Un edificio deja de ser concreto, columnas y apartamentos después de que la gente vive quince o veinte años adentro. Se convierte en la señora del 302, el vecino que parquea atravesado, el niño que creció en el quinto, el ascensor que se daña precisamente cuando uno viene cargando mercado y la reunión de copropietarios que empieza hablando de una gotera y termina cuatro horas después con dos enemigos nuevos.

Por eso demoler el María Mercedes Lloreda, en Cuarto de Legua, no consiste simplemente en mandar una excavadora y convertir una estructura en escombros.

Para quienes vivieron allí es ponerle un final físico a una historia que el terremoto del 10 de agosto de 2026 ya había roto de una manera bastante más brutal.

La demolición controlada comenzó el lunes 7 de septiembre en el edificio ubicado en la carrera 57 con calle 3, al sur de Cali. Es el primero de once inmuebles que las autoridades distritales aprobaron para demolición después de evaluar los daños estructurales dejados por el sismo.

Y con esa primera máquina trabajando empezó otra fase de la emergencia.

Ya no se trata solamente de contar grietas, cerrar calles, poner cintas amarillas y esperar a que un ingeniero diga si uno puede volver a entrar por los calzones que dejó en el segundo piso.

Ahora toca comenzar a borrar edificios completos del mapa.

Eso pesa distinto.

El primero de once que ya no pueden quedarse

El terremoto tuvo magnitud 7,4, una profundidad de 103 kilómetros y epicentro en San José del Palmar, Chocó. Según el Servicio Geológico Colombiano, fue el sismo de mayor magnitud registrado en Colombia durante el siglo XXI y se sintió incluso fuera del país.

En Cali dejó esa clase de daño especialmente inquietante en la que un edificio todavía parece edificio desde afuera, pero técnicamente ya es otra cosa.

Tiene ventanas.

Tiene balcones.

Tiene materas.

Probablemente todavía quedó una botella de salsa de tomate en alguna nevera.

Pero ya no es una casa.

Es una estructura en riesgo.

El María Mercedes Lloreda, de 22 apartamentos, estuvo entre los casos más graves. Su primer piso sufrió un colapso importante y durante el terremoto murió allí Elsa Valencia Giraldo, de 84 años, quien llevaba unos quince años viviendo en el edificio y había sido presidenta de la copropiedad.

Ese dato cambia por completo la manera de mirar una excavadora trabajando ahí.

Esto no es renovación urbana. No están tumbando el edificio porque apareció un constructor anunciando dos torres con coworking, piscina infinita, gimnasio de seis metros cuadrados y un nombre en inglés que nadie del barrio pidió.

Lo están tumbando porque ya no es seguro que siga en pie.

Y además porque allí murió una vecina.

Ahí cualquier intento de ponerse gracioso sobra.

El María Mercedes es apenas el primero. El Consejo Distrital de Gestión del Riesgo autorizó inicialmente la demolición de once inmuebles entre edificios residenciales, establecimientos comerciales y un hotel, aunque las evaluaciones continúan y el número podría crecer.

La ciudad entró, entonces, en una etapa mucho menos visible que el terremoto pero probablemente más larga: decidir qué se repara, qué se refuerza y qué definitivamente hay que tumbar.

Un terremoto dura segundos. Decidir qué hacer con todo lo que dejó roto puede tomar años.

Tumbar un edificio dañado tampoco es darle martillo y hágale

La demolición del María Mercedes Lloreda no funciona como en las películas.

No llegó un man con gafas oscuras, puso dinamita, apretó un botón y caminó de espaldas mientras ocho pisos desaparecían detrás de una nube de polvo.

Esto es Cali.

Aquí ya tenemos suficientes problemas como para inventarnos otro.

El proceso se planteó como una demolición controlada, con maquinaria pesada, corte, remoción y cargue de escombros. El subsecretario Jorge Moreno lo describió como hacer una construcción “a la inversa”: avanzar cuidadosamente sobre una estructura que ya perdió parte de su estabilidad sin provocar un colapso fuera de control.

Es decir: romper, revisar, avanzar, volver a romper, sacar material.

Despacio.

Porque hacerse el valiente con un edificio herido es una manera bastante creativa de terminar necesitando otro comité de emergencia.

A todo eso se sumó un problema que parece escrito por alguien empeñado en demostrar que la realidad siempre puede ponerse un poquito más miserable.

Vecinos denunciaron intentos de ingreso a inmuebles evacuados para robar las pertenencias que algunas familias tuvieron que dejar atrás cuando salieron durante la emergencia. La seguridad de los edificios vacíos terminó convirtiéndose así en otro frente de trabajo.

Porque hasta después de un terremoto aparece algún hijueputa mirando un apartamento acordonado y pensando:

“¿Y ahí qué quedó?”

La naturaleza pone el sismo.

Después toca administrar la naturaleza humana.

Pero lo verdaderamente difícil empieza cuando la máquina termina.

Una excavadora puede sacar concreto.

No puede reconstruir una rutina.

Las familias que perdieron sus viviendas todavía tienen que resolver dónde vivir, qué ocurrió con su patrimonio y qué podrán hacer después. En el caso de edificios de propiedad horizontal aparece además una pregunta de esas capaces de convertir cualquier grupo de WhatsApp en una cumbre de Naciones Unidas: qué hacer con el lote.

Reconstruir.

Vender.

Esperar.

Conseguir financiación.

Ponerse de acuerdo.

Y ponerse de acuerdo entre veinte propietarios ya es difícil cuando el problema es pintar la fachada. Imagínese cuando lo que desapareció fue el edificio entero.

El alcalde Alejandro Eder ha dicho que las primeras soluciones de vivienda disponibles deben priorizar a familias provenientes de los inmuebles que serán demolidos. Paralelamente, el Ministerio de Vivienda y el sector privado han anunciado entrega de apartamentos, subsidios, materiales y otros mecanismos para hogares afectados por el terremoto.

Eso apenas abre otra historia.

Porque entre anunciar reconstrucción y reconstruir hay un territorio colombiano bien conocido hecho de papeles, avalúos, estudios, seguros, escrituras, créditos, reuniones y señores diciendo “eso está en trámite” con una tranquilidad que debería estudiarse científicamente.

El terremoto terminó hace un mes. Sus consecuencias apenas empiezan

Hoy, 10 de septiembre, se cumple exactamente un mes del terremoto.

El piso dejó de moverse aquella mañana.

La ciudad no.

El María Mercedes Lloreda muestra con bastante claridad en qué punto estamos ahora.

Primero fue sobrevivir.

Después sacar gente, inspeccionar edificios, acordonar calles y entender el tamaño del golpe.

Ahora empieza la parte larga: demoler, reparar, conseguir vivienda, resolver patrimonios y reconstruir pedazos de ciudad mientras miles de personas intentan reconstruir también una vida cotidiana que hasta el 9 de agosto parecía aburridamente normal.

Y ahí está quizá la crueldad más silenciosa de un terremoto.

Uno pasa años quejándose del vecino, de la administración, del ruido del apartamento de arriba, del parqueadero estrecho, de la cuota extraordinaria y de esa puerta que nunca cerraba bien.

Hasta que un día el edificio ya no está.

Entonces todas esas pequeñas molestias se convierten en pruebas de que alguna vez hubo vida ahí.

Esta semana una excavadora comenzó a borrar el María Mercedes Lloreda del paisaje de Cuarto de Legua.

Después vendrán otros.

Quedarán lotes donde antes había ventanas, cocinas, camas, discusiones, cumpleaños y gente llegando del trabajo a preguntar qué había de comer.

El concreto se puede recoger.

Los escombros se pueden sacar.

La ciudad, de una manera u otra, volverá a construir.

Lo que no se levanta con maquinaria es la sensación de llegar a casa.

Y para muchas familias caleñas, esa es la parte del terremoto que todavía no termina.