Era tarde y yo estaba terminando varias vidas al mismo tiempo. En una ventana del computador subía a la nube el programa Diario de un Streamer Novato para que a primera hora en Telepacífico lo descargaran y quedara programado para el domingo 27. En otra escribía un par de artículos para PUERCO MOTEL. Entre una cosa y otra miraba métricas, revisaba publicaciones, abría la página, cerraba la página, volvía a mirar números y recorría el sitio con esa actitud absurda de dueño de motel que sale de madrugada a comprobar que las habitaciones estén ocupadas, las luces prendidas y nadie se esté robando las toallas.

Todo estaba funcionando y yo ya estaba en esa última etapa de la noche en la que uno no quiere empezar nada más, solamente cerrar pendientes, tomarse una cerveza y retirarse de la vida laboral con algo de dignidad. Me levanté precisamente a buscarla y escuché un ruido suave afuera del apartamento.

Shhhhhhhhh.

Desde adentro no se veía nada. Hay una clase de lluvia que por la noche prácticamente desaparece contra el fondo oscuro y uno tiene que salir al balcón, buscar la luz de un poste y mirar atravesado para darse cuenta de que sí: está lloviendo. Eso hice. Salí, miré hacia la luz y ahí estaba, una lluvia poquita, delgada, casi tímida.

Y me dio una alegría completamente desproporcionada.

Puerco Motel

Uno antes veía lluvia y pensaba en cerrar una ventana

Eso fue lo primero que me pareció raro. ¿Por qué carajos me estaba emocionando porque estaban cayendo cuatro gotas? No era uno de esos aguaceros vallunos que en diez minutos convierten una calle en afluente del Cauca, tampoco había tormenta, viento ni espectáculo. Era apenas agua cayendo sobre una ciudad que llevaba semanas sintiéndose demasiado caliente, demasiado golpeada y demasiado pendiente de cualquier cosa que hiciera el suelo.

Porque ahora cualquier ruido viene con una pregunta. ¿Eso se movió? ¿Sintieron? ¿Fue aquí? ¿Dónde fue el epicentro? ¿De cuánto? Antes crujía una ventana y uno asumía que había crujido una ventana. Ahora cruje una ventana y media ciudad abre el chat familiar. Uno dice que sintió, otro que no, una prima en Jamundí asegura que durísimo y cinco minutos después alguien manda una captura con círculos, números, profundidades y datos que hace dos meses ninguno de nosotros habría sabido interpretar.

Nos convertimos en sismólogos por ansiedad.

Y lo hijueputa es que esa ansiedad no se siente como pánico permanente. Uno trabaja, come, sale, conversa, se ríe, toma cerveza. La vida sigue haciendo todas sus cosas normales. Pero por debajo queda una especie de aplicación abierta consumiendo batería: cualquier movimiento extraño y el cerebro vuelve inmediatamente allá.

Uno antes veía lluvia y pensaba en cerrar una ventana

El terremoto pasó, pero no terminó de irse

El momento físico del terremoto ocurrió y terminó. Lo que dejó, no. Hubo muertos, edificios colapsados, familias desplazadas, construcciones que quedaron comprometidas y otras que todavía están esperando decisiones sobre reparación o demolición. Y después queda algo que no aparece tan fácil en los informes técnicos: la ciudad aprende a desconfiar del piso.

Nosotros, además, tuvimos la maravillosa fortuna de quedar prácticamente en el centro de una de las zonas más golpeadas. Nuestra unidad está ahí, y alrededor uno empieza a coleccionar ausencias. Donde antes había un edificio ahora hay un hueco. Más allá aparece otro afectado. En otra cuadra hay uno esperando destino. Uno recorre un radio de kilómetro y medio alrededor de la casa y encuentra suficientes recordatorios como para que el cerebro jamás termine de decir: “Bueno, ya pasó”.

Lo más extraño es que uno se acostumbra visualmente. Pasas tantas veces junto a un edificio evacuado o un lote donde antes vivían decenas de personas que un día ya no lo miras con la misma intensidad. Pero que hayas dejado de detenerte no significa que la cabeza haya dejado de registrarlo. Uno sale a comprar cualquier maricada y pasa al lado de un trauma urbanístico. Después vuelve, prende el computador y sigue trabajando porque también toca subir programas al drive y pagar recibos.

Esa es la falsa tranquilidad post terremoto: la cotidianidad regresa antes que la tranquilidad verdadera.

El terremoto pasó, pero no terminó de irse

Y después empezaron los enjambres

Como si el terremoto grande no hubiera sido suficiente material para el sistema nervioso, empezaron a aparecer movimientos pequeños con una frecuencia que volvió familiares palabras que antes pertenecían a geólogos y noticieros. Enjambres. Epicentros. Profundidades. Ístmina. Sipí. Y últimamente Roncesvalles.

Roncesvalles, además, no es para mí un nombre perdido en un mapa. Una vez dormí allá. Hace años hice un recorrido por Colombia en Royal Enfield y, por un paro indígena que nos cerró la ruta que necesitábamos, tuvimos que atravesar la Cordillera Central para poder pasar del Valle del Cauca hacia el desierto de la Tatacoa. La tarde se nos acabó en Roncesvalles y tocó quedarse.

Entonces ahora leo ese nombre asociado a movimientos y mi cabeza no ve coordenadas. Ve carretera, moto, montaña y ese pueblo donde terminé una noche porque Colombia hizo lo que Colombia hace cada cierto tiempo: informar que la ruta fácil quedaba temporalmente cancelada y que uno mirara a ver cómo resolvía.

Tal vez por eso todo se siente tan cerca. Ístmina ya no es solamente Ístmina. Roncesvalles no es solamente Roncesvalles. Cali tampoco es simplemente una ciudad donde uno vive. De pronto el mapa entero parece conectado por pequeños recordatorios de que debajo de nuestras casas hay una cantidad de cosas moviéndose sin pedir opinión.

Y después empezaron los enjambres

Encima hacía un calor del hijueputa

Y uno quisiera que la naturaleza manejara estas cosas por departamentos. Que después de un terremoto apareciera alguien con una tabla y dijera: “Listo, a estos déjenlos quietos tres meses mientras procesan”. Pero no. Hace calor. Hay noches pesadas, ventiladores trabajando turno doble, uno entra a bañarse y cinco minutos después siente que el esfuerzo fue puramente ceremonial.

Entonces vienen los movimientos, los edificios dañados, las calles distintas, los huecos donde antes vivía gente y ese calor que vuelve todo más cansón. Por eso aquella lluvia pequeña empezó a sentirse, de manera completamente irracional, como una conversación.

Sé que la naturaleza no piensa en nosotros. No se arrepiente, no castiga, no manda señales y mucho menos revisa cómo está el ánimo colectivo de Cali antes de decidir si llueve. Somos nosotros los que necesitamos ponerles voz a las cosas porque somos incapaces de aceptar que a veces el planeta simplemente hace planeta.

Pero esa noche quise imaginar que la lluvia decía:

—Bueno, muchachos… perdón por el mierdero.

Encima hacía un calor del hijueputa

Madre Tierra también podría estar mamada de nosotros

Aunque pensándolo mejor, de pronto no estaba pidiendo disculpas. De pronto estaba diciendo: “A ver si dejan la maricada”.

Porque uno mira Cali y también da rabia. Esta ciudad fue durante mucho tiempo una referencia de civismo, cultura, organización, deporte y espacio público. Todavía conserva una cantidad absurda de cosas hermosas, pero también llevamos años acostumbrándonos a verla funcionar bastante por debajo de lo que podría ser, como ese amigo brillante que uno encuentra a las tres de la tarde todavía en chanclas diciendo que el lunes sí empieza.

Nos dividimos por todo. Nos peleamos por todo. Cada problema se vuelve una trinchera donde importa más establecer quién tuvo la culpa que averiguar quién hijueputas lo va a arreglar. Y después aparece un terremoto y por unos días sucede algo extraño: recordamos que vivimos en el mismo sitio.

El edificio que se cae no pregunta por quién votó el que vivía ahí. La grieta no revisa estrato. La réplica no entra a redes sociales a decidir a quién le corresponde. De repente el vecino vuelve a ser vecino. Uno pregunta si todos están bien, ayuda, comparte información, mira la estructura del otro, presta una mano.

Y lentamente volvemos a nuestras peleas habituales porque aparentemente la especie humana no tolera demasiado tiempo seguido de sensatez.

Tal vez la lluvia no estaba diciendo “perdón”. Tal vez estaba diciendo: “Les moví el piso para recordarles que están parados sobre la misma ciudad y ustedes ya volvieron a pelear. ¿Qué más quieren que haga, hijueputas?”.

Madre Tierra también podría estar mamada de nosotros

Cali mojada todavía se parece a Cali

Me quedé un rato mirando y no pasó absolutamente nada extraordinario. Ningún edificio se reparó. Los huecos siguieron siendo huecos. Nadie recuperó su apartamento. Las personas que siguen preocupadas por sus casas no dejaron mágicamente de estarlo y, si en ese momento una lámpara hubiera empezado a moverse, yo probablemente habría abandonado toda esta poesía y abierto alguna aplicación para mirar dónde putas había temblado.

Pero durante unos minutos el ruido fue otro. No era un edificio crujiendo ni un mensaje preguntando “¿sintieron?”. Era simplemente agua cayendo sobre la ciudad, y después de varias semanas de estar pendientes de lo excepcional, lo normal se volvió un lujo.

Creo que por eso me emocionó. Cali necesita cosas grandes: reconstrucción, decisiones serias, edificios seguros, recuperar zonas afectadas, devolverle actividad a calles que quedaron golpeadas y tranquilidad a gente que todavía mira las paredes buscando grietas. Una llovizna no resuelve absolutamente ninguna de esas cosas.

Pero tampoco tenía que hacerlo.

Solo estaba lloviendo.

Yo estaba ahí mirando desde el balcón, con una cerveza pendiente, un archivo todavía subiendo al Drive, artículos abiertos en el computador y PUERCO MOTEL funcionando mientras la noche seguía su curso. Cali seguía golpeada, caliente, cansada, llena de problemas y todavía nuestra.

Y durante unos minutos, en vez de preguntarme qué se estaba moviendo, pude simplemente escuchar cómo caía agua.

A veces la esperanza tampoco necesita hacer un escándalo.

A veces apenas suena como un shhhhhhhhh.

Cali mojada todavía se parece a Cali