Se acabó el partido y cada una agarró para su casa. Mi mamá, con los botines desatados al mejor estilo del Diego cuando hacía la entrada en calor, se dejó caer rendida en el andén. Ahí mismo, todavía sudada, golpeada y con la respiración atravesada por noventa minutos de fútbol, se puso a darle teta a mi hermanita Gabriela.
Era una escena normal para nosotras. Bueno, normal dentro de lo que podía considerarse normal después de ese partido.
Había sido un cotejo picante. De esos donde al final no solo se cuentan goles: también se cuentan pelos ajenos que quedaron entre los dedos. Las uñas sin filo de mi madre terminaron llenas de sudor y algo de sangre rival. Fútbol femenino de barrio, pues. Jugado por mujeres con las tetas bien puestas y los ovarios llenos de estrógeno, progesterona y ganas de no regalar ni una hijueputa pelota.
Nosotras éramos visitantes. Jugábamos contra Verde Madrid, las del barrio vecino, las de Mariano Ramos, nuestro clásico rival. Aunque para nosotras la palabra “clásico” tenía una definición bastante sencilla: partido en el que había que ganarles donde fuera.

Nosotras, de Ciudad Córdoba. Ellas, rápidas de piernas y a veces también de manos.
De Mariano Ramos salieron tipos como Cetré, el correlón del Pincha, y Marino Hinestroza, que después terminaría haciendo de las suyas lejos de aquellas canchas. Pero esa tarde los nombres importantes eran otros. Eran los de nuestras mujeres: las que corrían, las que pegaban, las que ganaban y las que después del partido podían sentarse en un andén, darle de comer a una bebé y seguir como si nada.
Entonces apareció la fotografía.
Y yo no.
—Mamá, ¿por qué no me esperaron para la foto?
Ella me miró con esa lógica implacable que tienen las madres cuando consideran que el problema de uno fue perfectamente evitable.
—Hija, fuiste más lenta que los días en que tocaba apurarte para ir a la escuela. Te despertabas de mal humor, no querías ir al baño, te molestaba desayunar. Te necesito más dinámica, más colaborativa para nosotras, tu equipo Rodríguez.
Tenía razón.
Me faltaron dos segundos. No media hora. No llegué después de que guardaran los uniformes. No estaba en otro barrio. Dos segundos.
La foto se hizo y yo quedé por fuera.
Y eso duele de una manera especialmente estúpida porque uno puede resignarse cuando llega una hora tarde. Pero dos segundos son una provocación. Dos segundos son la vida volteándose y diciéndole a uno: viste, marica, casi.
Era además la primera fotografía importante de mi hermana Gabriela, la misma que muchos años después terminaría jugando en Cruzeiro, viviendo un carnaval de Belo Horizonte y cargando también en su historia haber sido subcampeona del mundo con Colombia Sub-17.
Pero en esa foto todavía no era nada de eso. Era una bebé. Estaba en brazos de mi mamá.
Y yo no alcancé.

La foto que empezó a doler después
Durante mucho tiempo miré esa imagen con rabia. Todavía la miro y algo habla por mí. Me salen letreros por los ojos. Los pensamientos intrusivos quisieran independizarse, abandonar mi cerebro y venir a reclamar esos dos segundos atrasados.
Porque sí, yo era lenta. Hasta las tortugas no ninja me pasaban. Pero quería estar ahí.
Quería posar junto a mis mujeres: las que jugaban, las poderosas, las ganadoras, las que me hacían feliz. Quería aparecer al lado de mi mamá, de mi hermana, de ese equipo familiar que en ese momento parecía que iba a durar para siempre.
Uno de niño cree muchas estupideces. Esa es una.
Mi mamá un día colgó los guayos. No porque quisiera dejarnos solas. La vida decidió el partido antes de tiempo.
Murió.
Y entonces aquella fotografía cambió completamente.
Ya no era solamente la foto de un equipo después de un clásico. Ni la primera de Gabi. Ni la evidencia de que yo había llegado tarde otra vez. Era una fotografía de mi hermana en brazos de nuestra madre.
Y de pronto los dos segundos pesaban como una vida entera.

El segundo tiempo
Pero los partidos no siempre terminan cuando uno cree. A veces hay segundo tiempo. Y a veces hasta remontada.
Gabriela creció. La bebé de la foto aprendió a jugar. Y jugó bien. Tan bien que el fútbol terminó llevándola mucho más lejos de aquellas calles donde mamá se sentaba a amamantarla después de un partido.
La vi crecer dentro de una cancha. La vi avanzar. La vi convertirse en futbolista.
Y yo, finalmente, aprendí a ser rápida.
No tengo moto ni carro. Ando en bicicleta para llegar a tiempo al trabajo en el club más grande de Minas Gerais. Pero ya no me quedo por fuera de las fotografías.
Encontré el oficio perfecto para alguien traumatizada por haber llegado dos segundos tarde. Entrené los ojos, me hice rápida de cabeza, aprendí a enfocar, a anticipar, a saber dónde va a ocurrir algo antes de que ocurra. Me formé detrás de una cámara y terminé convirtiéndome en la videógrafa de mi hermana.
De Gabriela.
La futbolista. La niña de aquella fotografía.
Ahora soy yo la que corre detrás de ella buscando el instante preciso. La que guarda sus partidos, sus celebraciones, sus viajes, sus goles y esos segundos que desaparecen apenas ocurren si nadie tiene una cámara lista.
Tal vez por eso terminé haciendo esto.
Porque una vez llegué tarde.
Dos segundos. Nada. Toda una vida.
Hoy, cuando miro aquella foto, sigo sin aparecer en ella. Pero ya no quisiera cambiarla. Ahí está mi mamá, todavía joven, todavía futbolista, todavía con Gabriela entre los brazos.
Y ahora entiendo algo que no entendía cuando era niña: uno no puede regresar a una fotografía.
Lo único que puede hacer es aprender a no perderse las siguientes.


Excelente relato.
Me transporté en la narrativa, me encantan las letras del escritor.
Como siempre..genial!!!
Una historia que deja algo en el corazón y en la razón excelente
Excelente!!!
Que buena lectura
Excelente amigo.
Excelente
Excelente historia, cada párrafo es inmersivo en esa gran historia.
TODAVÍA NADIE HA FIRMADO. PUEDES SER EL PRIMERO.