Hay una frase que un colombiano aprende a decir viendo fútbol mucho antes de entender bien la diferencia entre un 4-3-3 y un 4-2-3-1:
¿Penales? Ya perdimos.
No es una estadística. Es un mecanismo de defensa.
Uno ve terminar el alargue, aparecen los jugadores tomando agua, el técnico reúne al equipo, el árbitro llama a los capitanes y en vez de pensar “tenemos cincuenta por ciento de posibilidades”, el colombiano empieza inmediatamente el duelo. Ya sabemos cómo funciona esta mierda: el nuestro va a patear mirando demasiado la pelota, la manda arriba o se la entrega al arquero; después viene el rival, nuestro portero adivina para el otro lado y uno termina diciendo que “por lo menos se compitió”.
Por eso decidí ver el partido por el tercer puesto del Mundial Femenino Sub-20 de Polonia 2026 entre Colombia e Italia. Y terminé viendo algo bastante más importante para mi cabeza que una medalla de bronce: Colombia comenzó una tanda de penales haciendo exactamente todo lo necesario para perderla y, por alguna anomalía del universo, la ganó 4-3. Luisa Agudelo terminó atajando dos cobros consecutivos y Colombia consiguió el mejor resultado de su historia en esta categoría.
No joda.
¿Entonces ahora qué hacemos con años de trauma?

Corea del Norte ya nos había mandado el mismo correo dos veces
Colombia hizo un muy buen Mundial, aunque hubo un pequeño inconveniente: nos tocó bailar dos veces con la más fea del cuadro —y hablo del cruce, no de las jugadoras—, Corea del Norte.
En la fase de grupos: 3-0.
En semifinales: 3-0.
Si uno hubiera sabido que iban a respetar tanto la continuidad narrativa, se podía haber retransmitido el primer partido, cambiarle la fecha en pantalla y ahorrarle fatiga a todo el mundo.
Pero tampoco sirve hacerse el marica con el rival. Corea del Norte es una potencia brutal en el fútbol femenino juvenil. Llegó a Polonia como campeona vigente del Mundial Sub-20, torneo que ya ganó en 2006, 2016 y 2024, y este domingo vuelve a jugar una final contra España. Si se suman sus títulos Sub-17 y Sub-20 femeninos, antes de esa final ya acumulaba siete campeonatos mundiales juveniles. Eso no es una selección que tuvo una buena generación: eso es una fábrica.
Entonces perder con ellas dolió, pero no fue una vergüenza. El 3-0 de semifinales fue duro, sí, y Colombia fue claramente superada. Quedaba Italia y el tercer puesto. Rival europeo, partido mucho más a nuestra escala, una oportunidad real de cerrar un Mundial bueno con algo concreto colgado del cuello.
Y al minuto 43, gol de Giada Pellegrino.
Claro.
Otra vez esa sensación.
“Llegamos hasta acá para esto”.
Pero faltaba partido. En el 61, Sintia Cabezas empató después de una recuperación alta y una jugada rápida de Colombia. Se acabaron los 90, llegaron treinta minutos más, las piernas empezaron a pedir liquidación y ninguno pudo romper el 1-1.
Y entonces apareció lo que yo no quería.
Penales.
Mi reacción fue básicamente: estas malparidas tienen que ganar esto antes porque, si llegamos a penales, llórelo.

El primer penal confirmó todos nuestros prejuicios
Colombia pateó primero.
Fernanda Viáfara.
Falló.
Perfecto.
Gracias por respetar las tradiciones.
Uno inmediatamente piensa lo mismo de siempre: ¿no entrenan esta vaina?, ¿cómo es posible que un futbolista profesional llegue a un penal decisivo y uno desde el sofá ya vea en la carrera que ese hijueputa balón viene con problemas?
Italia hizo el suyo.
Después apareció Valerin Loboa y cobró como uno lleva años pidiendo que cobren los penales: convencida, fuerte, haciendo que la arquera escogiera un lado y la pelota otro. Gol. Y uno piensa:
—¿Ve? ¿Por qué hijueputas no hacen eso siempre?
Italia volvió a marcar. María Torres convirtió el siguiente colombiano. Italia respondió otra vez. Y entonces llegó Lina Arboleda.
Atajó la arquera italiana.
Ahí sí estábamos jodidos.
Italia tenía dos oportunidades para liquidar la serie. Dos match points. Solo necesitaba convertir uno o esperar otro error colombiano. Y hasta ese momento Luisa Agudelo no había atajado ninguno.
Era exactamente el escenario que activa nuestro reflejo nacional:
“Bueno, hasta acá fue”.

Y sobre Luisa Agudelo, una cosa es criticar fútbol y otra ser un imbécil
Durante el torneo Luisa recibió críticas y no todas eran inventadas. En la semifinal contra Corea del Norte dejó un rebote en la jugada del primer gol y su actuación podía discutirse futbolísticamente. Eso es normal. Una arquera se equivoca y se analiza la equivocación.
Pero en X vi circular ese comentario de “no tapa un culo, pero qué culo que tiene”.
No.
Una cosa es decir que una arquera salió mal, dio rebote, leyó mal un penal o tuvo una mala noche. Eso es fútbol. Otra es convertir a una deportista de alto rendimiento en un culo con guantes porque a usted le pareció ingenioso.
Si cree que ataja mal, explique por qué.
El culo no aparece en las estadísticas de portería.
Y además el comentario tenía un problema adicional bastante incómodo: Agudelo había sido elegida jugadora del partido por FIFA en el 1-0 contra Nigeria que metió a Colombia en semifinales. O sea que ni siquiera la caricatura futbolística de “no tapa nada” aguantaba demasiado archivo.
Lo que vino después contra Italia terminó de volver ese comentario una belleza arqueológica.

Italia tuvo el partido ganado dos veces
Martina Bressan caminó hacia el punto con la posibilidad de cerrar la tanda.
Yo vi el remate y tuve esa sensación rara que me da después de tantos años trabajando en transmisiones de fútbol: hay acciones que uno siente en cámara lenta aunque estén ocurriendo a velocidad normal.
Luisa se fue hacia un lado.
La pelota hacia el otro.
Listo.
Chao.
Bronce para Italia.
Solo que Bressan le apuntó tan bien al palo que le pegó al hijueputa palo.
Seguíamos vivos.
Entonces Catalina Cortés hizo el suyo.
Ahora Italia tenía el segundo match point. Otra oportunidad para meter un solo penal y acabar esto.
Fue Azzurra Gallo.
Pateó hacia el palo derecho de Luisa, media altura, colocado. Esta vez Agudelo adivinó, se estiró completa y la sacó.
AH, JUEPUTA.
Ahí cambió todo.
La serie llegó al uno por uno y de repente las caras también cambiaron. Las italianas, que minutos antes estaban sonriendo con esa tranquilidad de quien tiene dos formas distintas de acabar el trámite, ya estaban haciendo cuentas con la mirada. Las colombianas, que habían estado contra las cuerdas, parecían haber recibido una vida extra.
Entonces fue Mercedes Martínez. Su remate alcanzó a tocarlo la arquera italiana, pero llevaba suficiente potencia para entrar.
Gol.
Ahora Italia era la que tenía que sobrevivir.
Y esto es lo que me encanta de los penales: cinco minutos antes Luisa parecía pequeña dentro de un arco enorme. Cuando caminó Caterina Venturelli hacia el balón, la sensación era exactamente la contraria.
Luisa parecía ocupar toda esa hijueputa portería.
Venturelli pateó.
Agudelo adivinó.
Atajó.
Se acabó.
Colombia, tercera del mundo.

Nuestro trauma con los penales tampoco es completamente cierto
Aquí la investigación me dañó una parte de mi propio discurso.
Porque esa sensación de que Colombia siempre pierde por penales no resiste una revisión completa. Lo que pasa es que tenemos memoria selectiva para el dolor.
Los hombres perdieron contra Inglaterra en el Mundial de 2018, contra Chile en la Copa América de 2019 y contra Argentina en la semifinal de 2021, aunque en ese mismo torneo habían eliminado por penales a Uruguay.
Las mujeres también nos han administrado terapia de exposición intensiva. La Sub-20 quedó eliminada del Mundial de 2024 contra Países Bajos en una tanda espantosa: Colombia no convirtió ninguno de sus primeros tres penales y perdió 3-0. La selección mayor cayó ese mismo año contra España, 4-2 por penales, en los cuartos de final olímpicos. En 2025 le ganó por penales a Argentina la semifinal de la Copa América, pero después perdió una final extraordinaria contra Brasil, también desde los doce pasos.
Y hay otra que nuestro pesimismo convenientemente archiva en una carpeta escondida: la Sub-17 femenina eliminó a Nigeria 6-5 por penales en la semifinal del Mundial de 2022 para meterse en la final.
Así que no estamos malditos.
Solo estamos traumatizados.
Que no es lo mismo, pero viendo televisión se siente exactamente igual.

Y sí, esta vez voy a celebrar un tercer lugar
Yo siempre he sido bastante jodido con eso de celebrar segundos y terceros lugares como si hubiéramos levantado la Copa del Mundo. Colombia tiene una facilidad impresionante para convertir “hicimos un buen torneo” en recibimiento de campeones.
Y el “Gracias, guerreras” ya se volvió casi un género periodístico. Apareció después del subcampeonato Sub-17 de 2022, después del Mundial mayor de 2023, después de la eliminación Sub-20 de 2024, después de la final de Copa América 2025 y todavía esta semana apareció tras perder la semifinal contra Corea del Norte. Una frase que nació como reconocimiento terminó convirtiéndose también, por repetición, en esa especie de cobija que sacamos cuando volvemos a quedar cerca.
Pero este tercer puesto sí tiene algo que vale la pena mirar.
Si nos restringimos a los Mundiales FIFA de fútbol once contra once, Colombia no colecciona podios precisamente. Los hombres Sub-20 fueron terceros en 2003. Las mujeres Sub-17 fueron subcampeonas en 2022. Y ahora las mujeres Sub-20 son terceras en 2026. Son tres podios mundialistas juveniles en toda nuestra historia, y dos los consiguieron selecciones femeninas en apenas cuatro años.
Eso no convierte el bronce en una Copa del Mundo.
No hay que mentir.
Pero tampoco hay que hacerse el interesante y decir que da lo mismo quedar tercero que décimo.
Y sobre todo, esta vez hubo algo adicional: Colombia llegó a la situación donde tantas veces nuestra cabeza ya había decidido el resultado, empezó fallando, quedó dos veces a un penal de perder y tuvo que hacer exactamente las dos cosas que jurábamos que esta selección no sabía hacer cuando llegaba el momento.
Meterlos.
Y atajarlos.
La próxima vez que una selección Colombia llegue a una tanda probablemente volveré a decir:
—Ya perdimos.
Son muchos años de educación y tampoco voy a sanar por un partido.
Pero ahora habrá una pequeña voz hijueputa molestándome desde algún lugar de la cabeza:
—¿Y si no?


TODAVÍA NADIE HA FIRMADO. PUEDES SER EL PRIMERO.