Este miércoles Colombia juega contra Corea del Norte por un lugar en la final del Mundial Femenino Sub-20 de Polonia. Lo maravilloso es que ya jugaron en este mismo torneo y las norcoreanas nos metieron 3-0 en la fase de grupos. Colombia se levantó, eliminó después a Polonia y Nigeria y ahora vuelve a encontrárselas en semifinales, mientras Corea del Norte llega como campeona vigente y como una verdadera potencia de esta categoría: ha ganado el Mundial Sub-20 femenino en 2006, 2016 y 2024.

Yo, sin embargo, tengo un antecedente que Carlos Paniagua todavía no me ha pedido.

Jugué fútbol en Corea del Norte y salí con la valla invicta.

Quiero dejar eso consignado antes del partido por si necesitan experiencia internacional.

Puerco Motel

Todo comenzó porque a mí se me ocurrió ir de vacaciones a Corea del Norte

En 2018 estaba trabajando en los Juegos Olímpicos de Invierno de PyeongChang, en Corea del Sur. Entre los Olímpicos y los Paralímpicos tenía un espacio libre y, como una persona sensata habría aprovechado para conocer Japón, descansar o irse a tomar cerveza a Seúl, yo pensé:

“Quiero ir a Corea del Norte”.

Me intrigaba demasiado. Había leído historias, visto documentales, fotografías, noticias y toda esa construcción alrededor de un país que desde afuera parecía otro planeta. También estaba, naturalmente, el pequeño detalle que mis colegas europeos consideraban fundamental: mi personalidad.

Cuando les conté que iba, me miraban preocupados.

No porque viajaran conmigo.

Porque me conocían.

El consenso era más o menos este:

—Tú no puedes ir allá.

—¿Por qué?

—Porque tú eres tú.

Según ellos, mi combinación de curiosidad, humor, incapacidad para quedarme callado y tendencia a preguntar exactamente lo que aparentemente no conviene preguntar tenía todas las condiciones para convertir unas vacaciones en incidente diplomático.

Yo también había escuchado suficientes historias para tener metida en la cabeza esa caricatura simplísima del “la caga y lo matan”. Así que me fui con esa mezcla deliciosa que produce viajar a un lugar que a uno le despierta fascinación y susto al mismo tiempo.

Y llegué.

De todo lo que ocurrió en ese viaje habrá tiempo para hablar porque hay material para rato. Pero un día, dentro del itinerario que ya venía cuidadosamente armado desde antes de entrar al país, tocaba visitar una escuela de fútbol en Pyongyang.

Ahí cometieron un error.

Me llevaron a una cancha.

Todo comenzó porque a mí se me ocurrió ir de vacaciones a Corea del Norte

Yo no había viajado hasta Pyongyang para mirar fútbol sentado

Antes del viaje uno tenía que llenar formularios con información sobre quién era, a qué se dedicaba y cuáles eran sus intereses. Yo había puesto que trabajaba como especialista en deportes y que había jugado fútbol. Así que cuando apareció en mi itinerario la visita a una de las escuelas de fútbol importantes de Pyongyang no fue porque mis guías hubieran descubierto durante el viaje que yo era futbolero y hubieran improvisado el paseo. Eso ya estaba cocinado desde antes de que yo llegara.

Era la clase de visita perfectamente organizada: mire las instalaciones, mire los muchachos estudiando, mire lo disciplinados que son, mire qué bonito todo y ahora continuemos con el itinerario.

Entramos primero a un salón. Los estudiantes estaban sentados impecablemente mientras el profesor daba la clase frente a una pantalla. Todo estaba tan organizado que uno tenía la sensación de haber entrado cinco minutos después de que alguien gritara “¡turista llegando!” y hubiese acomodado hasta los lápices.

Después venían las canchas.

Mis guías, naturalmente, asumieron que yo iba a observar.

Yo asumí otra cosa.

—¿Puedo jugar?

Las caras.

Hijueputa, las caras.

Mis dos guías y el conductor me miraron como si en todos los años llevando extranjeros por ahí ningún turista hubiera entendido tan mal el concepto de “visita”.

Era una expresión muy concreta:

“¿Cómo así que jugar?”

Pues jugar.

Si usted me lleva a una escuela de cocina, probablemente quiero probar la comida. Si me lleva a una cervecería, quiero cerveza. Si me lleva a una escuela de fútbol, no me haga mirar el balón detrás de una cerca como si fuera un tigre del zoológico.

Yo quería cancha.

Yo no había viajado hasta Pyongyang para mirar fútbol sentado

Entonces apareció el parche de FIFA

Ese día llevaba debajo del suéter la camiseta azul de Colombia, la segunda equipación de Rusia 2018 que me había regalado el tío de Juliana. Hacía un frío del hijueputa, así que la camiseta estaba escondida debajo de varias capas.

Antes de salir a jugar me presentaron a uno de los responsables de la escuela. El hombre comenzó a hablarme en coreano con una tranquilidad conmovedora, como si yo hubiese nacido en las afueras de Pyongyang.

Yo:

—Ajá. Sí. Claro. Ajá.

No entendía una mierda.

Cada cierto tiempo miraba a mi guía con la cara universal de:

“¿Qué hijueputa dijo?”

En algún momento me quité el suéter.

Y apareció la camiseta.

Azul. Colombia. Adidas.

Y en la manga, enorme, amarillo, el parche de FIFA FAIR PLAY.

Al hombre se le fueron los ojos.

No miró la camiseta como quien dice “bonita”. La miró como Indiana Jones cuando finalmente encuentra una reliquia que llevaba media película buscando. Se acercó, tocó el parche, lo miró nuevamente.

—Ohhhhh.

Yo seguía sin entender absolutamente nada, pero aquello evidentemente le había gustado muchísimo.

El hombre habló con mi guía. Ella respondió. Él insistió. Ella empezó a traducirme una versión sospechosamente corta de una conversación bastante larga.

—¿Qué dijo?

—Nada.

—No, no, no. ¿Qué dijo?

Otra conversación.

Finalmente soltó la información.

Quería saber si yo le regalaba la camiseta.

Ah, jueputa.

Entonces apareció el parche de FIFA

Colombia ya había mandado suficiente gente a Corea y ahora me tocaba mandar una camiseta

El problema logístico era sencillo: esa era la primera visita del día y debajo de la camiseta no tenía otra camiseta.

Si se la regalaba, me tocaba pasar el resto de la jornada con el suéter directamente sobre la piel, y ese hijueputa picaba como si estuviera tejido con fibra de vidrio.

Pero tampoco iba a decir que no.

Primero porque ya había visto la cara de felicidad del hombre. Segundo porque era una camiseta de Colombia en Pyongyang. Y tercero porque bastante raro era ya ser colombiano allí sabiendo que Colombia fue el único país latinoamericano que envió unidades de combate a la Guerra de Corea, con cerca de 5.100 colombianos sirviendo bajo el mando de Naciones Unidas.

No iba yo a completar la relación bilateral convirtiéndome setenta años después en:

“El colombiano aquel que vino, jugó fútbol y no fue capaz de regalar una camiseta”.

Así que negocié.

—Juego fútbol, me tomo las fotos y la camiseta es suya.

Trato hecho.

Acababan de contratar al fichaje extranjero más inesperado de la historia del fútbol norcoreano.

18

La contratación internacional duró veinte minutos

Me fui caminando hacia las canchas con mi camiseta de Colombia puesta, sintiéndome importante. Al lado estaba esa mole absurda que es el Estadio Rungrado Primero de Mayo, uno de los estadios más grandes del planeta, con una capacidad alrededor de 114.000 personas. Uno juega una recocha al lado de esa vaina y automáticamente siente que lo está observando un comité de selecciones nacionales.

En la cancha había chicas jóvenes entrenando. Algunas eran Sub-20 de aquella época y, en las otras canchas, había categorías bastante menores. Ocho años después, viendo las fotos, Juliana me hizo una observación que me dejó pensando: algunas de esas niñas que aparecen entrenando al fondo tendrían hoy edad para estar en una selección juvenil.

¿Alguna de las futbolistas de este Mundial estaba allí ese día?

No tengo cómo saberlo.

Pero la posibilidad es maravillosa.

Yo decidí jugar de arquero por dos razones. La primera: había sido portero. La segunda: ya a cierta edad uno descubre que jugar fútbol es espectacular siempre y cuando sean los otros los que tengan que correr.

Pregúntele a James Rodríguez.

Me puse los guantes y arrancó el picadito.

Antes les hice un comentario a mis guías:

—Dígales que suave con los disparos, no me vayan a matar.

Y después pensé:

Qué expresión tan desafortunada para usar precisamente aquí.

Empezaron pateando con una consideración excesiva. Tiros suaves, casi de rodillón.

—No, no, no. ¡Con toda!

Eso sí lo entendieron.

Y ahí empezó el ametrallamiento.

Pum.

Atajada.

Otro.

Atajada.

Otro.

Nada.

Valla invicta, papá.

Yo estaba crecido. Veinte minutos antes era un turista metido en una visita organizada y ahora estaba tirándome al piso con la camiseta de Colombia mientras un grupo de futbolistas norcoreanas intentaba hacerme un gol.

Los guías, el conductor y la gente de la escuela miraban aquello fascinados. Tenían una cara de diversión que yo no había visto durante buena parte del recorrido. Parecía que en vez de un colombiano barrigón de turismo estuvieran viendo un amistoso Corea del Norte-Brasil con Ronaldo, Ronaldinho, Kaká, Adriano y Roberto Carlos.

Pero no.

Era yo.

Y no entró una hijueputa.

La contratación internacional duró veinte minutos

El fichaje terminó y cobraron la prima

Nos tomamos las fotos. Reímos. Chocamos manos. Por un momento desapareció toda esa carga enorme que uno lleva dentro de la cabeza cuando piensa en Corea del Norte. No había geopolítica, documentales ni titulares. Había una cancha y gente riéndose porque un extranjero se había tomado demasiado en serio un picadito.

Eso es algo que siempre recuerdo de ese viaje: pude estar en un lugar que desde afuera parecía absolutamente ajeno, pero no dejé de ser yo.

Entonces llegó el momento de pagar.

Me quité la camiseta.

El hombre prácticamente no esperó a que terminara de sacármela. La recibió, la convirtió en una bola compacta y se la metió debajo de la ropa, como escondiéndola.

Negocio cerrado.

Yo quedé en suéter, sin camiseta debajo y con medio día de turismo por delante.

Pero había cumplido.

La contratación iEl fichaje terminó y cobraron la primanternacional duró veinte minutos

¿Dónde estará esa hijueputa camiseta?

Ahora Colombia vuelve a enfrentarse a Corea del Norte. No es un partido cualquiera: las norcoreanas son las actuales campeonas del mundo Sub-20, ya derrotaron 3-0 a Colombia en este torneo y buscan defender un título que han ganado tres veces. Colombia, por su parte, está nuevamente entre las cuatro mejores del mundo en esta categoría.

Y viendo el partido me va a quedar inevitablemente aquella pregunta que hizo Juliana:

¿Dónde estará esa camiseta?

Tal vez el hombre todavía la tiene guardada.

Tal vez está enmarcada.

Tal vez se la regaló a alguien.

Tal vez terminó al fondo de un cajón.

Tal vez, después de ocho años, ya es un trapo para limpiar algo, posibilidad que me duele pero que tampoco podemos descartar porque las camisetas tienen una vida muy dura cuando dejan de ser camisetas.

No tengo forma de saberlo.

Lo único cierto es que en 2018 entré a una escuela de fútbol en Pyongyang con una camiseta oficial de la Selección Colombia y salí sin ella.

En algún momento quedó allá.

Una camiseta azul, con el escudo de Colombia y ese enorme parche amarillo de FIFA Fair Play, en uno de los países donde menos imaginé que terminaría dejando algo mío.

Y ahora, ocho años después, Colombia y Corea del Norte se juegan el paso a una final mundialista.

Quién iba a imaginar semejante vuelta para una camiseta.

Eso sí, muchachas: si alguna de ustedes estaba aquella mañana en esa cancha y ahora juega esta semifinal, todo bien.

Pero recuerden una cosa.

A mí no me hicieron gol.

¿Dónde estará esa hijueputa camiseta?
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