Ingresé a los silenciosos pasillos de urgencias antes de la medianoche. El blaugrana de mi chaqueta resaltaba sobre el blanco merengue de las paredes de la clínica. No era clásico que te fuera a buscar ahí, ni así. Pocos días de los 15.878 que llevo a tu lado he dejado de verte.

Pero ese miércoles, a pocos segundos de convertirse en jueves, tuve miedo. Tal vez en el ascensor el síndrome de la bata blanca me alteró la presión. Una de las tantas cosas que compartimos, pá: la bendita hipertensión.

Al llegar a tu habitación, la 328, en el tercer piso de la UCI, te saludé como acostumbro:

—Qué señor nombre de Dios.

Iluso. Me imaginaba escuchando tu veterana voz responderme: “Qué señor, Dios lo bendiga”, para empezar una de nuestras infinitas conversaciones. Fútbol, la vida, la noche, el trabajo, la familia y, por supuesto, más fútbol.

Puerco Motel

Dos viejos verdes

Estabas tendido en una cama que se veía cómoda. Vos no lo estabas tanto. Te habían puesto una batola verde. Tu nombre, número de identificación, tipo de sangre y teléfono estaban registrados en una manilla verde que prendía de tu pierna derecha.

Me senté a leer, en un sillón verde oscuro, un reporte general del centro médico. Los números que arrojaba la máquina que medía tus pulsaciones, presión arterial y saturación también eran verdes.

Como nosotros.

Dos viejos verdes, hinchas del Deportivo Cali.

Esa primera noche no pegué el ojo. Me perturbaba el fastidioso pitido agudo del monitor de tus signos vitales, además de la cantidad de veces que los profesionales de la medicina entraban a pasarte revista.

En una de esas visitas, una enfermera jefe ingresó con ojos de pocos amigos. Venía afanada, brusca en sus movimientos, tosca de cara y con su celular a todo volumen.

La música siempre te ha gustado. Sobre todo la salsa. La bailabas bien. No mejor que yo. Creo que es en lo único que te saco ventaja.

Te amo, de Willy García, salía de los profundos bolsillos de la batola blanca y larga de la enfermera María, una mujer negra de unos 55 años aproximadamente, que sin mediar muchas palabras me dijo:

—Tienen que traerle pañales.

La puta madre.

Se me inundaron los ojos de sensibilidad. Los sentimientos empezaban a caer. Tengo tantos que, justo ahora mientras escribo esto, inician un nuevo descenso por mis mejillas peludas.

Dos viejos verdes

Pá, la otra semana inicia el Mundial

Solía ubicarme detrás tuyo. Mis ojos se acostumbraron a verte de pie, así que preferí ese ángulo para observarte. Más que verte, iba a hablarte.

No sabía si me escuchabas. Una médica me insistía en que sí, que te hablara, que estimulara esas vibras en vos para que regresaras.

—Pá, la otra semana inicia el Mundial. Dale, no te hagas el güevón. Necesito que te parés de ahí. Vamos a casa a ver los partidos de la Selección Colombia.

En los monólogos que te hice durante más de cinco noches, los temas no variaron mucho. Te conté que me habían hecho una propuesta de trabajo en una cadena nacional. Me emocioné al decírtelo, aunque te mentía cuando aseguraba que estaba feliz.

Lo único que queríamos era que abrieras los ojos.

Que hablaras.

Que volvieras.

Pero el miedo que me recorría desde los pies hasta la cabeza era otro: que todavía estuviera en tu memoria. Que recordaras quién soy.

También te conté que Junior era el nuevo campeón del fútbol colombiano. Aplastó a Nacional. Te lo dije riéndome, porque sabía que, si me escuchabas, también te produciría felicidad. Amamos a Teo Gutiérrez en su corto paso por el Cali, así que ese título del equipo de Barranquilla lo aplaudirías. No lo dudaba.

Te nombraba a cada familiar nuestro que iba a visitarte. Mis tíos, mis tías, los primos. Por supuesto, mi hermano y mi madre, quienes estuvimos juntos durante los nueve días de estadía en la clínica Valle del Lili.

Pá, la otra semana inicia el Mundial

¿Se acordará de mí?

Después de una semana empezaste a reaccionar de manera positiva a los medicamentos.

Estábamos felices.

Te amamos.

Y entonces mi temor volvió a hablarme al oído:

¿Se acordará de mí?

Quería que abrieras los ojos ya, pero estabas perezoso. “Pereza negra”, así nos decís a mi hermano y a mí cuando dormimos de más.

—Familiares del señor de la habitación 328.

Sentí un frío recorrer velozmente todo mi torrente sanguíneo. Entré a la habitación con las pulsaciones a tope. Miedoso. Sudaba.

No quería oírte decir:

—¿Y usted quién es?

Me acerqué.

—Qué señor nombre de Dios.

Silencio en la 328.

¿Qué pasó?

Entonces llegó la respuesta:

—Qué señor, Dios lo bendiga.

Nuestro código de saludo me devolvió el alma al cuerpo.

No te podía abrazar. Todavía tenías demasiados cables haciendo funciones que no podías realizar por vos mismo. Tus cuerdas vocales habían sufrido. Los largos días con aquel tubo produjeron hinchazón.

Intentaste hablar y no te entendí.

Me acerqué hasta tu boca.

—¿Señor?

Y con tu respuesta confirmé que estabas de vuelta.

El mismo.

—¿Cuándo juega el Cali?

¿Se acordará de mí?