Haciendo scroll en X me apareció una publicación sobre Fly Away Home y me pasó esa cosa peligrosísima que pasa con algunas películas: vi una sola imagen y ya sabía que iba a terminar poniéndola otra vez. Anna Paquin, Jeff Daniels, los gansos, los ultralivianos. La película es de 1996; yo tenía 22 años cuando salió, así que esto no es nostalgia infantil ni ese cuento de “la volví a ver de adulto y descubrí que tenía otra lectura”. Yo ya era adulto cuando la conocí. Lo raro es que, treinta años después, me sigue pegando exactamente donde duele.

La historia, contada rápido, parece una de esas películas familiares que uno podría descartar con demasiada facilidad: Amy, una adolescente que acaba de perder a su madre en un accidente, termina viviendo en Canadá con Thomas, su padre, un inventor excéntrico con quien prácticamente no creció. Después aparecen unos huevos de ganso, nacen los polluelos, hacen imprinting con Amy y la adoptan como madre. El problema es que cuando llega el momento de migrar los animales no saben qué ruta seguir, así que padre e hija terminan metidos en una misión completamente razonable: construir ultralivianos y acompañar una bandada de gansos hasta el sur.

Sí, claro. La típica solución doméstica.

Cualquier otra familia habría llamado a un experto. Estos hijueputas construyen aviones.

la volví a ver de adulto y descubrí que tenía otra lectura

Los gansos son el truco

Lo brillante de Fly Away Home es que usa una historia sencilla para esconder una herida enorme. Amy acaba de perder a su madre y, casi inmediatamente, se encuentra cuidando animales que también han perdido la suya. Los gansos empiezan a seguirla porque para ellos ella es mamá, pero emocionalmente ocurre algo al revés: mientras Amy los mantiene vivos, ellos empiezan a sacarla del hueco en el que quedó metida.

La película nunca se pone a subrayarlo con marcador amarillo. No hay un personaje diciendo “estos gansos representan tu duelo, Amy”, porque gracias a Dios todavía existía una época en la que el cine confiaba en que el público podía entender una metáfora sin que alguien llegara con un PowerPoint. Pero ahí está: Amy quedó huérfana de una forma, los gansos literalmente, y Thomas también perdió algo aunque la película no necesite presentarlo como una pobre víctima.

Él recibe de repente a una hija adolescente destruida con la que no tiene intimidad y debe intentar convertirse en padre cuando ya se perdió prácticamente toda la introducción del manual. No puede devolverle a la mamá, no puede recuperar los años que no estuvieron juntos y tampoco puede exigirle cariño solo porque el ADN dice que le corresponde. Le toca hacer algo bastante más complicado: ganárselo.

Thomas no sabe hablar. Sabe construir

Thomas es uno de los personajes que más me gusta porque su forma de querer está completamente atravesada por lo que sabe hacer. Es inventor, escultor, constructor de aparatos, un man cuya respuesta natural frente a un problema es buscar herramientas.

Eso me conecta mucho.

Hay personas que procesan la vida hablando. Otras escriben. Otras rezan. Otras corren hasta que las piernas se cansan antes que la cabeza. Y hay quienes construimos cosas. Uno se mete dentro de un desarrollo, una historia, una imagen, un sistema, una pieza y empieza a organizar afuera algo que por dentro todavía está hecho mierda.

Thomas funciona así. La hija está lejos: él construye. Los gansos necesitan aprender una ruta: él construye. La familia no sabe exactamente cómo convertirse en familia: él construye.

No es que las máquinas solucionen el dolor. Pero le permiten crear un espacio común donde padre e hija puedan empezar a encontrarse sin tener que sentarse frente a frente a decir exactamente lo que sienten. Y la película entiende que muchas relaciones funcionan de esa manera: uno no siempre se acerca al otro hablando del problema. A veces se acerca haciendo algo al lado del otro.

Los gansos son el truco

Y hay una puta máquina amarilla que empieza todo

Antes de los gansos hay una destrucción. Un área natural empieza a ser arrasada para desarrollo urbano y una máquina amarilla entra a despejar vegetación como si el lugar estuviera vacío, salvo por el pequeño detalle de que no estaba vacío una mierda.

Había vida. Había nidos. Había especies.

Amy encuentra los huevos entre lo que quedó.

Ese detalle podría pasar como simple mecanismo narrativo para entregarle los gansos a la protagonista, pero le da a la película otra capa que hoy incluso se siente más dura. Los animales no quedaron huérfanos por una tormenta caprichosa ni porque “así es la naturaleza”. Quedaron huérfanos porque alguien miró un espacio verde y vio un lote.

La película enfrenta dos maneras de relacionarse con el mundo. Una dice: esto estorba, quítelo. La otra dice: aquí hay algo vivo, intentemos entender qué necesita. Thomas y Amy, cada uno roto a su manera, terminan poniéndose del lado de lo segundo.

Y ese gesto transforma la aventura. Ya no se trata solamente de llevar pájaros de un lugar a otro. Se trata de corregir una interrupción humana. Nosotros les dañamos el camino; ahora alguien tendrá que enseñarles otra vez cómo recorrerlo.

Y hay una puta máquina amarilla que empieza todo

Caleb Deschanel fotografía recuerdos antes de que ocurran

Pero una historia bonita no explicaría por sí sola por qué esta película pega de esa manera. Hay muchas películas con animales, pérdidas y padres intentando reconectar con hijos. La diferencia es cómo Fly Away Home te mete todo eso por los ojos.

La fotografía de Caleb Deschanel es una hijueputada.

Los campos, los árboles, el agua, los cielos rosados, la neblina, los planos enormes donde una persona o un ultraliviano apenas ocupan un pedazo del encuadre. La naturaleza nunca se siente decorativa. Es demasiado grande para los personajes y eso importa. Cuando alguien está en duelo, el mundo tiene una costumbre ofensiva de seguir siendo hermoso. Sale el sol, los pájaros vuelan, la tarde cae preciosa y uno piensa: qué falta de respeto que todo siga funcionando.

Deschanel filma esa sensación. La belleza y la tristeza viven juntas.

La película se toma el tiempo de mirar. No parece aterrada de que uno se aburra si pasan ocho segundos sin diálogo, un chiste o un personaje explicando la trama. Hay planos que simplemente respiran. Y ese espacio hace que, cuando llega la emoción, no parezca que la película te la está cobrando.

Y después está la música

Mark Isham termina de cometer el crimen.

Su música no funciona como esas bandas sonoras que prácticamente traen instrucciones: “ATENCIÓN, EN TRES SEGUNDOS LLORAR”. Tiene esperanza, sí, pero nunca pierde una melancolía que vive debajo de todo. Incluso cuando la película vuela, algo en la música recuerda que para poder volar hubo que perder algo primero.

Eso es central.

La mamá de Amy murió. Los gansos perdieron a la suya. Thomas perdió años con su hija. Y eventualmente los gansos también tendrán que irse.

La película habla mucho de querer, pero nunca confunde querer con retener. Al contrario: buena parte de su historia consiste en preparar a alguien para que pueda marcharse.

Ahí está su crueldad bonita.

Cuidar a los gansos significa conseguir que ya no necesiten a Amy.

Ser padre también termina siendo eso.

Uno se parte el culo para que algún día puedan irse sin uno.

No joda.

Caleb Deschanel fotografía recuerdos antes de que ocurran

Véala, pero véala de verdad

Si nunca ha visto Fly Away Home, no la descarte porque tenga gansos y una niña en el afiche. No es “cine infantil” en el sentido condescendiente de una película hecha para mantener ocupados a los niños. Es una historia familiar bien escrita, preciosa visualmente, emocional sin ser estúpida y lo suficientemente segura de su sensibilidad como para no ponerse a pedir perdón por conmover.

Y si ya la vio, vuelva.

Especialmente si han pasado años.

Puede que ahora encuentre otra película. Puede que mire menos los gansos y más al papá. O a Amy. O esa máquina amarilla que destruye un lugar vivo porque alguien decidió que ahí hacía falta construir otra cosa. Puede que empiece a notar cuánto de la historia habla de casas que desaparecen, familias que llegan tarde y caminos que alguien tiene que volver a enseñar.

Yo la puse otra vez por una publicación perdida en X y terminé encontrando una de esas piezas que probablemente llevaban años trabajando dentro de mi cabeza sin que yo supiera cuánto.

Y entonces llegó esa escena.

Minuto 7:14

Empieza alrededor del minuto 7:14.

Todavía no hay gran aventura. Todavía no han armado toda la misión con los gansos. Todavía Amy y Thomas están emocionalmente a kilómetros de distancia.

Thomas sale con uno de sus aparatos voladores. No tiene motor. Es una especie de ala delta rígida, un planeador extraño de tubos, tela y terquedad que parece construido por un tipo que un miércoles decidió que la gravedad era apenas una sugerencia y salió al campo a comprobarlo.

Corre cargándolo.

Corre más.

La estructura empieza a aliviarse sobre sus hombros.

Entra Mark Isham.

Y de repente deja el suelo.

Eso es todo.

No hay explosión. No hay discurso. No hay un abrazo. No hay una muerte ocurriendo frente a nosotros. Un hombre corre con una cosa que fabricó y el aire, de pronto, decide sostenerlo.

Caleb Deschanel abre el plano y Thomas se vuelve pequeño frente al campo, los árboles y ese cielo que parece estar recordando algo. Amy lo mira desde una ventana.

Y yo estoy llorando.

He visto esa escena no sé cuántas veces y todavía no puedo explicarla completamente. Tal vez porque yo tampoco crecí con un padre y hay algo en ese hombre raro, constructor, empeñado en fabricar cosas que deberían caerse pero de alguna manera vuelan, que toca un lugar muy específico. Tal vez porque me reconozco en esa necesidad de desarrollar, fabricar, inventar algo y verlo finalmente funcionar. Tal vez porque llevo años intentando hacer historias que provoquen en otras personas esa misma mierda que esta película consigue hacer conmigo sin casi decir una palabra.

O tal vez porque en esos pocos minutos está comprimida toda la película antes de que la película ocurra.

Thomas está afuera intentando levantar del suelo algo que construyó con sus propias manos. Amy está lejos, mirándolo. Todavía no saben cómo encontrarse. Todavía no saben que unos gansos huérfanos van a obligarlos a construir algo juntos. Todavía no saben que algún día ella también estará allá arriba.

Pero nosotros, cuando volvemos a verla, sí.

Y por eso ese momento me parece inmaculado.

No es un hombre probando un aparato.

Es un padre que todavía no sabe cómo llegar hasta su hija aprendiendo a sostenerse en el aire sin motor, apenas con estructura, impulso y confianza en que algo invisible lo va a levantar.

Y quizá ahí está también la razón por la que esa escena se me quedó tantos años adentro.

Porque crear se parece un poco a eso.

Uno arma una cosa con lo que tiene. La mira. La corrige. La carga. Corre con ella como un pendejo mientras desde afuera probablemente parece que no tiene ningún sentido. Y durante unos segundos no pasa nada.

Hasta que pasa.

El aire la toma.

La cosa sube.

Y uno descubre que aquello que apenas existía dentro de la cabeza puede sostenerse afuera.

Al final Fly Away Home nunca fue realmente una película sobre enseñarle a unos gansos dónde quedaba el sur. Era sobre varias criaturas perdidas —una niña, un padre y una bandada entera— intentando descubrir dónde quedaba la casa después de que la que conocían desapareció.

Y casi treinta años después, cada vez que llego al minuto 7:14 y veo a ese hijueputa aparato levantarse del suelo, me vuelve a pasar lo mismo.

Lloro.

No porque esté triste.

No exactamente.

Lloro porque durante unos segundos una película consigue hacer visible algo que sigo intentando creer:

que incluso las cosas más frágiles, construidas a mano y sin motor, pueden encontrar suficiente aire para volar.