Durante las primeras horas después de una tragedia nadie pregunta cuándo vuelve el jazz.

Nadie está pensando en ballet, salsa, libros, cine ni en si el teatro de la otra semana conserva la función de las ocho. Primero se busca gente. Se atienden heridos. Se averigua quién está bien. Se duerme mal. Se vuelve a mirar el techo cuando cruje cualquier hijueputa cosa. La ciudad entera aprende durante unos días una coreografía nueva y espantosa: salir, llamar, esperar, contar.

Eso fue Cali después del terremoto de magnitud 7,4 del 10 de agosto. La actividad cultural se detuvo mientras la prioridad era la emergencia humanitaria. A casi un mes del sismo aparece ahora una pregunta que puede sonar frívola solamente hasta que uno la piensa bien:

¿Cuándo vuelve una ciudad a hacer cosas juntas?

No cuándo reabre una oficina.

No cuándo reparan una fachada.

¿Cuándo vuelve la gente a sentarse al lado de desconocidos durante dos horas? ¿Cuándo regresa a un concierto? ¿Cuándo paga por escuchar música? ¿Cuándo vuelve a bailar sin sentir que está irrespetando a alguien?

Porque reconstruir después de un terremoto tiene una parte relativamente fácil de entender. Hay una grieta: se evalúa. Un muro se dañó: se arregla. Un edificio no sirve: se desocupa.

Pero ¿cómo se repara el susto?

Ahí no llega una mezcladora de cemento.

Una ciudad también se daña por dentro

La Secretaría de Cultura de Cali ha utilizado una expresión que en otro contexto podría sonar peligrosamente a PowerPoint institucional: “reconstrucción emocional”.

Esta vez no es tan fácil burlarse.

La idea es que la recuperación no puede limitarse a lo físico y arquitectónico. También necesita reconstruir, sin desconocer el duelo particular de quienes fueron golpeados por la emergencia, eso que podríamos llamar el espíritu colectivo de una ciudad.

Y la expresión empieza a tener sentido cuando uno mira qué fue exactamente lo que el terremoto interrumpió.

No solamente dañó edificios culturales.

Desarmó rutinas colectivas.

Teatros y espacios culturales tuvieron que cerrar, restringir su funcionamiento o revisar estructuras. Festivales cancelaron, aplazaron o empezaron a buscar nuevas fechas. Artistas, técnicos, productores y gestores se quedaron mirando calendarios que de un momento a otro ya no servían para una mierda.

Y aquí es donde uno descubre que un escenario cultural hace un trabajo extraño en una ciudad.

Uno cree que un teatro sirve para presentar obras.

Pues sí, magnífico descubrimiento.

Pero además sirve para que doscientas personas tengan el mismo recuerdo esa noche.

Un festival de música sirve para escuchar música, pero también para que una ciudad se vea a sí misma ocupando un espacio. Una feria del libro vende libros, claro, pero arma durante varios días una excusa para caminar, encontrarse, demorarse, discutir y comprar un libro que uno probablemente dejará tres meses en la mesa de noche diciendo: “este fin de semana sí lo empiezo”.

La salsa no es solamente salsa.

Un festival no es únicamente su programación.

Un bar no es solo un establecimiento donde a uno le venden una cerveza con un margen comercial francamente ofensivo.

Son dispositivos de encuentro.

Y cuando desaparecen muchos al mismo tiempo, aunque sea temporalmente, la ciudad sigue ahí pero empieza a sentirse distinta.

Detrás del bonito concepto de “ecosistema cultural” —otra expresión que uno escucha y enseguida imagina un foro con cuatro personas usando tote bag— hay trabajadores reales. Técnicos. Bailarines. Actores. Músicos. Productores. Sonidistas. Personal de montaje. Restaurantes cercanos. Transporte. Vendedores. Diseñadores. Gente que vive de que otra gente salga de la casa.

Por eso reactivar la cultura después de una tragedia tiene una incomodidad inevitable.

Si se hace demasiado pronto, parece insensibilidad.

Si se espera indefinidamente, también se prolonga el daño.

Y Cali está intentando encontrar esa distancia exacta, esa vaina imposible entre el respeto y la vida.

El Festival Internacional de Ballet de Cali es uno de los eventos que tuvo que adaptarse después del sismo, buscando condiciones seguras y reorganizando su edición en medio de una ciudad que todavía está reconstruyendo espacios y confianza.

Y ahí hay algo más grande que una modificación de agenda.

Porque cuando vuelve el ballet no vuelve solamente el ballet.

Vuelven técnicos.

Vuelven bailarines.

Vuelve el público.

Vuelve alguien a vender algo afuera.

Vuelve una conversación después de la función.

Vuelve una pequeña parte de la ciudad a utilizar su cuerpo para algo diferente a salir corriendo.

Eso importa.

Mucho.

Una ciudad también se daña por dentro

Cali ya tuvo que aprender a celebrar después de una tragedia

Todo esto tiene un antecedente caleño demasiado grande para ignorarlo.

El 7 de agosto de 1956, una explosión de camiones cargados con dinamita destruyó una zona enorme de Cali y dejó miles de víctimas. Fue uno de esos acontecimientos que parten la historia urbana en dos: antes de esa noche y después de esa noche.

Un año más tarde apareció la primera Feria de Cali, entonces llamada Feria de la Caña de Azúcar.

La relación entre ambas cosas suele contarse de forma sencilla: una ciudad destruida necesitaba recuperar el ánimo y reactivar su economía, y la fiesta apareció como parte de ese proceso.

Pero la historia es más enredada, como casi todas las historias buenas.

La creación de la Feria también estuvo vinculada a intereses económicos, institucionales y al crecimiento urbano de una Cali que estaba cambiando rápidamente. No fue que al día siguiente de la tragedia alguien dijera:

—Bueno, se nos explotó media ciudad. Organicemos orquestas.

Las ciudades no funcionan así.

Hay duelo, comercio, política, ganas de salir, necesidad de plata, empresarios, artistas, instituciones, proyectos anteriores y gente mamada de estar triste.

Todo eso se revuelve.

Y de ahí aparece una fiesta.

Eso hace todavía más interesante la pregunta de 2026.

¿Puede una ciudad volver a celebrar sin convertir la celebración en una forma de olvidar?

Puede.

Pero tiene que entender para qué está celebrando.

Porque existe una manera muy cómoda de utilizar la cultura después de una tragedia: poner una tarima, llevar tres artistas, tomar fotos y anunciar que “Cali renace”.

Eso sí es una grosería.

Una ciudad no renace porque un funcionario consiguió luces LED.

La recuperación cultural es bastante menos fotogénica.

Es un teatro encontrando dónde hacer una función porque su sala habitual no sirve.

Es un bailarín volviendo a ensayar.

Es un dueño de bar preguntándose cuándo la gente tendrá ganas de salir otra vez.

Es una agrupación reorganizando una fecha.

Es una persona que todavía tiene miedo entrando a un auditorio y mirando discretamente dónde está la salida.

Es alguien volviendo a bailar y descubriendo, por dos canciones, que el cuerpo todavía sabe hacer otra cosa aparte de ponerse tenso.

Eso es reconstrucción emocional.

No una campaña.

Una práctica.

Cali ya tuvo que aprender a celebrar después de una tragedia

Y tampoco conviene romantizar demasiado esa capacidad.

Porque la palabra resiliencia tiene una maña bastante peligrosa: a veces termina siendo una forma elegante de felicitar a la gente porque aprendió a sobrevivir sin lo que necesitaba.

Qué berracos.

Qué resistentes.

Qué ejemplo tan hermoso.

Bueno, sí.

Pero arreglen el teatro.

La cultura puede acompañar el duelo.

No puede cancelarlo.

Puede ofrecer un lugar donde alguien esté con otros sin tener que hablar del terremoto durante dos horas.

Puede devolver trabajo.

Puede hacer que músicos vuelvan a cobrar.

Puede permitir que una niña vea ballet por primera vez.

Puede abrir nuevamente un escenario.

Puede darle a alguien una noche normal después de varias semanas donde nada se sintió normal.

Eso ya es muchísimo.

Porque una ciudad cultural no es únicamente la suma de sus teatros, festivales, bares y salas.

Pero necesita teatros.

Necesita bares.

Necesita calles.

Necesita horarios.

Necesita dinero.

Necesita artistas.

Necesita gente con ganas de salir.

Y, sobre todo después de un terremoto, necesita lugares donde uno vuelva a sentirse seguro entre desconocidos.

Quizá por eso la recuperación cultural de Cali no va a ocurrir el día que alguien anuncie solemnemente que todo volvió a la normalidad.

Va a ocurrir antes, en momentos mucho menos espectaculares.

Cuando alguien dude cinco minutos y finalmente compre una boleta.

Cuando vuelva a sonar una banda frente a un público.

Cuando una pareja salga tarde de una función hablando de cualquier pendejada.

Cuando un teatro apague las luces y, por primera vez desde el sismo, doscientas personas dejen de pensar durante un rato en el techo que tienen encima.

Cuando regrese el ballet.

Cuando regrese la música.

Cuando regrese la salsa.

Y sí, eventualmente, cuando regrese la fiesta.

No porque Cali haya olvidado.

Precisamente porque sigue aquí.