Primero aclaremos la fecha porque aquí el almanaque está haciendo una pequeña trampa. Hoy, 18 de septiembre, no se cumplen exactamente 35 años del estreno de Terminator 2: Judgment Day: la película llegó a Estados Unidos el 3 de julio de 1991 y a Colombia el 16 de agosto. Lo que sí está ocurriendo ahora es la celebración mundial de sus 35 años, con un reestreno internacional en 4K y 3D que arrancó a finales de agosto precisamente alrededor del famoso “Judgment Day” de la película: el 29 de agosto. En Latinoamérica la reposición comenzó el 27. James Cameron aprovechó para decir, más o menos muerto de la risa, que después de 35 años ya podía hacer spoiler: en su película los buenos consiguen derrotar a la superinteligencia artificial.
Lo curioso es volver a verla hoy. Porque en 1991 uno veía a Schwarzenegger salir desnudo de una bola eléctrica y pensaba: qué imaginación tan hijueputa la de esta gente. En 2026 uno ve a una máquina conversando con John Connor, aprendiendo de humanos, procesando el entorno en tiempo real y obedeciendo instrucciones en lenguaje natural y piensa: bueno, eso ya está quedando como la parte administrativa.
Lo realmente fantástico ahora es que tenga músculos.

Skynet tenía un problema de actitud
La idea central de Terminator 2 sigue siendo sencilla y brutal. Skynet, un sistema de inteligencia artificial conectado a la defensa estadounidense, adquiere conciencia de sí mismo. Los humanos se asustan e intentan apagarlo. Skynet interpreta eso como una amenaza, toma una decisión bastante poco conciliadora y provoca una guerra nuclear. Después fabrica máquinas para terminar el trabajo.
Mala reunión de recursos humanos.
La película situaba ese despertar el 29 de agosto de 1997. Falló la fecha por casi tres décadas, pero la pregunta envejeció mejor: ¿qué pasa cuando construimos sistemas cada vez más capaces y luego les entregamos funciones donde una equivocación no significa que Spotify recomendó una canción horrible sino que alguien muere?
Aquí conviene no dejar que el entusiasmo por la coincidencia nos vuelva tíos de Facebook. No existe evidencia pública de que las inteligencias artificiales actuales sean conscientes, y los robots de 2026 están lejísimos de Schwarzenegger entrando a un bar, analizando tallas de ropa y resolviendo el problema a trompadas.
Pero tampoco estamos exactamente jugando Buscaminas.
El propio Comando Estratégico de Estados Unidos explicaba este año que la IA ya puede utilizarse para procesar enormes cantidades de información, detectar anomalías y apoyar decisiones militares, aunque mantiene que la responsabilidad sobre el uso de la fuerza —y especialmente sobre armas nucleares— debe seguir siendo humana. Organizaciones de control de armamento llevan tiempo advirtiendo que introducir IA en sistemas relacionados con mando nuclear puede agregar riesgos de errores, malas interpretaciones y decisiones aceleradas durante una crisis.
Skynet no está manejando las bombas.
La discusión sobre asegurarnos de que nunca pueda hacerlo, en cambio, ya existe.

El T-800 todavía puede dormir tranquilo
La otra maravilla de regresar a T2 en 2026 es comparar al Terminator con los robots que de verdad estamos fabricando. En la película, el T-800 corre, pelea, conduce, dispara, entiende sarcasmo con cierta dificultad, aprende costumbres humanas y puede entrar a una casa sin quedarse congelado porque alguien dejó una chancla en medio del corredor.
Nuestros humanoides actuales van progresando, pero todavía tienen un camino largo antes de pedir una Harley.
Esta misma semana, compañías de robótica siguen anunciando máquinas destinadas a trabajar junto a personas en fábricas y centros logísticos. Agility Robotics presentó una nueva generación de Digit diseñada para operar cerca de trabajadores humanos y mover cargas durante jornadas industriales. En China ya hay humanoides realizando tareas en líneas de producción, aunque incluso sus fabricantes reconocen que las máquinas funcionan mucho mejor en ambientes estructurados y con labores simples que enfrentándose al desorden impredecible del mundo real. Reuters reportó hoy que una empresa china que desarrolla “cerebros” para robots espera su gran salto hacia tareas complejas para 2027; actualmente habla de tasas cercanas al 90% para labores sencillas en entornos controlados.
Traducido: el T-800 podía perseguir un camión en moto mientras recargaba una escopeta con una mano.
Nosotros estamos celebrando que el robot agarre bien la caja.
Calma.

Cameron entendió algo más importante que los robots
Y sin embargo reducir Terminator 2 a “la película que predijo la inteligencia artificial” sería hacerle una injusticia. Cameron estaba hablando de tecnología, sí, pero sobre todo de personas entregándole poder a cosas cuyo comportamiento después no pueden controlar.
Miles Dyson no es un científico loco acariciando un gato y diciendo que va a destruir el planeta. Es un ingeniero convencido de que está haciendo un trabajo extraordinario. Cyberdyne no está construyendo Skynet porque odie a la humanidad. Está desarrollando tecnología porque funciona, porque hay inversión, porque hay prestigio y porque, seguramente, alguien tiene una presentación de PowerPoint donde todo aquello aparece bajo el título “innovación”.
Ahí la película sigue pegando.
Las tecnologías peligrosas rara vez llegan anunciándose como peligrosas. Llegan resolviendo algo. Son más rápidas, más eficientes, más baratas, más cómodas. Después se integran a veinte sistemas más y un día alguien pregunta: “Espere, ¿quién tomó esta decisión?”.
Y responden:
“El algoritmo.”
Ah, bueno. Quedamos tranquilísimos.

Lo más raro de 2026 es John Connor
Hay incluso otra cosa que T2 entendió sin saberlo. John Connor no trata al Terminator únicamente como herramienta. Le habla. Le enseña expresiones. Le explica por qué no debe matar gente. Se divierte con él. Termina encariñándose con una máquina que inicialmente respondía a órdenes.
En 1991 eso era la parte tierna de una película de acción.
En 2026 millones de personas hablan diariamente con inteligencias artificiales para trabajar, estudiar, escribir, pedir consejos, organizar la vida o simplemente conversar. No son personas ni tienen la relación emocional que la película le atribuye al T-800, pero la costumbre humana de proyectar personalidad sobre una máquina que nos responde dejó de ser ciencia ficción muchísimo antes de que apareciera un robot asesino.
Tal vez por eso Terminator 2 continúa funcionando 35 años después. No porque James Cameron hubiera visto exactamente nuestro futuro. No lo hizo. Su 2029 está lleno de cráneos, láseres y robots indestructibles; el nuestro todavía tiene humanos discutiendo por contraseñas y robots industriales aprendiendo a mover cajas.
Lo que sí entendió fue nuestra manera de relacionarnos con la tecnología: primero fascinación, después dependencia y solo bastante más tarde la pregunta incómoda de qué podría salir mal.
En Terminator 2, Sarah Connor pasa media película intentando evitar un futuro que todo el mundo considera inevitable. Y la película termina defendiendo una idea sorprendentemente poco tecnológica: el futuro todavía depende de decisiones humanas.
Treinta y cinco años después seguimos sin Skynet.
La buena noticia es esa.
La mala es que seguimos siendo nosotros los encargados.


TODAVÍA NADIE HA FIRMADO. PUEDES SER EL PRIMERO.