Carlos Andrés, te llaman a la puerta. Mínimo otra vez los Quintero invitándote a jugar a la pelota.

—Doña Martha, ¿lo deja salir?

—No. No ha hecho las tareas, tiene que lavar la loza y ni siquiera se ha bañado.

Era lunes, cuatro de la tarde. El sol estaba insoportable, se colaba por las ventanas cerradas de todas las casas de mi barrio, El Rodeo. Ahí crecimos, aprendimos a caminar, a correr, a pelear, a no dejarnos robar las ilusiones, a soñar despiertos. Pero también a robar, a quitar, a meter, a pasar, a presionar, a encarar, a defender la pelota con la propia vida y a celebrar un gol como si estuviéramos en el Pascual Guerrero.

—Pinocho, marica, movete. Hacéle rápido, decile a tu cucha una mentira de las tuyas.

La calle 40, la de los Trujillo, Garcés y Cuchimba, ya estaba lista para el picado. Qué digo picado: era el clásico de la juventud. Todos teníamos entre 12 y 14 años, pubertos, imberbes, inmaduros, mentirosos, con mocos y lagañas todavía en la cara.

Necesitábamos que Carlos Andrés, Pinocho, saliera a cualquier precio. Era el mejor. Corría como el Palomo Usuriaga, pensaba como el Pibe, hacía goles como Iguarán y era mentiroso como él solo.

El asfalto era nuestro primer rival. El piso hervía. A los que jugábamos con zapatos, las plantas de los pies nos ardían; pero a Pinocho eso le importaba un culo. Jugaba descalzo y nos bailaba a todos. Qué hijo de puta para jugar al fútbol.

Bueno, a todos y a Gina, nuestra eterna, admirable y hermosa rival.

Las piedras para armar los arcos estaban fritándose sobre el asfalto. Era un cinco contra cinco, sin uniformes, con un Golty de cuero que Pepas se había robado, algunos con zapatos y nosotros sin camisa. Al equipo de Gina le dábamos esa ventaja.

Aunque mi primo Arnold siempre quiso que fuéramos nosotros los que lleváramos puesta la camiseta.

—¿Te gustaba Gina?

Hoy, después de 30 años, todavía se ríe y no responde.

Doña Martha, ¿lo deja salir?. Puerco Motel

La mentira de los veinte mil pesos

—Mirá, mamá, esos señores son los que me van a pagar veinte mil pesos si hago dos goles. ¿Sí los ves? Son los que están ahí con doña Elvira, los que llevan puesto saco y corbata.

Los tres señores que mencionaba Pinocho iban pasando desprevenidos, hablando de religión con los vecinos.

Una mentira más que celebraba mi parche.

Ya estábamos completos: Cachina, Pepas, Arnold, Pinocho y yo, el dream team de mi cuadra.

El partido tenía hora de inicio y final. La pelota robada rodaba con dificultad, desinflada y maltratada, pero debía iniciar su recorrido por la calle 40 a las 4:30 de la tarde y terminar con el primer tiro al aire que hacía Machete a las 5:17. Ni un minuto antes ni uno después.

A esa hora la policía siempre iba a buscar a Machete y a Matute. El disparo servía para avisarle a la comunidad chismosa, ávida de información, que cerrara las puertas de la casa y que nadie viera lo que todo el barrio ya sabía.

Para nosotros tenía otra función: ese disparo terminaba el partido.

El equipo de Gina era jodido. Los cuatro pelaos eran más grandes que nosotros y nos daban pata de lo lindo. Volábamos por los aires buscando dónde caer.

Pero nosotros sabíamos que teníamos dos ventajas: el tiro de las 5:17 y al mentiroso de Pinocho, que en cualquier momento se inspiraba y se le escapaba al negro Perea, que le hacía un marcaje pegajoso.

El partido se picó como se esperaba. Vargas le metió un patadón a mi primo Arnold. No había árbitro, así que mis puños hicieron de tarjetas: un derechazo de amarilla y un zurdazo de roja.

Empujones iban y venían. Perea me golpeó por la espalda y al suelo fui a besar. Los mayores que estaban en los antejardines de las casas viéndonos jugar tuvieron que separarnos y después nos hicieron reiniciar el picado.

La mentira de los veinte mil pesos. Puerco Motel

Las 5:17

Ya eran las 5:13 y el 0-0 no se movía.

Mis ojos, a esa altura del partido, ya estaban puestos en la esquina de la cuadra, en la tienda del Chispazo. Ahí estaba Machete con el fierro listo para hacer el tiro que daba por terminado el cotejo.

Como bien dice el majestuoso Grupo Niche, los clásicos no se empatan. Debíamos acelerar. Era la hora. Nuestro momento de anotar.

Inicié la jugada como siempre. Era hábil, no era el mejor, pero siempre tuve carácter para salir jugando desde el fondo. Pared con Arnold. Avancé cuatro metros. Estábamos a escasos pasos de las piedras que hacían de arco.

Pensé en dársela a Pinocho.

Cuando levanté la cabeza de nuevo, vi a doña Martha con correa en mano, corriendo más rápido que el Tino y hasta más veloz que su propio hijo.

Esta vez no era Perea quien lo maltrataba.

Tres correazos en menos de dos segundos y Pinocho salió corriendo de vuelta a casa.

Se le había terminado el partido.

Se nos terminó la ilusión.

—¡Mentiroso! ¡Mocoso mentiroso! ¡Nadie te va a pagar por jugar fútbol! ¡Andá a hacer las tareas!

La mentira que celebré, luego la lloré.

—¿Qué hora es? ¿Cuánto falta?

Faltaba un minuto y la pelota ni la veíamos.

Gina, Vargas y Perea triangularon de manera perfecta. Atrás quedamos Arnold, Pepas y yo. Cachina, en el arco, rezaba por escuchar el disparo del 38, que Machete jalara del gatillo y se acabara ese minuto de sufrimiento.

Gina disparó con violencia y exactitud.

Golazo.

Machete disparó.

Y la mentira se acabó.

Las 5:17. Puerco Motel