Durante décadas hubo gente muy preocupada por fotografiar trabajadoras sexuales. Productores, directores, fotógrafos, periodistas, moralistas, feministas, políticos, documentalistas, clientes y tipos con una cámara carísima que después titulaban la serie Soledad o alguna vaina así. Todo el mundo tenía una interpretación. La trabajadora sexual, mientras tanto, podía aparecer desnuda en seis páginas, protagonizar una película entera o servir de símbolo de la decadencia occidental, pero no necesariamente decidir qué coño estaban diciendo sobre ella.
Doxy Magazine está intentando invertir esa relación bastante sencilla: si la historia es nuestra, déjenos manejar también la cámara.
La revista, fundada por Celina Reboyras en 2023 y diseñada junto a Maxine Cahill, acaba de lanzar su tercer número en Nueva York. La fiesta fue en The Slipper Room, en el East Village, y reunió pornstars, strippers, escorts, dominatrices, creadoras de contenido, bailarinas y escritoras. La portada es Ari Kytsya, creadora de contenido para adultos y copropietaria de Hidden. Pero lo interesante no es solamente quién sale. Es quién decide por qué sale.
Porque ahí está el peo.

Ser representada no es lo mismo que tener el control
Hoy hablar de “representación” casi siempre suena automáticamente positivo. Aparece una stripper en una serie de HBO y alguien dice: maravilloso, visibilidad. Sale una dominatrix en una película y listo: avance cultural. Hay una creadora de OnlyFans en televisión y pareciera que ya hubiéramos resuelto tres siglos de prejuicios.
No necesariamente.
Puedes aparecer muchísimo y seguir sin controlar una mierda.
Reboyras lleva una década trabajando en distintas áreas del sexo comercial. Empezó haciendo stripping en 2016 y ha contado que precisamente de ahí nació una de las necesidades de Doxy: tener un lugar donde las conversaciones sobre el oficio no fueran conducidas siempre por gente mirando desde afuera. Maxine Cahill lo explicó sin tanta vuelta: existe muchísimo discurso sobre trabajadoras sexuales producido por personas que nunca han hecho trabajo sexual.
Ese detalle cambia todo porque una persona externa suele llegar buscando una historia que ya conoce. La víctima. La mujer empoderada. La pobre muchacha. La empresaria sexual millonaria. La pecadora. La superviviente. La fantasía. El caso social. Es como visitar una panadería habiendo decidido de antemano que uno va a encontrar narcotráfico: alguna hijueputa conexión terminará apareciendo porque para eso fue que usted entró.
Doxy propone algo mucho menos espectacular y por eso más interesante: que una trabajadora sexual pueda ser contradictoria.
Puede gustarle su trabajo y odiar una parte. Puede ganar plata y pasar trabajo. Puede sentirse poderosa un martes y explotada el jueves. Puede hablar de clientes, tecnología, deseo, discriminación, cuerpo, alquiler, plataformas, amistad o simplemente contar una anécdota porque estuvo buena. No tiene obligación de demostrar que el trabajo sexual es maravilloso ni de presentarse como víctima para que el público le conceda humanidad.
Qué concepto revolucionario: dejar que una persona sea complicada.

La pornografía también tiene oficina
Una de las cosas más bacanas de Doxy es que desplaza el sexo del lugar donde normalmente lo acomoda la cultura: la fantasía.
Dentro hay erotismo, claro, pero también entrevistas, ensayos personales, pintura y hasta horóscopos. Sus editoriales son sensuales sin funcionar simplemente como páginas de desnudos. Reboyras incluso ha dicho que no le parecería correcto llenar la publicación de desnudez y luego lucrarse con ella como si estuviera reproduciendo exactamente el negocio visual que quiere cuestionar.
Lo que aparece entonces detrás del cuerpo es algo que a veces resulta casi más incómodo: trabajo.
Marketing. Horarios. Plataformas. Clientes. Administración. Censura. Imagen pública. Producción. Negociación. Seguridad. Algoritmos. Relaciones laborales.
Reboyras, por ejemplo, ha dicho que OnlyFans fue una de las modalidades más difíciles que ejerció, precisamente porque convirtió el oficio en una operación constante de teléfono, promoción y administración del propio negocio. La fantasía popular es “sube dos fotos y mañana compra apartamento”. La realidad incluye esa desgracia universal del capitalismo contemporáneo: terminar pendiente del engagement un domingo por la noche.
Ahí Doxy hace algo pequeño pero importante. No necesita quitarle sexualidad al trabajo sexual para dignificarlo. Lo que hace es devolverle todas las demás cosas que normalmente le borramos.

El papel como tecnología de fuga
Y hay otra belleza en esta historia: es una revista impresa.
En 2026 hacer una publicación en papel puede parecer una decisión de gente que disfruta pagar veinte dólares por un café servido al lado de una máquina de escribir, pero para Doxy tiene una utilidad bastante concreta: el papel no te suspende la cuenta.
Las plataformas digitales son fundamentales para buena parte del trabajo sexual contemporáneo y, simultáneamente, pueden convertirse en policías impredecibles de ese mismo trabajo. Ari Kytsya habla en el tercer número sobre censura; Doxy también incluye a Stripper News, proyecto que perdió su cuenta de Instagram. Reboyras ha contado que en redes llega a preocuparse incluso por las palabras que escribe por miedo a activar sistemas automáticos de moderación.
Es deliciosamente absurdo que una de las tecnologías más útiles para escapar del algoritmo termine siendo una inventada hace quinientos años: imprimir la hijueputa cosa.
Pero ahí hay algo mayor que nostalgia editorial. Tener revista, plataforma, archivo y comunidad propios significa depender un poquito menos del intermediario que mañana puede decidir que tu cuerpo sí sirve para generar tráfico pero tu vocabulario ya incumple las normas.

Quedarse con la cámara
Por eso Doxy importa más allá del trabajo sexual.
La pelea es vieja: quién mira y quién es mirado; quién aparece y quién firma; quién convierte una vida en material cultural y quién cobra por haber hecho la conversión.
Las trabajadoras sexuales llevan muchísimo tiempo produciendo cultura incluso cuando la cultura no las reconoce como productoras. Han influido en moda, fotografía, música, internet, lenguaje, estética y formas enteras de representar el deseo. La novedad no es descubrir que tienen historias interesantes. No joda, eso estaba bastante claro.
La novedad es que proyectos como Doxy dicen: no necesitamos que venga alguien a descubrirlas por nosotros.
Y hay una diferencia enorme entre posar para una imagen y decidir qué imagen vale la pena publicar. Entre contestar preguntas y formularlas. Entre ser “el tema especial sobre trabajadoras sexuales” de una revista ajena y tener las llaves de la revista.
El tercer número de Doxy puede tener brillo, sexo, tacones, erotismo y una fiesta en Manhattan llena de gente hermosa; perfecto. Pero debajo de toda esa vaina hay una idea bastante seria.
Durante mucho tiempo les dijeron: nosotros las miramos y después explicamos qué vimos.
Ahora ellas están diciendo: quite la mano de la cámara, hermano.


TODAVÍA NADIE HA FIRMADO. PUEDES SER EL PRIMERO.