Me subí asustado en esa carromoto vieja. Mis primos estaban tomados, prendidos; ya se habían bogado tres tragos de aguardiente. Y pensar que la última copa de ese domingo se las iba a regalar yo.
La música de Darío Gómez nos acompañó durante los treinta y tres minutos del recorrido hasta llegar a la hermosa cancha de República de Israel.
—Parce, ¿ustedes por qué están así? ¿No van a jugar? ¿O ese otro equipo no va a llegar?
La carromoto paró en seco. Me miraron y bajé la cabeza. Sirvieron otro trago y brindaron.
—Salud por el campeonato.
Se cagaron de la risa. No entendía qué hijueputas les parecía gracioso.
Yo iba endiablado. Solo pensaba en llegar a la cancha, ponerme el uniforme y anotar. Quería salir campeón.
Se jugaba la final del torneo de empresas de litografías del barrio San Nicolás, aquí en Cali. Yo no tenía ni puta idea de tintas, papel, planchas ni máquinas. Era un mal estudiante de grado décimo, con excelentes notas en ética, educación física y arte.

Diciembre del 98
Transcurría la segunda semana de diciembre de 1998. Estábamos cerca de iniciar una nueva versión de la famosa Feria de Cali. Las calles sucias, llenas de borrachos y colillas de cigarrillo, con el olor a pólvora recién quemada, nos abrazaban fuerte sobre un asfalto caliente de treinta grados.
Por las manos de mis parientes pasaban más de mil libros en un año. Pasaban. No los leían. Muchos se los robaban para regalármelos.
Cómplice de un delito: secuestraba palabras.
Iba al colegio y me hacía el interesante con las peladas. A nosotros, los de pocas gracias en el rostro, nos toca sacar la cara con talentos corrientes: bailar, un poema y goles.
Llegamos a la cancha cantando, saltando. Era feliz. El olor a pasto, los mosquitos insoportables y el sol, que me hacía dar mal olor debajo de los sobacos, producían en mí sensaciones de futbolista profeta.
Cuando vi a los oponentes me cambió la felicidad.
Eran altos. Estaban callados, concentrados en el hijueputa partido.
Nosotros no.
Yo sí.
Mis pulsaciones estaban a tope. Quería que iniciara la final lo más pronto posible. Ese culo de sol empezó a calcar la ropa que traía puesta. Mis primos y los demás compañeros de equipo se resguardaron bajo la sombra de un gigantesco y hermoso samán.
Yo salté a la cancha a hacer mi ritual: tres saltos con el pie izquierdo y la señal de la cruz como si fuese el más católico. Conocía varias iglesias, pero por fuera. Decían algunos parceros que si yo ingresaba, seguro se caía.
Calenté, troté, hice ejercicio de fuerza con un panita que la movía sabroso. Él sabía que nos teníamos que alistar para un baile, pero también para una pelea.
El rival llegaba invicto. Había ganado los cinco partidos antes de llegar a esta instancia. Tenían el arco en cero. El Gordo García tapaba toda la portería. Le decían Gato a semejante marrano andante.
Pero ese era mi trabajo.
Quitarle el invicto.

La camiseta
—Ey, enano, ven a la charla técnica.
Un cucho como de cincuenta años nos reunió a todos antes de pasarnos los uniformes. Tácticas chimbas, consejos maricas que yo no iba a cumplir. A mí pásamela, desmárquese y ganamos. Sencillo.
Yo fui contratado cual profesional: cincuenta mil pesos por el partido y, con un otrosí, si hacía gol se doblaba el pago. Estaba motivado, emocionado. Veía a la lechona con guantes y mi guayo derecho bailaba solo.
Mi felicidad era completa.
Casi completa.
El uniforme era del América de Cali.
—Yo no juego. No cuente conmigo, señor.
Casi con lágrimas me salieron ese par de frases.
Jueputa, no lo podía creer.
—Venga, mijo, no sea güevón. Le pago el doble. Cien mil por el partido y, si hace gol, se lleva doscientos.
El hijueputa orgullo se me fue para la mierda.
Traidor.
Así me sentí durante ese partido. Me sé la historia del Deportivo Cali al derecho y al revés, voy al estadio siempre, pero ese día tocó ponerme ese trapo viejo.
Los primeros quince minutos no la vi. No estaba en la cancha. Mi mente solo me recriminaba:
Traidor.
Soy un hijueputa traidor.
Hasta que las doscientas mil razones entraron en mí.
Vamos a jugar.

Bicicleta al chancho
Con el panita y con mi primo mayor empezamos a moverla por todo el verde césped. Sabroso. Así me gusta el fútbol. Un baile con zapatos en puntillas. No era ballet, pero era una exquisitez.
Yo quería ganar, salir campeón. Siempre lo quise. Pero ahora mucho más. No por las razones económicas: mi mente macabra ya me había programado una celebración distinta.
Mi instinto animal dentro del área me invadió.
El panita me puso un balón perfecto. Me dejó cara a cara con el Gordo García. El hijueputa abrió los brazos y, de verdad, tapaba casi toda la portería. Empezó a hacer bulla como cuando les llega la muerte a los marranos de cuatro patas.
Mis escasos quince años ya tenían mucho potrero. Mucho barro en mis zapatos. Sudor. Lágrimas.
Goles.
Bicicleta al chancho.
Recójanlo y sírvanlo en caja.
Golazo.
Me quité esa camisa horrible con furia, la tiré al pasto con rabia, con todas mis fuerzas, y empecé a saltar sobre ella.
La traición estaba saldada.
Le pisé la cabeza al diablo.
Era el 2-1 a nuestro favor. Faltaba media hora para el pitazo final.
Ya está. Se acabó.
La copa que les prometí a mis primos la entregué de la mejor manera posible. Los tres eran hinchas del América. Todos sabían lo del uniforme. Me quisieron cagar y me les popocié en la cara.
—Ahí tienen su copa y su hijueputa uniforme. Pero jamás olviden que aquí les pisé su puto escudo.


Espectácular!!!!
TODAVÍA NADIE HA FIRMADO. PUEDES SER EL PRIMERO.