Durante buena parte de mi vida buscar una respuesta significaba buscarla de verdad. Libro, revista, biblioteca, enciclopedia, alguien que supiera más que uno. Y muchas veces el resultado era el peor posible: no encontrarla. Entonces tocaba hacer una cosa que hoy parece casi ofensiva: quedarse sin saber. Yo crecí bastante cómodo con eso. Nunca me pareció humillante decir “no tengo ni puta idea”. Al contrario: normalmente esa frase era el comienzo de algo. Había que leer, comparar, preguntar, revisar.

Por eso cuando apareció internet me pareció una maravilla. De repente podía hacer en diez minutos algo que antes me tomaba una tarde: confirmar una fecha, revisar una cifra, encontrar un documento original, descubrir que un dato que llevaba años repitiendo estaba mal. Pensé que semejante acceso a la información nos iba a volver más difíciles de engañar y, sobre todo, más cuidadosos antes de hablar.

Mirá qué belleza de ingenuidad.

Porque ocurrió algo bastante más raro. Internet no eliminó al tipo que habla sin saber: le dio cámara, audiencia y estadísticas de engagement. Después llegaron las redes sociales y terminaron de perfeccionar el producto. Un micrófono pegado a la boca, una luz cálida, una biblioteca detrás, una mata estratégicamente ubicada y una frase que debería activar inmediatamente todas las alarmas: “Esto nadie te lo quiere contar”.

Y ahí ya estamos jodidos.

Puerco Motel

LA SEGURIDAD VENDE MEJOR QUE EL CONOCIMIENTO

El experto instantáneo no necesariamente estudió el tema, no necesariamente trabajó en eso y probablemente tampoco leyó un hijueputa libro completo sobre la materia. Pero habla con una seguridad que uno ya quisiera para escoger restaurante. No duda. No matiza. No necesita contexto. En menos de un minuto puede explicarle a usted por qué la economía mundial está a punto de colapsar, qué alimento le está destruyendo el intestino, quién controla secretamente un gobierno y qué profesión desaparecerá el próximo martes por culpa de la inteligencia artificial.

La persona que realmente sabe tiene un problema comercial enorme: suele decir “depende”.

Uno le pregunta a alguien que lleva treinta años estudiando un tema si determinada afirmación es cierta y la respuesta puede ser: “Depende del caso, la evidencia todavía no es concluyente, habría que revisar los datos”. ¿Cómo así? Treinta años estudiando para venir a decirme depende. Mientras tanto aparece otro mirando fijamente a cámara y anuncia: “TE HAN MENTIDO TODA LA VIDA”. Ah, bueno. Ese sí sabe.

Y lo grave no es que esa gente exista. Charlatanes han existido desde que el primer ser humano descubrió que podía convencer al segundo de comprarle una piedra medicinal. Lo distinto es la escala. Antes el tipo que hablaba mierda tenía que conseguir una plaza, una emisora, una columna o por lo menos suficientes familiares dispuestos a escucharlo después del almuerzo. Hoy el algoritmo puede ponerlo frente a millones de personas antes de que alguien alcance a preguntarle de dónde sacó el dato.

LA SEGURIDAD VENDE MEJOR QUE EL CONOCIMIENTO

CUANDO EL PROBLEMA DEJA DE SER GRACIOSO

Durante mucho tiempo todo esto me pareció divertido. Hasta que empecé a escucharlo en gente cercana: colegas, amigos, personas inteligentes a las que uno respeta y que de repente te cuentan algo sobre política con la seguridad de quien estuvo sentado en la reunión donde se decidió el destino del país. Uno escucha la cifra, la declaración o la historia y algo no cuadra. Entonces hace lo que siempre ha hecho: busca, lee, compara, revisa la fuente original y trata de entender el contexto completo.

A veces uno encuentra que el dato sí era cierto. Perfecto. Aprendió algo y sigue su vida. Pero otras veces descubre que la cifra correspondía a otro año, que el video estaba cortado, que la gráfica empezaba convenientemente donde convenía, que una frase había sido sacada de contexto o que sencillamente la historia era falsa. Y uno vuelve a la conversación con la tranquilidad infantil de quien cree que encontrar evidencia todavía sirve para terminar una discusión.

—Mirá, revisé eso. La cifra completa es esta y el documento original dice otra cosa.

Y entonces llega la respuesta:

—No, eso está manipulado.

Ah.

Mi fuente está manipulada.

¿Y la tuya?

—Lo explicó este man.

El man.

Ahí es donde el asunto me jode de verdad, porque uno descubre que muchas veces la conversación nunca fue sobre el dato. Era sobre pertenecer. Sobre confirmar una posición previa. Sobre proteger una visión del mundo que ya estaba decidida antes de abrir el enlace. Vos estabas tratando de averiguar qué era cierto y la otra persona estaba tratando de demostrar que su equipo tenía razón.

En política esto se vuelve especialmente evidente, aunque funciona para todos los bandos. Una noticia perjudica a los míos y entonces está manipulada; perjudica a los otros y era evidente desde hace años. Una encuesta favorece a quien me gusta y “la gente despertó”; favorece al contrario y “esa encuestadora está comprada”. Ya no consultamos información para descubrir algo. Muchas veces la usamos como hinchas buscando la repetición de la jugada que demuestra que el árbitro nos robó.

CUANDO EL PROBLEMA DEJA DE SER GRACIOSO

LA UNIVERSIDAD DE INTERNET NO CIERRA NUNCA

Pero el fenómeno no se queda en política. Uno dice que lleva varios días cansado y antes de terminar la frase aparece Medicina de WhatsApp: “Eso es falta de magnesio”. Ni siquiera pregunta. Magnesio. Otro escucha los mismos síntomas y diagnostica colon. El colon, por cierto, ha tenido una expansión empresarial impresionante: aparentemente controla el sueño, la ansiedad, el dolor de cabeza, el mal genio, la energía, la vida sexual y probablemente parte del tráfico de la ciudad.

Después llega Nutrición de Instagram. “Tenés que quitar el gluten”. ¿Por qué? “Porque inflama”. ¿Qué cosa? “Todo”. El gluten pasó de ser una proteína a convertirse en organización criminal. Lo maravilloso es que quien lo explica duerme cuatro horas, fuma, lleva ocho años anunciando que el lunes empieza gimnasio y está tomando cerveza mientras identifica con absoluta precisión el problema de salud de los demás: el pan.

La geopolítica también se volvió extraordinariamente eficiente. Un conflicto puede tener cien años de historia, fronteras cambiantes, tratados, guerras, migraciones, religiones, intereses económicos y media docena de potencias metiendo la mano. Pero aparece un video de cuarenta y siete segundos titulado “Te explico lo que REALMENTE está pasando” y problema resuelto. A las ocho de la mañana usted no sabía localizar el país en un mapa; a las nueve ya está corrigiendo historiadores y a las diez explica el conflicto en la cafetería usando dos sobres de azúcar. “Este es Rusia y este es Ucrania”. No, hermano. Uno es azúcar blanca y el otro morena. Pero continúe, Kissinger.

En fútbol por lo menos hay que reconocer que siempre fuimos así. El fútbol no necesitó redes sociales para producir expertos. Uno puede estar tirado en el sofá con la barriga sosteniendo el control remoto y decir: “Ese técnico no sabe leer el partido”. Hermano, usted no leyó ni las instrucciones de la freidora de aire, pero sabe exactamente cuándo había que meter doble cinco. Y si el equipo pierde aparece el mecanismo de conocimiento más perfecto de todos: “Yo sabía”. Nunca se sabe antes. Siempre se sabe después. Una ventaja metodológica maravillosa.

Y después llegó la inteligencia artificial, que abrió una facultad nueva. Gente que hace seis meses llamaba al sobrino porque había perdido un archivo ahora explica agentes autónomos, modelos de lenguaje y el futuro del empleo. Médicos, periodistas, abogados, diseñadores, músicos y profesores van a desaparecer. Todos. Curiosamente jamás desaparece el trabajo del que está haciendo la predicción. La IA reorganizará la economía mundial completa, pero la Coordinación Adjunta de Seguimiento Administrativo donde trabaja él permanece intacta. Dios protege ciertos cargos.

LA UNIVERSIDAD DE INTERNET NO CIERRA NUNCA

YA NO BUSCAMOS RESPUESTAS. BUSCAMOS TESTIGOS

Tal vez ahí esté la diferencia que más me preocupa. Durante mucho tiempo entendí investigar como una forma de descubrir algo. Ahora veo con frecuencia otra cosa: gente investigando para conseguir testigos de una conclusión que ya había tomado. No entra a internet preguntando “¿será cierto?”. Entra preguntando, aunque no lo escriba así, “¿quién puede demostrar que yo tengo razón?”

Y siempre aparece alguien.

Internet es demasiado grande para dejarlo a uno sin un hijueputa que confirme cualquier cosa. Usted puede convencerse de que tomar agua mirando hacia el oriente cura la migraña y en algún rincón digital encontrará a un señor grabándose desde el carro asegurando que lo hace desde 2019 y jamás volvió a tener dolor de cabeza. Listo: ensayo clínico terminado. Si veinte médicos dicen que no funciona, están vendidos; si una universidad publica un estudio, está comprada; si aparecen estadísticas, están manipuladas. Pero el señor del carro que empieza diciendo “esto nadie te lo quiere contar” llegó misteriosamente libre de cualquier sesgo humano.

Por eso cada vez valoro más una frase que parece haber perdido prestigio: no sé. No he leído suficiente. No conozco el tema. Déjame revisar. Puede que esté equivocado. No debería ser extraordinario, pero empieza a sentirse casi revolucionario en una época que premia al que responde primero, al que habla más duro y al que jamás vacila.

Lo absurdo es que nunca habíamos tenido una oportunidad semejante de aprender. Llevamos en el bolsillo una biblioteca que habría parecido ciencia ficción hace unas décadas. Podemos consultar documentos originales, archivos históricos, estudios, estadísticas, versiones completas, expertos de medio mundo y perspectivas contradictorias sin levantarnos de la silla.

Pero tener acceso al conocimiento no significa poseerlo. Guardar un artículo no es haberlo leído. Ver un video no es conocer un tema. Encontrar tres personas que piensan igual que uno no convierte una opinión en un hecho.

Yo voy a seguir buscando, comparando y revisando. Y seguramente voy a seguir equivocándome, porque justamente de eso se trata.

Lo que no quiero perder es la posibilidad de descubrirlo.

Porque quizá el problema de nuestra época no sea que sabemos poco.

Es que cada vez nos cuesta más admitirlo.

YA NO BUSCAMOS RESPUESTAS. BUSCAMOS TESTIGOS