Llevo tres años y tres meses aquí encerrado.
Soy culpable. Maté. Eliminé mis ganas de seguir enseñando.
También robé. Me encantaba robar. Tal vez por eso en la cancha era el cinco: las quitaba todas. Fueron robos insignificantes, ninguno me dio para ser millonario. Pensar que aquí, en Bogotá, la mayoría son hinchas del azul. “Solo Millos, loca”, dijo un ñero que la televisión nacional hizo famoso.
A las ocho de la noche entramos en concentración antes del partido. Los guardias nos cierran las celdas. A dormir, a descansar, porque mañana inicia el torneo de los internos de La Picota. Este es el cuarto que disputo y desde mañana iniciamos la defensa del tricampeonato.

El profesor Pérez
Ese viernes inicié la mañana con un delicioso café recién hecho por mi hija. Le enseñé desde muy temprana edad a preparar algunas cosas. Ella salía para el colegio; cursaba grado once. Dentro de poco tendríamos graduación a la vista.
Me puse mis audífonos Bose y dejé que el sonido me envolviera. Encendí la moto y las pulsaciones de mi corazón se aceleraron.
Guantes. Acelerador a fondo. Y a trabajar.
En mi cabeza había quedado grabado el rostro del hombre con saco negro y corbata roja que debía marcar.
En la calle era el señor Pérez. Armando Pérez Castillo. Profesor de inglés de colegio público. Soltero. Viudo. Sicario.
Padre de Martina, mi hermosa hija de 16 años para ese entonces.
—Ey, Chicho, ¿estás listo para una cátedra de inglés a los del pabellón 34?
Ahí se encontraban los extraditables. Aquellos a los que, según decíamos adentro, los verdaderos capos entregaban a la inepta justicia para poder seguir subiendo droga.
Desde que llegué me ubicaron en el pabellón número cinco.
Coincidencias de la vida.
Me apodaron Chicho Pérez después de mi primera actuación brillante contra los gamines del pabellón 2.

Mi blanquita
Mi Yamaha XT-500 de colección, traída desde Medellín, alcanzaba fácilmente los 160 kilómetros por hora. La tenía como nueva.
Era mi blanquita.
Ese patrimonio de veintinueve millones de pesos me había costado el matrimonio.
Debía hacer mi trabajo antes de las siete de la mañana. El hombre de la fotografía era concejal de la ciudad de Cali. Robaba más que yo. Mataba más que yo. Había acabado con la ilusión de centenares de niños y niñas a quienes les quitaron subsidios de alimentación y transporte.
El hijo de puta merecía morir.
Martina ya no podría acceder a esos beneficios. Y yo no estaba dispuesto a vender mi blanquita.
Por eso me dejó Claudina.
—Hey, you son of a bitch. This is for my daughter and the other children.
Sonaron cinco tiros.
Martina ya está en sexto semestre de Derecho. Sí, me quiere defender. Pone mi caso de ejemplo en la universidad cuando le toca argumentación jurídica.
Qué ironía.
Yo aprendí a defenderme en la calle. Ella está aprendiendo a defenderme en un salón de clases.
Martina ha estado en las tres finales. Por fortuna siempre se queda a celebrar; es un privilegio tenerla. Ella tiene mi verdad. Para Martina soy un padre que se equivocó, pero sabe que, en el fondo, merezco que alguien se siente frente a un juez y diga:
—Mi defendido también es un ser humano.
Martina habla de justicia. Yo pienso en venganza. Ella habla de pruebas. Yo recuerdo las órdenes.

Otra final
Antes de llegar a un juzgado, tocó enfrentar una nueva final.
—Chicho, ¿ya sabes contra quiénes jugamos mañana? No lo vas a creer. Los de la ERE les ganaron por penales a los excombatientes.
Estaba frente a frente con más corruptos políticos del país. Ellos sabían quién era. Querían vengar a su colega.
Sabía que Martina iba a estar en la tribuna improvisada que armaba la cárcel. Eso me motivaba: verla. Verlos.
La panza hinchada le latía. Con cinco meses de embarazo, venía a verme jugar.
Quizás mi último torneo.
Los políticos eran ratas con el balón. Tenían un refuerzo recién llegado de Barranquilla.
Un mago.
Había desaparecido dinero público en el Atlántico. En el asfalto movía el balón y también lo desaparecía. No lo vimos en casi los noventa minutos de la final.
Intentaba detener los ataques con faltas. El director del penal, que hacía las veces de árbitro, me había amonestado a los cinco minutos del segundo tiempo.
Martina me alentó durante todo el compromiso. Sus ojos me invitaban a mirarla. Parecía querer decirme algo. Hacía gestos con la palma de la mano abierta.
No entendía.
¿Que me calmara?
¿Faltaban cinco?
La señal era otra.
Mi hija me estaba diciendo que por fin habían dictado sentencia.
Cinco años para el profesor Pérez.
Perdimos esa final.
Los corruptos celebran siempre.
Martina seguía en la tribuna, con una mano sobre su barriga y la otra levantada.
Cinco.
Por primera vez entendí que aquel gesto no hablaba de fútbol.
Hablaba de nosotros.
De ella.
De mí.
Y de los cinco años que acababan de quitarnos.


Tas Tas Tas , Hey, you son of a bitch. This is for my daughter and the other children.
TODAVÍA NADIE HA FIRMADO. PUEDES SER EL PRIMERO.