En el apartamento Juliana y yo tenemos cada uno su baño, una de esas pequeñas conquistas de la convivencia que probablemente explica por qué llevamos juntos desde 2014 sin necesidad de convertir la relación en matrimonio. Casarse, además, tiene un inconveniente administrativo que nunca me ha convencido: el primer requisito para divorciarse es haberse casado.

El baño de Juli es exactamente como uno imagina el baño de una persona organizada. Todo está donde corresponde, hay productos que seguramente cumplen funciones específicas y si algo aparece fuera de lugar se nota inmediatamente.

El mío es un baño.

Hay sanitario, ducha, lavamanos, papel higiénico y las vainas mínimas necesarias para que un hombre entre, resuelva el asunto que lo llevó hasta allá y vuelva a salir. No necesito que el espacio me represente espiritualmente.

Además vivimos en Cali. Trópico. Aquí la naturaleza no pide permiso. Uno puede tener apartamento, fumigación, ventanas, mallas y toda la confianza de pertenecer a la especie dominante, pero tarde o temprano aparece una hormiga que encontró azúcar, un mosquito que entró por una abertura de tres micras o una cucaracha que claramente recibió las escrituras del inmueble antes que uno.

A mí las cucarachas no me gustan.

Me parecen una hijueputada visual.

Pero tampoco las mato porque sí.

Puerco Motel

Tenemos una política exterior bastante clara

Mi relación con las cucarachas funciona más o menos como la política internacional entre dos países que no se soportan pero tampoco quieren guerra.

Usted por su lado.

Yo por el mío.

No nos provocamos.

Si veo una caminando lejos, normalmente la dejo tranquila. No siento que mi superioridad evolutiva dependa de ponerle una chancleta encima. El animal salió a hacer sus asuntos de cucaracha, que seguramente tampoco son tan emocionantes: buscar comida, meterse por una grieta, reproducirse de una manera que prefiero no investigar y continuar con ese proyecto de especie que aparentemente sobrevivirá incluso después de que nosotros acabemos este planeta.

Ahora bien: si vuela y me toca, se rompe el tratado de paz.

Ahí sí soy Liam Neeson.

No me interesa debajo de qué mueble se escondió. No me interesa cuánto tome. Yo tengo un conjunto muy particular de habilidades y esa hijueputa acaba de convertir el apartamento entero en zona de operaciones.

Pero esta no volaba.

Era diminuta.

Cachorrita.

Tenemos una política exterior bastante clara

Nos conocimos mientras yo estaba meando

Trabajo mucho de noche en el estudio. Computador, música, mis cosas y algunas cervezas. Y la cerveza tiene un sistema extraordinariamente eficiente para recordarle a uno que el cuerpo humano es básicamente una tubería complicada.

Una madrugada entré al baño y, mientras meaba, vi debajo del lavamanos una cucarachita.

Muy pequeña.

La miré.

—Ah, una cucarachita.

Eso fue todo.

No hizo nada. Yo tampoco.

Terminé, me lavé las manos y salí.

Al día siguiente volví al baño pasada la medianoche.

Ahí estaba otra vez.

—Ah, usted.

Después empezó a aparecer con cierta frecuencia. Unas noches sí, otras no. Nunca se acercaba demasiado. Nunca intentó conquistar nuevos territorios. No se metió en el estudio ni apareció encima de una toalla, que habría cambiado bastante rápido mi posición filosófica sobre el respeto a todas las formas de vida.

Simplemente estaba ahí.

Y sin darme cuenta comenzamos a desarrollar una relación de vecinos.

No amistad, tampoco exageremos.

Yo no sabía su nombre, ella probablemente ni siquiera sabía que yo existía y ninguno estaba dispuesto a ayudar al otro durante una mudanza.

Pero nos reconocíamos.

Nos conocimos mientras yo estaba meando

Después la vi crecer y ahí fue donde me jodí

Una noche entré y pensé:

—Ah, jueputa. Está más grande.

Ese fue el problema.

Porque dejó de ser una cucaracha y se convirtió en la cucarachita del baño.

Había llegado prácticamente bebé y ahora estaba adolescente. Todavía no era una de esas cucarachas adultas, café brillante, robustas, con presencia institucional, de las que salen debajo de un mueble y automáticamente una familia completa reconsidera el contrato de arrendamiento.

Pero estaba creciendo.

Cada noche yo entraba y, cuando aparecía, la miraba. Empecé hasta a preguntarme dónde carajos se escondía durante el día y qué estaba comiendo porque tampoco es que mi baño tenga servicio de restaurante.

Quizá por eso me cayó bien.

Era nocturna.

Yo también.

Los dos aparecíamos tarde.

Yo trabajando con cerveza.

Ella seguramente trabajando en convertirse en una cucaracha hijueputamente grande.

Y durante aproximadamente una semana funcionó perfectamente nuestra convivencia.

Hasta que cometí un error gravísimo:

informarle a Juliana.

Después la vi crecer y ahí fue donde me jodí

Nunca presente oficialmente una cucaracha que vive en su casa

Ese día entré al baño y ahí estaba la cucarachita.

Más grande otra vez.

Yo hasta sentí cierto orgullo.

—Ah, jueputa, cómo ha crecido.

Y cuando vi a Juli se lo conté con una naturalidad que demuestra que yo ya había perdido completamente la perspectiva.

—Fíjate que en mi baño hay una cucarachita. Está ahí desde pequeñita y ha ido creciendo.

La mirada de Juliana fue maravillosa.

No estaba escuchando la misma historia que yo estaba contando.

Yo estaba diciendo:

“Hay una pequeña criatura con la que llevo varios días compartiendo pacíficamente el baño y he podido observar su desarrollo”.

Ella escuchó:

“Tenemos una cucaracha viviendo tranquilamente en la casa desde hace una semana y tu pareja ha decidido patrocinarla”.

—¿Cómo así que una cucaracha?

—Sí, pero no le hagas nada. No molesta.

“No molesta”.

Mire el nivel de deterioro mental al que había llegado.

Yo defendiendo referencias laborales de una cucaracha.

Juliana se levantó.

No hubo discusión parlamentaria.

No hubo comité de convivencia.

No hubo segunda instancia.

Poco después escuché desde lejos:

Shhhhhhhhhhhhh.

El spray.

—Ah, jueputa.

Nunca presente oficialmente una cucaracha que vive en su casa

Felipe entendió inmediatamente qué había ocurrido

Más tarde bajé a la plazoleta con Felipe, un colega muy pana que se mudó arriba. Estábamos tomando Jägermeister, que no es precisamente una bebida asociada históricamente con las decisiones prudentes, y terminé contándole lo que acababa de pasar.

—Juli mató la cucarachita.

Felipe recordó que ella había estado tomando clases de alemán y no necesitó ni tres segundos.

—Eso es por estudiar alemán. No lo pensó dos veces y le metió gas.

No joda.

Era horrible.

Pero era bueno.

Y antes de que esta historia convierta a Juliana en algún tipo de criminal de guerra contra los artrópodos, aclaremos algo fundamental: ella hizo exactamente lo que hace una persona normal cuando descubre que hay una cucaracha instalada dentro de su apartamento.

La persona rara era yo.

Ella vio una plaga doméstica.

Yo ya tenía personaje secundario.

Ella tenía spray.

Yo tenía recuerdos.

Felipe entendió inmediatamente qué había ocurrido

Ahí estaba, patas arriba

Seguimos abajo tomando Jägermeister hasta que, como ocurre inevitablemente con cualquier bebida que uno meta al cuerpo en cantidad suficiente, llegó una solicitud urgente del sistema urinario.

Subí al apartamento a mear.

Entré al baño.

Y la vi.

Debajo del lavamanos.

Patas arriba.

Muerta.

Ah, jueputa.

Una cosa era haber escuchado el shhhhhhh desde lejos. Otra era encontrarla ahí.

Me dio pesar.

Y sé perfectamente lo ridículo que suena. No voy a decir que sentí un vacío imposible de llenar ni que durante unos segundos recordé nuestros mejores momentos porque nuestros mejores momentos consistían fundamentalmente en yo orinando y ella caminando por una baldosa.

Pero me dio tristeza.

Yo la había visto pequeña.

Después un poquito más grande.

Después adolescente.

Le había perdonado la vida varias veces aunque ella jamás supiera que estaba siendo indultada.

Y de repente ahí estaba, convertida otra vez en lo que siempre había sido para cualquier observador razonable:

una cucaracha muerta.

Ahí estaba, patas arriba

El problema fue conocerla

Creo que eso fue lo raro.

Uno puede matar un mosquito sin escribir una elegía. Puede sacar una hormiga, espantar una mosca o fumigar la casa porque entiende perfectamente que ciertas especies dentro de un apartamento representan un problema.

Las cucarachas son una plaga. Entran buscando alimento y refugio, se reproducen, contaminan espacios y donde uno ve una puede haber más haciendo planes empresariales detrás de una pared.

Yo sé eso.

No voy a fundar Cucarachas Sin Fronteras.

Tampoco voy a dejar comida debajo del lavamanos en memoria de la difunta.

Pero durante una semana esa hijueputa tuvo la desgracia de volverse conocida.

Eso es todo.

La familiaridad hace unas cosas muy raras. Uno termina reconociendo al perro que siempre duerme frente a la misma tienda, al señor que vende tintos en una esquina, a la paloma que tiene una pata jodida en el parque. No son parte de su familia. Ni siquiera necesariamente son parte de su vida.

Pero aparecen suficientes veces y uno empieza a esperarlos.

Hasta ahí llegaba esta historia.

Hasta que fui otra vez a mear mientras la estaba escribiendo.

El problema fue conocerla

Última hora: la hijueputa está viva

Entré al baño y ahí seguía.

Patas arriba.

Ya casi convertida oficialmente en cadáver literario porque para ese momento yo llevaba varios párrafos hablando de ella en pasado, prácticamente había procesado el duelo y solo me faltaba escoger una foto bonita para el homenaje.

Se me ocurrió tomarle una foto.

Saqué el celular.

Activé el macro.

Me acerqué.

Y entonces vi algo.

Se movió.

—No joda.

Volví a acercar la cámara.

Otro movimiento.

¡ESTÁ VIVA ESTA HIJUEPUTA!

De repente pasé de escribir una elegía a dirigir una unidad de cuidados intensivos para cucarachas sin haber terminado siquiera la cerveza.

Tenía que hacer algo.

¿Pero qué?

Yo no sé primeros auxilios de cucaracha.

No existe un curso de la Cruz Roja donde uno practique reanimación cardiopulmonar sobre un animal de seis patas que pesa menos que una pestaña.

Busqué alguna herramienta.

Encontré un tenedor desechable.

Perfecto.

Medicina de guerra.

La volteé cuidadosamente. Le di unos golpecitos en la espalda.

—Vamos, hijueputa. Reaccione.

No sé qué esperaba exactamente. ¿Que tosiera insecticida? ¿Que respirara profundo? ¿Que me agarrara una pata y dijera “gracias”?

Le di otra vueltecita.

Otros pequeños golpes.

Yo ahí haciendo prácticamente RCP de cucaracha con un tenedor plástico, procedimiento que seguramente no aparece publicado en ninguna revista médica seria.

Pero se movía.

Estaba viva.

Así que la llevé a un lugar donde pudiera quedarse tranquila y recuperarse. No sé si lo conseguirá. El insecticida ya hizo lo suyo y las posibilidades médicas dentro de mi apartamento son limitadas. No tengo oxígeno para artrópodos ni pienso llevarla a urgencias diciendo:

—Buenas noches, vengo con una cucaracha intoxicada.

Pero ahora la historia cambia.

Porque la cucarachita no murió.

Por lo menos todavía no.

Y espero sinceramente que se recupere.

Que crezca.

Que se vuelva adulta.

Que salga al mundo.

Que tenga una vida larga, digna y llena de aventuras propias de cucaracha.

Incluso espero que algún día aprenda a volar y le haga la vida imposible a otro ser humano.

Porque ahí está la contradicción perfecta de nuestra relación con estos animales: para ella volar hacia una persona probablemente puede ser simplemente desplazarse por el mundo. Para nosotros es una declaración de guerra superior a la amenaza conjunta de todas las potencias nucleares del planeta.

Yo mismo tengo muy clara mi política.

Si algún día vuelve convertida en una cucaracha adulta, enorme, brillante, voladora, entra a mi estudio y me pega en la cara, voy a olvidar inmediatamente todo este artículo.

No habrá gratitud.

No habrá infancia compartida.

No habrá rehabilitación con tenedor.

Liam Neeson vuelve al servicio activo.

Pero mientras tanto estoy esperando.

La pobre hijueputa sobrevivió al gas.

Después de semejante cosa, por lo menos merece intentar terminar de crecer.

Última hora: la hijueputa está viva