Hay una edad en la vida de un hombre en la que reunirse con los amigos deja de ser un plan y se convierte en una operación logística. A los veinte alguien escribe “¿qué hacen?” y cuarenta minutos después hay seis huevones tomando cerveza. A los cuarenta, el mismo mensaje activa una mesa de crisis: “ese fin de semana tengo a los niños”, “mi esposa cumple años”, “tengo viaje”, “estoy cerrando trimestre”, “¿y octubre cómo lo tienen?”. Nadie peleó con nadie. Nadie traicionó a nadie. Simplemente apareció Google Calendar y empezó a matar amistades por desgaste.
Por eso tiene algo de hermoso y algo de profundamente marica lo que está pasando con algunas ligas de fantasy football en Estados Unidos. El draft anual, que perfectamente podría hacerse por internet desde la casa, se está convirtiendo en vacaciones completas: Las Vegas, Tulum, Bahamas, Montreal, cruceros, casas alquiladas, cervecerías, camisetas personalizadas y hasta subastadores profesionales para anunciar elecciones de jugadores que, por supuesto, no conocen a ninguno de estos señores. Hay ligas que llevan más de veinte años usando el draft como excusa para viajar juntas y ya existen hoteles y operadores vendiendo experiencias diseñadas específicamente para ellos.

Primero inventamos la tecnología para no vernos
Conviene aclarar algo porque la historia es incluso más graciosa de lo que parece: el fantasy football no nació como una actividad solitaria de internet. En 1962, Bill Winkenbach, socio minoritario de los Oakland Raiders, se reunió en un hotel de Nueva York con gente vinculada al equipo y periodistas deportivos para diseñar un juego en el que cada participante armaba una plantilla con jugadores reales y sumaba puntos según lo que esos tipos hicieran en los partidos. La primera liga formal hizo su draft al año siguiente.
Eran hombres reunidos físicamente llevando estadísticas a mano, básicamente contadores con una enfermedad deportiva.
Después llegó internet y solucionó todo. Ya no había que reunirse, cuadrar tablas, sumar puntos ni llamar a otro huevón un lunes para preguntarle cuántas yardas había corrido un señor de Cleveland. La plataforma hacía el trabajo y permitía que doce amigos repartidos por seis estados distintos siguieran jugando sin abandonar el sofá.
Funcionó tan bien que ahora están pagando pasajes para volver a reunirse.
Ese es el progreso humano: inventamos una herramienta para eliminar un inconveniente y treinta años después creamos una industria para recuperar el inconveniente original.

Decir “los extraño” todavía nos parece demasiado
Una de estas ligas tiene 16 integrantes, más de veinte años de historia y amigos que se conocen desde el colegio. Han llevado el draft a Tampa, Las Vegas y Gulf Shores. Entre matrimonios, hijos, trabajos y mudanzas, el viaje terminó convertido en la forma de garantizar que al menos una vez al año todos vuelvan a verse.
Y ahí está la verdadera historia. Esto parece un artículo sobre fantasy football, pero el fantasy es casi una coartada. Porque reunir a doce hombres adultos diciendo “queremos cuidar nuestra amistad y reservar tiempo para fortalecer nuestros vínculos” suena a retiro espiritual con aromaterapia. En cambio: “hijueputas, el draft es el 22, compren vuelo”. Perfecto. Nadie pregunta nada.
Muchos hombres no necesitan menos amistad; necesitan una actividad alrededor de la amistad. Un partido, una pesca, un asado, póker, un concierto, cualquier vaina que permita pasar seis horas con alguien que uno conoce desde 1998 sin tener que anunciar que la actividad principal es quererse. El fantasy termina funcionando como infraestructura emocional con estadísticas.

La industria olió la necesidad y sacó datáfono
Y cuando un grupo de adultos encuentra una tradición que lo hace feliz, tranquilícese: tarde o temprano aparece una empresa a cobrarle por mejorarla. En Tulum ya se han ofrecido paquetes de varias noches con espacios especiales para hacer drafts y hasta participación de figuras del fútbol americano. En Bahamas y Las Vegas también han aparecido experiencias completas alrededor del asunto.
Hemos llegado, pues, al momento histórico en que un hotel puede venderle a doce señores habitación, desayuno y un salón privado para que uno le grite al otro que escogió un running back demasiado temprano.
Y los manes preguntando si reciben Visa.
Otra liga de amigos universitarios lleva desde 2015 viajando para hacer el draft. Han pasado por Portland, Boston, Denver, San Diego, Nashville, Lake Tahoe, Chicago y Montreal. Los viajes duran varios días, el campeón elige el siguiente destino y uno de los amigos trabaja como subastador profesional, así que canta las selecciones como si estuvieran rematando una hacienda.
Eso ya no es un grupo de amigos. Eso es una pequeña república con presupuesto, protocolo de sucesión y funcionario público. Les falta moneda.

Hay unos que ya se fueron en crucero con esta vaina
Otra liga, formada por amigos que se conocen desde primaria, llevó el draft a un crucero de tres noches entre Miami y Nassau. Mandaron a hacer camisas hawaianas con las caras de todos, encontraron el bar deportivo del barco, pegaron su tablero y se instalaron durante horas mientras otros pasajeros se acercaban a mirar y opinar.
Imagínese pagar un crucero por el Caribe para terminar viendo a doce desconocidos discutir si alguien se apresuró escogiendo un wide receiver. Pero mire la otra parte: esos tipos se conocieron siendo niños, después estudiaron, se graduaron, consiguieron trabajo, algunos se casaron, tuvieron hijos, se mudaron y entraron en esa etapa de la vida donde la frase “caiga y vemos qué hacemos” prácticamente desaparece.
Sin embargo, una cosa sobrevivió: la liga.
Y ahí está lo bonito de toda esta maricada. No en quién gana, ni en quién escoge mejor, ni siquiera en el football. Está en haber conseguido una excusa tan concreta que obliga a convertir el “tenemos que vernos” —esa mentira cordial que uno repite durante años— en una reserva de hotel y un tiquete comprado.

La parte menos importante es el football
Uno puede burlarse de adultos viajando hasta Montreal para seleccionar deportistas imaginarios y mandar a hacer mercancía del campeón. De hecho, hay que burlarse. Mire esa vaina: un hombre pagando vuelo, hotel, cerveza, camiseta conmemorativa y posiblemente terminando séptimo.
Pero también hicieron algo que después de cierta edad se vuelve hijueputamente difícil: lograron verse.
No dejaron un “tenemos que reunirnos” pudriéndose en el grupo debajo de 47 stickers. Compraron los pasajes, llegaron, se sentaron, hablaron mierda, repitieron las mismas historias que conocen desde hace quince años y volvieron a reírse de ellas. Después discutieron por jugadores de los Cincinnati Bengals como si estuvieran administrando un fondo de inversión.
Algunas de estas ligas llevan veinte años o más. Hay trabajos que no duran eso. Hay matrimonios que tampoco. Hay ciudades que uno deja y amigos que terminan viviendo a tres vuelos de distancia. Pero llega agosto y algún hijueputa escribe: “Bueno, ¿dónde hacemos el draft este año?”. Entonces vuelven a aparecer permisos, vuelos, habitaciones, niños, parejas y la negociación internacional necesaria para liberar un fin de semana.
Todo para escoger jugadores imaginarios.
Y, de paso, seguir siendo amigos.


TODAVÍA NADIE HA FIRMADO. PUEDES SER EL PRIMERO.