El lunes 10 de agosto tembló Cali y a mí el terremoto me cogió trabajando. Después también me cogió trabajando. Y al día siguiente seguía trabajando. Cuando uno está metido en televisión pasa una cosa muy rara: la ciudad puede estar vuelta mierda allá afuera y usted empieza a verla como material que hay que procesar. Sale otro edificio afectado, otra familia evacuada, otra víctima, otra rueda de prensa, otra imagen para poner al aire. Uno sabe perfectamente que todo eso está pasando alrededor, pero hay un pedazo del cerebro que responde como empleado: bueno, ¿qué tenemos?, ¿qué falta?, ¿qué sale primero?

Las víctimas se iban acercando geográficamente y yo seguía más pendiente del trabajo que del susto. El miércoles ya estábamos donde el viejo Martyn’s tomando unas copas “para bajar los nervios”, que es una explicación elegante para una actividad que seguramente íbamos a hacer de todas maneras porque era miércoles y cualquier tragedia nacional mejora muchísimo como excusa para tomarse una cerveza.

Nuestro edificio, además, parecía estar bien. Y cuando digo bien quiero decir bien. A simple vista no había ocurrido esa escena cinematográfica de paredes abiertas, columnas partidas y una nevera mirando hacia la calle desde un hueco. En otros bloques, sobre todo donde hay dúplex en el último piso, sí se habían caído partes de las cubiertas. El nuestro estaba ahí, parado como un toro, haciéndose el hijueputa: “¿Terremoto cuál? Yo estoy perfecto”.

Y nosotros felices de creerle.

Puerco Motel

El problema de que alguien diga “eso está bien”

Durante las semanas siguientes yo casi no sentía las réplicas pequeñas. La gente escribía “¿sintieron eso?” y yo seguía sentado como si viviera sobre una placa tectónica distinta. Lo que sí me empezó a joder fue otra cosa: la administración.

Yo pedía un informe oficial.

No “vino un ingeniero amigo de fulano”.

No “lo revisó un señor que sabe de estructuras”.

No “tranquilos, muchachos, eso se ve bien”.

Un informe.

Algo que dijera quién revisó, qué encontró, qué se tenía que reparar, qué se podía habitar y qué no. Porque después de un terremoto uno descubre que la frase “eso está bien” tiene demasiadas versiones. Está el bien del vecino, el bien del administrador, el bien del ingeniero que vino veinte minutos y el bien de la entidad que eventualmente tiene que poner el nombre debajo de lo que está diciendo.

Llegaron dos ingenieros por cuenta de la unidad, revisaron y dijeron que los edificios estaban bien. Muchas gracias por venir. En serio. Pero yo seguía esperando la otra parte: el documento oficial.

La administración y el consejo, mientras tanto, se hacían los maricas con una disciplina admirable.

Hasta que pasó un mes y siete días.

El 16 de septiembre, a las 3:50 de la tarde, aparecieron finalmente los funcionarios con el papel que yo llevaba semanas pidiendo. Y no llegaron porque la administración hubiera movido cielo y tierra. Llegaron después de que una vecina, con contactos en la Gobernación, consiguiera gestionar la visita.

Y nos pegaron un cartel naranja enorme que dice:

USO RESTRINGIDO.

No sea hijueputa.

El problema de que alguien diga “eso está bien”. Puerco Motel.

El edificio seguía igual. El que cambió fui yo

El aviso dice que hubo inspección exterior e interior. En nuestro caso señala que los pisos 1, 2 y 3 presentan fisuras menores que deben evaluarse y repararse. También ordena restringir el acceso a las fachadas por el riesgo de caída de elementos no estructurales de cubierta.

Y después viene el regalito:

“Piso 4 no es habitable / cubierta y culatas deben evaluarse”.

Yo entiendo de dónde sale. En otros bloques con una configuración parecida se cayeron techos. El funcionario mira esto y dice: estos no se han caído, magnífico, pero hasta que alguien evalúe esa cubierta como corresponde, aquí arriba no me vive nadie. No me parece una locura. De hecho, para eso quería yo que vinieran.

Lo maravilloso es lo que hace un pedazo de papel con la cabeza.

El edificio no se movió cuando pegaron el sticker. No apareció una grieta nueva frente a mí. Las columnas eran exactamente las mismas de la mañana. Pero la tranquilidad que yo llevaba un mes fabricándome se fue a la mierda en aproximadamente treinta segundos.

Ahora se rasca el gato y yo digo: está temblando.

Cruje una silla: está temblando.

Pasa algo pesado por la calle: está temblando.

Se mueve una puerta: hijueputa, otra réplica.

Uno pasa de no sentir nada a sentir hasta pensamientos sísmicos.

El edificio seguía igual. El que cambió fui yo. Puerco Motel

Y justo ahora que el apartamento tenía dueño

Como para completar la hijueputada, un colega muy cercano, casi familia laboral porque llevo años siendo una especie de mentor para él en esta profesión, decidió irse con su mamá del apartamento donde vivían en un piso doce. Y yo lo entiendo perfectamente: si un temblor normal arriba se siente como si el edificio hubiera tomado una decisión personal contra usted, imagínese un terremoto.

Yo tenía precisamente disponible el apartamento del cuarto piso.

Les dije: vénganse para acá. Este edificio quedó como un toro. Aquí estamos bien.

Presentaron los papeles y había como tres candidatos por delante. Yo pensé: vea usted la suerte si finalmente les toca. Mi amigo de vecino, trabajando juntos, la mamá tranquila, todo servido.

Entonces apareció el sticker.

Cuarto piso: no habitable hasta nueva evaluación.

Qué hijueputa puntería tiene a veces la vida.

Y justo ahora que el apartamento tenía dueño. Puerco Motel

También se cayó la Quinta, pero de otra manera

Hay otra cosa más triste porque no cabe en ningún informe estructural. La Quinta entre la 44 y la 50 cambió de ánimo.

Un jueves en la noche esos estancos deberían estar llenos. Gente tomando, motos entrando y saliendo, música, mesas ocupadas, la calle haciendo ese ruido de calle que está viva. Ahora hay edificios evacuados, locales cerrados y una sensación extraña de abandono. Ya vi por lo menos dos negocios sin sus letreros. No sé si los propietarios se los llevaron antes de irse o alguien vio una calle sola y dijo “de papayita”. Cali también tiene sus protocolos.

Es raro ver desaparecer tan rápido una pequeña economía de barrio. No hace falta que un edificio se venga abajo para que una cuadra empiece a morirse. Basta con poner una cinta, sacar a la gente y esperar.

Aunque tampoco todo el mundo recibió el memorando.

En la otra calle hay otro edificio afectado, cinta amarilla y restricciones. Abajo está el estanco de los viejitos.

Abierto.

Ahí siguen.

Yo no sé si eso es valentía, irresponsabilidad, necesidad económica o una mezcla perfectamente caleña de las tres. Puede caer un pedazo de fachada, puede haber otra réplica, puede estar la cinta amarilla diciendo con toda claridad “no pase”.

Pero si hay cerveza fría, se conversa.

También se cayó la Quinta, pero de otra manera. Puerco Motel

Lo que se cayó después

El terremoto fue el 10 de agosto, pero a mí el miedo me llegó el 16 de septiembre.

Eso es lo extraño.

Durante un mes pude ver edificios dañados, cubrir noticias, conocer historias cada vez más cercanas, tomar cerveza dos días después del sismo y dormir sin prestarle demasiada atención a cada pequeño movimiento. Mi edificio estaba bien porque yo necesitaba que estuviera bien y porque varias personas habían dicho que estaba bien.

Después llegó una entidad oficial, pegó un rectángulo naranja en una pared y convirtió toda esa seguridad en una pregunta.

No estoy diciendo que el edificio se vaya a caer. El mismo aviso habla de fisuras menores en varios pisos y de elementos que deben evaluarse y repararse. Justamente ese es el punto: ahora hay que saber, no suponer. Hay que revisar la cubierta, las culatas, las fachadas. Hay que hacer lo que debió producirse desde el principio: información clara que permita decidir sin rumores, favores ni “tranquilo, eso aguanta”.

Mientras tanto uno sigue viviendo esa ensalada rara después de una emergencia. Alivio porque estamos vivos. Rabia porque hubo que insistir para que vinieran. Culpa porque otros perdieron mucho más. Risa porque el estanco sigue abierto contra toda lógica. Tristeza porque una calle que normalmente estaría prendida parece un domingo a las seis de la mañana. Y susto, finalmente susto, porque ahora cualquier vibración tiene intenciones.

Antes del terremoto, cuando algo se movía, era algo moviéndose.

Ahora se rasca el gato.

Y primero miro el techo.