Hay una escena en Austin Powers: International Man of Mystery que resume perfectamente una época del cine que ya no existe. Austin Powers, un espía británico congelado desde los años sesenta y descongelado en 1997, está desnudo en una habitación con Vanessa Kensington. La cámara empieza a mover objetos por delante de su cuerpo para taparle exactamente la verga: una salchicha, una jarra, cualquier cosa con forma sospechosa. El chiste dura muchísimo más de lo necesario. Esa es precisamente la gracia. Nadie aprende nada, nadie sana un trauma y no hay una explicación posterior sobre por qué aquello era importante.
Es un hombre en bolas y una serie de objetos tapándole el pipí.
Y funciona.
Volví a pensar en Austin Powers porque estaba escribiendo sobre Terminator 2 y mencioné a Miles Dyson, el científico que desarrolla una tecnología capaz de acabar con la humanidad sin ser un villano acariciando un gato. Inmediatamente apareció en mi cabeza Dr. Evil, que sí acariciaba un gato, porque antes los malos tenían la decencia de avisar que eran malos. Si un señor vivía dentro de un volcán, llevaba un uniforme gris y exigía “un millón de dólares” colocando el meñique junto a la boca, uno podía asumir que Recursos Humanos ya no iba a solucionar esa situación.
Y ahí entendí que necesitaba volver a Austin Powers.
No porque sea una película que “hoy cancelaría todo el mundo”. Esa explicación es demasiado fácil. Austin Powers resulta más interesante porque varias de las cosas que uno supone que envejecieron mal, extrañamente envejecieron mejor de lo esperado. El verdadero problema es otro: Hollywood probablemente ya no sabría qué hacer con semejante hijueputada.

El héroe era un acosador y el chiste era precisamente ese
La primera película llegó en 1997 y Mike Myers construyó a Austin como una parodia amorosa de los espías que veía con su padre: James Bond, las películas británicas de los sesenta, los villanos megalómanos, las mujeres con nombres sexualmente imposibles y esa seguridad masculina de una época en la que Sean Connery podía entrar a una habitación, levantar una ceja y asumir que todas las mujeres disponibles estaban esperando turno.
Austin Powers toma esa masculinidad y le quita cualquier posibilidad de verse elegante. James Bond tiene Aston Martin; Austin tiene dientes podridos. Bond dice algo seductor; Austin pregunta directamente si la mujer quiere tirar. Bond tiene pecho peludo y parece peligroso; Austin tiene tanto pelo en el pecho que parece que debajo de la camisa vive otro señor.
La genialidad es que Austin llega a 1997 convencido de que sigue siendo irresistible y el mundo inmediatamente le informa que no.
Vanessa pasa media película mirándolo como uno miraría hoy a un tío que todavía manda cadenas por WhatsApp. Ahí estaba el mecanismo: Austin no representaba la conducta correcta; representaba una conducta vieja chocando contra una época nueva.
Incluso hay una escena que hoy sorprende. Vanessa está borracha, intenta acostarse con él y Austin se niega porque considera que no está en condiciones de decidir. Para un personaje cuya personalidad completa parece construida alrededor de la frase “¿tiramos?”, resulta que el degenerado tenía una política de consentimiento más clara que bastante cine romántico de la época.
Eso complica bastante la teoría de que antes simplemente “todo valía”.
No. Había cosas que ya se estaban discutiendo. Solo que el chiste podía convivir con ellas sin detener la película para entregar un folleto.

Después apareció Fat Bastard y ahí sí buena suerte, campeón
Ahora bien, tampoco volvamos Austin Powers un seminario progresista porque no jodamos.
La segunda película incluye a Fat Bastard, interpretado también por Myers dentro de un traje prostético gigantesco. El personaje se llama literalmente “Bastardo Gordo”. Come compulsivamente, se tira pedos, hace chistes sobre su cuerpo y en algún momento amenaza con comerse un bebé.
Imagínese hoy la reunión.
“Tenemos este personaje…”
“¿Cómo se identifica?”
“Fat Bastard.”
Silencio.
“¿Y cuál es su arco?”
“Está gordo.”
“Ajá.”
“Muy gordo.”
“¿Algo más?”
“Escocés.”
La reunión se acaba antes del almuerzo.
Y después vienen Mini-Me, los chistes con la estatura de Verne Troyer, Alotta Fagina, Ivana Humpalot, Fook Mi y Fook Yu, los pezones metralleta de las Fembots, el pene agrandador que Austin insiste durante varios minutos que definitivamente no es suyo, las bromas sobre obesidad, calvicie, sexo, nacionalidades y cualquier característica física que Mike Myers pudiera convertir en una prótesis de látex.
No era una película caminando sobre la línea.
Era un borracho brincando encima de la línea mientras tocaba una corneta.

El secreto era que todos eran ridículos
Pero aquí aparece una diferencia importante con mucha comedia floja que vino después: Austin Powers no necesitaba encontrar una minoría o una víctima para construir todo el humor. Absolutamente todos eran imbéciles.
Austin era ridículo. Dr. Evil era ridículo. Número Dos era ridículo. Scott Evil era un adolescente perfectamente normal condenado a tener como padre a un supervillano que quería dominar el planeta y, peor todavía, quería hacer terapia familiar. Los secuaces eran ridículos. Los agentes secretos eran ridículos. Los planes eran ridículos.
Hasta el poder era ridículo.
Dr. Evil despierta después de treinta años, toma como rehén al planeta y exige un millón de dólares. Sus propios empleados tienen que explicarle que esa cifra ya no impresiona a nadie. Entonces sube la apuesta a cien mil millones como un señor descubriendo la inflación en tiempo real.
Ese humor podía ofender, claro. Pensar que en los noventa “nadie se ofendía” es nostalgia haciendo Photoshop. Las películas recibían críticas, existían protestas y había gente que encontraba ciertos chistes vulgares o crueles. La diferencia es que una comedia de estudio podía permitirse ser un objeto deliberadamente idiota, excesivo y específico sin tener que demostrar que cada broma representaba los valores corporativos de cuatro continentes.

Hoy el problema ni siquiera sería X (Twitter)
Cuando alguien dice “Austin Powers no se podría hacer hoy”, solemos imaginar una turba en redes sociales. Pero hay otro obstáculo posiblemente más grande: ¿qué estudio quiere estrenar hoy una comedia así en salas?
La primera Austin Powers fue una apuesta relativamente pequeña que inicialmente ni siquiera explotó en cines. Creció muchísimo después gracias al video y terminó convirtiéndose en una franquicia enorme. Para la segunda, en 1999, Austin ya era cultura popular: frases, disfraces, imitaciones de Dr. Evil y millones de personas poniendo el meñique junto a la boca como completos huevones. En entrevistas de aquella época, Myers explicaba que el personaje había nacido del cariño por el cine británico que veía con su padre, no de una operación de marketing para fabricar una franquicia.
Hoy probablemente habría diecisiete notas antes de rodar.
¿Podemos hacer a Fat Bastard menos gordo? ¿Podemos cambiarle el nombre? ¿Necesitamos que Austin tenga los dientes así? ¿Las Fembots tienen que disparar exactamente desde ahí? ¿Podemos explicar mejor que Dr. Evil es malo? ¿Hay forma de que el pene agrandador sea metafórico?
Y al terminar esas reuniones posiblemente tendríamos una película impecablemente inofensiva sobre un consultor británico que lucha contra un empresario tecnológico mediante diálogo.
Qué hijueputa pereza.

Quizás lo que extrañamos no es poder ofender
Mike Myers ha seguido dejando abierta la posibilidad de otro Austin Powers, aunque nunca ha confirmado seriamente que exista una cuarta película en marcha. Y tal vez sea mejor así. Porque recuperar el personaje no significaría simplemente volver a ponerse los dientes y decir “Yeah, baby”.
Habría que recuperar el permiso de ser estúpido.
Eso es lo que uno extraña cuando vuelve a esas comedias. No necesariamente una época donde se podía insultar a cualquiera sin consecuencias. Lo que había era una voluntad mucho mayor de construir una película completa alrededor de una idea absurda y empujarla hasta donde aguantara.
Un espía congelado, caliente permanentemente, con dientes horribles.
Un villano cuyo mayor problema doméstico era que su hijo no respetaba su carrera criminal.
Un clon diminuto.
Un ejército de mujeres robot.
Un científico llamado Basil Exposition porque su única función era explicar la trama.
La película sabía que todo era una estupidez.
Nosotros también.
Y durante noventa minutos ese acuerdo era suficiente.


TODAVÍA NADIE HA FIRMADO. PUEDES SER EL PRIMERO.