Yo nací en 1974 y empecé a trabajar a los 17 años. No cargando fotocopias mientras algún adulto decía “déjenlo que está aprendiendo”, sino con responsabilidades de verdad. Y desde que entré tuve una obsesión bastante sencilla: quería ser bueno en lo que hacía. Mejor dicho, quería ser el hijueputa que cuando alguien mencionara ese trabajo dijeran: “llame a este man, que sabe”.

No digo que toda la Generación X fuera así. Había vagos, inútiles, personajes que sobrevivían escondiéndose detrás de una matera y empleados cuya principal habilidad profesional consistía en parecer ocupados cuando pasaba el jefe. La nostalgia también es mañosa: uno recuerda a los guerreros y convenientemente se le olvidan los veinte huevones que trabajaban alrededor.

Pero sí reconozco algo que me cuesta encontrar hoy con la misma frecuencia: el deseo de hacerse un nombre a través del trabajo.

Y entonces aparece la tentación generacional más deliciosa de todas: concluir que estos pelaos son más flojos. Y de paso, viendo cómo leen, cómo escriben, cómo necesitan tutorial para cualquier maricada y cómo pueden mirar tres pantallas simultáneamente sin parecer estar realmente en ninguna, agregar que también vienen como más brutos.

Magnífico.

El problema es que después uno investiga.

Y la historia se pone mucho más hijueputa.

el deseo de hacerse un nombre a través del trabajo

Primero la mala noticia: algo sí está bajando

El 8 de septiembre de 2026, la OCDE publicó PISA 2025, la evaluación internacional más grande realizada hasta ahora: más de 760.000 estudiantes de 15 años en 91 países y economías.

Los resultados globales son suficientemente feos como para dejar el discurso de “estos son viejos amargados hablando mierda” quieto un momento.

El promedio de la OCDE alcanzó sus niveles más bajos registrados en matemáticas y lectura. Uno de cada cinco estudiantes tiene ahora bajo desempeño simultáneamente en ciencias, lectura y matemáticas; en 2022 era aproximadamente uno de cada seis. Y desde 2015 la lectura cayó 28 puntos, una pérdida que la OCDE equipara aproximadamente con año y medio de aprendizaje.

Además apareció un comportamiento precioso para esta época: la OCDE habla de hasty reading, algo así como lectura apresurada. Estudiantes que leen rápido pero entienden mal. Entre 2018 y 2025 esa conducta casi se duplicó hasta llegar al 9 %.

Maravilloso.

Hasta para leer estamos haciendo scroll.

Ahora bien: PISA no mide “inteligencia generacional”. Mide capacidades concretas para utilizar conocimientos de matemáticas, lectura y ciencias. Que los puntajes caigan no significa que nació una camada humana defectuosa con tres neuronas menos instaladas de fábrica.

Pero tampoco significa que no esté pasando nada.

Si durante años cae la capacidad de leer, comprender, conectar información y resolver problemas, podemos discutir el nombre durante seis meses si quieren. Lo que no podemos hacer es decir que la casa no tiene humo porque todavía no hemos determinado exactamente cuál hijueputa habitación se está quemando.

Primero la mala noticia: algo sí está bajando. Puerco Motel

Y entonces miramos el celular que nosotros mismos les compramos

La explicación fácil sería TikTok.

Antes: libro.

Ahora: bailecito de quince segundos.

Caso cerrado.

Pero sería mentira.

La reversión del famoso efecto Flynn —la tendencia histórica a que las nuevas generaciones obtuvieran mejores resultados en determinadas pruebas cognitivas— comenzó a observarse en algunos países mucho antes del smartphone. Estudios muy sólidos en Noruega encontraron cambios desde cohortes nacidas alrededor de mediados de los setenta y, comparando incluso hermanos de una misma familia, apuntaron a factores ambientales más que genéticos.

O sea: TikTok llegó a una fiesta que ya tenía gente bebiendo.

Pero eso tampoco absuelve a las pantallas.

Lo que hemos construido durante los últimos veinte años es una tecnología cuya economía depende, literalmente, de que uno no deje de mirar. Notificaciones, recompensas, videos infinitos, corazones, mensajes, titulares diseñados para enfurecerlo, algoritmos aprendiendo qué consigue otros treinta segundos de su atención.

Contratamos ingenieros brillantes para diseñar una máquina que interrumpe.

Se la entregamos a un pelado.

Después entramos al cuarto:

—¡DEJE DE DISTRAERSE, CARAJO!

No joda, hermano.

Es como montar un casino en la habitación del niño y después sorprenderse porque bajó en matemáticas.

Y ahora llegó la inteligencia artificial con un nivel nuevo de comodidad. Ya no solamente existe una máquina para distraerse de la lectura: existe una máquina capaz de hacer la lectura por usted.

Eso puede ser una herramienta educativa extraordinaria o una prótesis para no pensar una mierda, dependiendo de cómo se use.

El problema no es preguntarle a una IA: “explíqueme esto que no entendí”.

El problema empieza cuando la relación completa con el conocimiento se vuelve: “entiéndalo usted y después me cuenta”.

Y entonces miramos el celular que nosotros mismos les compramos. Puerco Motel

Después viene la acusación que más me interesa: estos pelaos no quieren trabajar

Aquí fue donde esperaba encontrar mi venganza científica.

Yo trabajaba desde los 17. Quería responsabilidad. Quería aprender. Quería destacar. Si me daban algo difícil, para mí había cierto orgullo estúpido —pero útil— en decir: déjemelo a mí.

Entonces veo a un pelado calcular primero cuánto estrés adicional trae un ascenso y mi cerebro Gen X inmediatamente activa la alarma:

FLOJO DETECTADO.

La ciencia, desgraciadamente, no coopera tan bonito.

Un metaanálisis publicado en el Journal of Organizational Behavior, que revisó décadas de investigación sobre generaciones en el trabajo, encontró pocas diferencias sistemáticas y realmente significativas entre generaciones. Edad, momento de la vida y contexto histórico explican buena parte de cosas que solemos presentar como características especiales de Boomers, X, Millennials o Z.

Eso importa.

Un tipo de 22 años y uno de 52 no tienen las mismas responsabilidades aunque hubieran nacido bajo el mismo signo zodiacal, tomado la misma leche y escuchado exactamente el mismo álbum de Metallica.

A los 22 usted puede decir “este trabajo ya no conecta con mi propósito”.

A los 52 usted mira la cuota del apartamento, dos hijos, el seguro del carro y una rodilla que necesita resonancia.

De repente el propósito empresarial recupera una claridad conmovedora.

Pero que “Gen Z es floja” sea científicamente flojo no quiere decir que no exista un cambio real en la relación con el trabajo.

Ahí empiezan los datos interesantes.

La encuesta global 2026 de Deloitte encontró que solo 25 % de la Gen Z quiere una trayectoria profesional acelerada, entendida como ascensos rápidos. Apenas 6 % pone alcanzar una posición de liderazgo como su principal objetivo profesional. Estabilidad, aprendizaje, bienestar y una carga sostenible pesan mucho más en sus decisiones.

En Estados Unidos, Gallup encontró además que entre 2020 y 2025 el compromiso laboral de Gen Z y millennials jóvenes cayó ocho puntos. Los jóvenes reportan menos conexión con sus organizaciones, menos sensación de que alguien en el trabajo se preocupa por ellos y menos oportunidades percibidas de aprender y crecer. Los Boomers, en cambio, no registraron caída de compromiso durante ese periodo.

¿Eso es pereza?

No exactamente.

Pero si usted fue criado bajo una ética donde el trabajo era oficio, identidad, prestigio, sacrificio y una forma de demostrar quién era, desde afuera se parece muchísimo.

Después viene la acusación que más me interesa: estos pelaos no quieren trabajar.. Puerco Motel

El verdadero choque es cuánto estamos dispuestos a pagar por progresar

Imagine esta conversación.

—Le tenemos buenas noticias. Lo vamos a ascender.

—¿Cuánto más me van a pagar?

—Un 8 %.

—¿Y ahora respondo por doce personas?

—Sí.

—¿Tengo que contestar fuera del horario?

—A veces.

—¿Voy a tener más reuniones?

—Muchas.

—¿Y estrés?

—Hasta por el culo.

—Entonces quédese con su ascenso.

Yo, criado con otra lógica, puedo escuchar eso y pensar: “este muchacho no tiene hambre”.

El pelado puede escuchar exactamente la misma oferta y pensar: “este viejo quiere venderme tres veces la responsabilidad por ocho por ciento más de plata y además espera que le dé las gracias”.

Y, mierda, ambos pueden tener parte de razón.

Porque aquí está la diferencia cultural que me interesa más que llamar flojo a nadie: quizá el trabajo dejó de ser para muchos jóvenes el lugar principal donde uno construye su identidad.

Mi generación quería hacerse un nombre.

Ellos parecen preguntarse primero cuánto cuesta llevar ese nombre.

En la encuesta de Deloitte, los jóvenes no dicen que no quieran progresar. Dicen que quieren hacerlo bajo otras condiciones. La mayoría prefiere un crecimiento constante antes que una carrera desesperada hacia arriba; muchos siguen interesados en liderazgo, pero no necesariamente quieren correr hacia él mañana por la mañana.

Puede haber sabiduría ahí.

También puede haber comodidad disfrazada de salud mental.

Y seguramente hay ambas cosas ocurriendo al mismo tiempo, porque los seres humanos tenemos esa costumbre fastidiosa de no organizarnos perfectamente para facilitarle la columna al periodista.

El verdadero choque es cuánto estamos dispuestos a pagar por progresar. Puerco Motel

Ahora sí vengamos a Colombia, donde la vaina se pone seria

Las PISA 2025 dejaron un dato colombiano difícil de maquillar.

Solo 29 % de los estudiantes del país alcanzó al menos el nivel básico en matemáticas. Eso significa que siete de cada diez muchachos de 15 años no alcanzaron siquiera el umbral desde el cual PISA considera que un estudiante puede interpretar matemáticamente situaciones sencillas de la vida cotidiana. Casi ninguno llegó a los niveles más altos; el promedio OCDE de estudiantes sobresalientes en matemáticas es 8 %.

En lectura y ciencias la situación tampoco invita a destapar champaña.

Y las propias respuestas de los estudiantes cuentan otra parte de la historia: 39 % de los colombianos evaluados dijo utilizar inteligencia artificial para resumir textos que debía leer y otro 39 % para redactar trabajos escritos. Solo 6 % afirmó que nunca o casi nunca utilizaba chatbots para las tareas consideradas por PISA.

No confundamos correlación con causa. PISA no demuestra que ChatGPT esté acabando con la lectura.

Pero carajo, la coincidencia merece conversación.

Estamos preocupados porque los pelaos comprenden peor textos largos mientras construimos herramientas cada vez mejores para que no tengan que leerlos completos.

Eso es por lo menos digno de levantar una ceja.

Ahora sí vengamos a Colombia, donde la vaina se pone seria. Puerco Motel

Y en Colombia tampoco son simplemente una partida de vagos

Aquí aparece el otro coñazo contra mi prejuicio.

Según el DANE, durante mayo-julio de 2026 la participación laboral de los colombianos entre 15 y 28 años aumentó de 54,8 % a 55,8 % frente al mismo periodo de 2025. La tasa de ocupación subió de 46,6 % a 47,9 % y el desempleo juvenil bajó de 15 % a 14,1 %.

Es decir: están trabajando.

Ahora mire qué quieren del trabajo.

Deloitte entrevistó este año a 300 colombianos de Generación Z. Su principal objetivo profesional fue mantener equilibrio entre trabajo y vida personal, con 23 %. Después aparecen estabilidad y seguridad laboral, independencia financiera, aprendizaje continuo y, con apenas 9 %, convertirse en experto en su campo.

Llegar a una posición de liderazgo fue el objetivo principal de solamente 3 %.

Ahí confieso que mi cerebro de 1974 vuelve a hacer ruido.

Porque “convertirme en experto en mi campo: 9 %” me pega personalmente.

Yo quería exactamente esa mierda.

Pero antes de declarar la muerte de la ambición aparece otro dato: 90 % de la Gen Z colombiana encuestada dice que le interesa asumir roles de liderazgo en algún momento de su carrera. Además, 54 % dice buscar progreso constante y 23 % crecimiento acelerado.

Entonces no es que no quieran llegar.

No parecen tener la misma urgencia por llegar.

Y posiblemente tampoco aceptan con tanta naturalidad que para lograrlo haya que desayunar estrés, almorzar horas extras y cenar llamadas del jefe.

Eso puede ser una evolución sana del trabajo.

También puede producir gente menos entrenada para soportar frustración, competir, insistir o convertirse realmente en extraordinaria en algo.

Las dos posibilidades existen.

Y en Colombia tampoco son simplemente una partida de vagos. Puerco Motel

Tal vez estamos confundiendo hambre con sufrimiento

Después de meterme en todos estos datos ya no puedo escribir con seriedad que “la Gen Z es más bruta y más floja”.

Pero tampoco compraría el discurso contrario según el cual todo esto es solamente gente vieja incomodada porque los jóvenes ya no aceptan explotación.

Eso es demasiado fácil también.

Hay un fenómeno.

Tenemos una generación entrando a la adultez mientras varias competencias académicas básicas se deterioran globalmente. Tenemos lectura apresurada, distracción permanente, tecnologías que reducen el esfuerzo necesario para obtener información y una relación con el trabajo donde ascenso, liderazgo, sacrificio y prestigio profesional parecen haber perdido parte del magnetismo que tenían para generaciones anteriores.

No son pruebas de inferioridad.

Son señales de un cambio.

Y personalmente sigo teniendo una pregunta atravesada.

A mí trabajar desde los 17 no solamente me dio plata. Me entrenó. Me enseñó responsabilidad, me dio oficio, me permitió equivocarme cuando todavía tenía tiempo para equivocarme y, sobre todo, me metió una idea en la cabeza: si voy a hacer una cosa, quiero hacerla hijueputamente bien.

No sé si esa forma de vivir era mejor.

Sé que produjo muchas personas quemadas, padres ausentes, matrimonios destruidos y gente que confundió durante décadas tener trabajo con tener personalidad.

Los jóvenes tienen razón en cuestionar eso.

Pero también sospecho que algunas cosas importantes vienen envueltas precisamente dentro de aquello que ahora estamos intentando evitar: aburrimiento, repetición, esfuerzo, frustración, responsabilidad, hacer una tarea que uno no disfruta, leer diez páginas cuando el resumen cabría en diez líneas, aguantar suficiente tiempo siendo malo en algo hasta empezar a volverse bueno.

Ese entrenamiento no tiene muy buen marketing.

Nunca lo tuvo.

Y quizá ese sea el verdadero problema.

No estamos criando una generación más bruta ni necesariamente más floja.

Estamos criando una generación dentro de un mundo que elimina fricción de casi todo: entretenimiento instantáneo, información instantánea, respuestas instantáneas, comida instantánea, validación instantánea y ahora hasta pensamiento asistido.

Y después esperamos que desarrollen naturalmente paciencia, profundidad, resistencia y hambre profesional.

¿Cuándo hijueputas las iban a practicar?

Tal vez dentro de veinte años descubramos que ellos tenían razón y nosotros desperdiciamos media vida intentando impresionar empresas que ni se acordaban de nuestro cumpleaños.

O tal vez descubramos que ciertas incomodidades que llamamos anticuadas eran precisamente las pesas con las que se entrenaba el carácter.

Por ahora solamente hay una cosa que me parece clara.

No deberíamos trapear el piso con estos pelaos.

Pero tampoco hacerles el favor de decirles que todo está perfecto.

Porque los datos no dicen ninguna de las dos cosas.

Tal vez estamos confundiendo hambre con sufrimiento. Puerco Motel