosamente efectiva
La historia comenzó en Boston alrededor del productor Maurice Starr, que venía de trabajar con New Edition y había entendido una verdad que la industria musical explotaría durante décadas: juntar muchachos jóvenes, canciones románticas y personalidades fáciles de reconocer podía producir algo bastante más rentable que una simple banda.
La clave parecía infantil, pero era brillante: cada fan debía poder escoger favorito.
Jordan era el romántico. Donnie tenía pinta de rebelde. Joey era el menor. Jonathan parecía el serio. Danny completaba el equipo con esa función indispensable de toda agrupación de cinco: ser el favorito de alguien que necesitaba demostrar que no escogía al mismo que las demás.
¿Serio de qué, exactamente?
Usted tenía catorce años, él vivía en Massachusetts y ninguno sabía que el otro existía.
Precisamente de eso se trataba.
Una boy band no vende únicamente música. Vende personajes. Identificación. Pertenencia. Y, sobre todo, una fantasía romántica suficientemente específica para parecer personal y suficientemente vaga para poder venderse varios millones de veces.
El primer álbum, New Kids on the Block, apareció en 1986 sin provocar todavía el apocalipsis. La explosión llegó con Hangin’ Tough, de 1988, empujado por canciones como “Please Don’t Go Girl”, “You Got It (The Right Stuff)”, “I’ll Be Loving You (Forever)” y “Hangin’ Tough”.
Y se prendió esa mierda.
Había sintetizadores, R&B, coros gigantes y declaraciones amorosas con esa intensidad que solo parece razonable antes de tener que compartir arriendo, escoger EPS o discutir quién dejó una cuchara sucia dentro del lavaplatos.
“I’ll be loving you forever.”
Forever.
Hermano, tienes diecinueve años. Primero mira qué vas a estudiar.
Pero funcionaba porque el pop adolescente jamás ha tenido obligación de ser sensato. Está hecho para esa edad en que alguien lo mira durante dos recreos y uno ya está escogiendo nombres para los hijos.
Ese exceso emocional no era un defecto. Era el producto.
Cuando una banda se convierte en supermercado
Con Step by Step, en 1990, New Kids on the Block ya no parecía solamente un grupo musical. Parecía una franquicia que accidentalmente también grababa discos.
Había camisetas, afiches, muñecos, revistas, loncheras, sábanas y una serie animada. Porque aparentemente escuchar a cinco tipos cantar no era suficiente: había que desayunar mirándolos, dormir encima de ellos y llevarlos impresos al colegio.
La mercancía revela mejor que cualquier cifra lo que estaba ocurriendo. New Kids vendía pertenencia.
Ser fan significaba escoger favorito, aprenderse las canciones, recortar fotografías, defender al grupo frente a personas que evidentemente no entendían nada y entrar a una comunidad internacional construida alrededor de cinco pelados que algún día debieron entrar a una tienda y descubrir, con cierta inquietud existencial, que había muñecos de ellos mismos colgados junto a otros juguetes.
Las giras completaban la ceremonia: miles de adolescentes gritando mientras miles de padres esperaban preguntándose cuánto faltaba y por qué habían pagado para participar indirectamente en aquello.
Todo fenómeno pop tiene un adulto diciendo:
“Yo no entiendo qué le ven”.
Claro que no entiende.
No es para usted, Orlando.
Esa fue parte de la genialidad comercial del asunto. La industria no necesitaba convencer a toda la familia. Necesitaba que una hija insistiera hasta que alguien sacara la billetera.
Después de New Kids, la plantilla quedó sobre la mesa: integrantes con personalidades diferenciadas, baladas para sufrir, canciones rápidas para brincar, coreografías, videoclips, revistas y fotografías diseñadas para que cada fan pudiera proyectar sobre uno de ellos la novela que quisiera.
Luego vendrían Backstreet Boys, *NSYNC, 98 Degrees y una cantidad preocupante de hombres vestidos de blanco señalando dramáticamente hacia un horizonte que nunca terminábamos de ver.
La maquinaria se perfeccionó, pero la lógica ya estaba clara: una agrupación juvenil podía ser simultáneamente música, moda, televisión, mercancía, identidad y fantasía romántica.
Y entonces ocurrió lo inevitable.
Cuando algo se vuelve demasiado popular, comienza a dar pena admitir que alguna vez gustó.
La humanidad funciona así. Primero compra millones de discos y después asegura:
“Yo nunca fui tan fan”.
Ah, bueno.
Entonces esas fundas de almohada aparecieron espontáneamente en su cuarto.

La adolescencia también tiene segunda temporada
Los noventa cambiaron rápido. Otros sonidos ocuparon el centro, la maquinaria empezó a perder velocidad y en 1994 el grupo se separó.
Parecía un final perfectamente razonable.
Hasta que New Kids volvió en 2008 y encontró un negocio incluso mejor que venderle fantasías a adolescentes: venderles recuerdos a esos mismos adolescentes cuando ya tenían tarjeta de crédito.
Antes había que decir:
“Mamá, cómprame el disco”.
Después bastaba con abrir la aplicación del banco y cometer la irresponsabilidad personalmente.
La matemática mejora muchísimo.
El regreso funcionó porque nadie necesitaba fingir que seguían teniendo veinte años. El producto había cambiado. Ya no era solamente el enamoramiento; era el reencuentro.
Y ahí la nostalgia juega su truco más hijueputa.
Una canción vieja nunca reproduce únicamente una canción. Reproduce un cuarto. Un colegio. Una amiga. Un cassette. Una revista doblada dentro del bolso. Una versión anterior de uno mismo que todavía no sabía qué trabajos iba a odiar, qué personas iba a perder ni cuántas contraseñas tendría que cambiar por “motivos de seguridad”.
Durante cuatro minutos, una persona adulta con facturas y dolor de espalda puede volver a tener quince años.
Eso vale plata.
Pero reducirlo todo a mercadeo también sería demasiado cómodo. Sí, detrás de New Kids on the Block había una maquinaria comercial enorme. Sí, la imagen importaba. Sí, el concepto de ídolo adolescente fue exprimido hasta niveles industriales.
Pero las canciones tenían que funcionar.
No existe lonchera capaz de sostener durante décadas un coro que nadie quiere cantar. “Step by Step”, “Hangin’ Tough” y “You Got It (The Right Stuff)” sobrevivieron a la ropa, a los peinados y a esa costumbre noventera de fotografiar grupos masculinos mirando hacia distintos puntos del infinito.
Ahí estaba la verdadera habilidad: entendían el pop.
Eran comerciales sin vergüenza, románticos hasta niveles médicamente cuestionables y durante algunos años se vistieron como si varias fábricas de denim hubieran cometido errores graves. Pero tenían canciones.
Y el pop, cuando funciona, no necesita pedir disculpas.
New Kids on the Block carga además con el mejor chiste involuntario de su carrera: se llaman los muchachos nuevos del barrio, pero ya no son nuevos, muchachos tampoco demasiado y probablemente el barrio original ya pasó por dos procesos de gentrificación y ahora tiene una cafetería donde el café filtrado cuesta ocho dólares.
Igual salen a cantar.
Y la gente aparece.
Porque uno envejece, cambia de trabajo, paga impuestos y descubre que aquello de forever era bastante más complicado de lo que parecía.
Pero suena Step by Step y el cuerpo se acuerda.
Ahí estaba el negocio.
Y también, para qué negarlo, la magia.

TODAVÍA NADIE HA FIRMADO. PUEDES SER EL PRIMERO.