Hace poco un colega terminó viviendo prácticamente encima de mi casa. Felipe y yo trabajamos juntos, hemos desarrollado varias herramientas para Telepacífico y nos llevamos lo suficientemente bien como para que la idea de convertirnos en vecinos no sonara como el comienzo de una demanda. Después del terremoto quedó cagado del susto con su apartamento, afectado y además ubicado en un doceavo piso. Yo sabía que estaban alquilando uno arriba, en el cuarto piso, le conté, las cosas se dieron y ahora el hombre vive ahí. Así que de vez en cuando terminamos hablando de trabajo, tecnología, televisión, cualquier pendejada y, como suele pasar cuando uno ya tiene suficientes años encima, una conversación abre una puerta que lleva a otra época de la vida.
No recuerdo exactamente por qué salió el tema, pero terminé contándole que alguna vez trabajé con un productor que había pasado por Top Gear. Felipe conocía el programa, claro, y ahí aproveché para darme cinco minutos de champú porque de vez en cuando también toca. Mi trabajo en unos Juegos Olímpicos consiste precisamente en eso: llegar desde Colombia, sentarme en una operación internacional llena de gente que viene de las producciones más grandes del planeta y trabajar de igual a igual con ellos. En Sochi 2014, curiosamente yo trabajaba en Telepacífico y me daba un orgullo hijueputa decirlo. En ese ambiente todos vienen de BBC, NBC, grandes productoras, cadenas gigantes, y cuando a uno le preguntan de dónde sale y responde desde un canal regional colombiano hay un pequeño momento de “ah, carajo”. Después pasan los días y ya no importa de dónde vino nadie. Importa si usted sabe hacer el trabajo.
Hoy voy mucho más bajo de perfil, pero también aprendí algo importante: esos productores a los que uno miraba como si fueran habitantes del Olimpo terminan respetando el trabajo bueno venga de Londres, Nueva York o Cali. Y esa sensación volvió a aparecer cuando le pregunté a Felipe si había visto The Grand Tour, el programa que reunió otra vez a Jeremy Clarkson, Richard Hammond y James May después de Top Gear. No lo tenía tan presente, así que le dije algo que solucionó inmediatamente la noche: “Hay un especial de Colombia”.

DOS HORAS DE COLOMBIA EN UNA PANTALLA MUY GRANDE
Lo pusimos en mi estudio, que modestia aparte tampoco ayuda a ver televisión con indiferencia: pantalla grande, sonido de teatro en casa y toda esa parafernalia que hace que hasta un señor abriendo una puerta parezca la llegada de los helicópteros en Apocalypse Now. El especial ocupa los episodios 2 y 3 de la tercera temporada, estrenados en enero de 2019. La excusa es deliciosamente absurda: Amazon manda a Clarkson, Hammond y May a recorrer Colombia para tomar fotografías de animales que supuestamente servirán como protectores de pantalla. Para semejante misión escogen, naturalmente, un Jeep Wrangler, una Chevrolet Silverado monstruosa y un Fiat Panda 4x4.
Yo ya había visto esos capítulos. Recordaba los carros, algunos chistes, la historia de los hipopótamos y varias de las animaladas habituales de los tres. Lo que había olvidado era cómo se ve Colombia.
Y eso fue lo que esta vez me pegó.
La fotografía es una belleza. El montaje tiene ese músculo de las grandes producciones británicas que saben cuándo dejar respirar un paisaje y cuándo destrozar la solemnidad con tres viejos comportándose como adolescentes. Salen de la zona de Cartagena, atraviesan terrenos jodidos, buscan jaguares, osos, cóndores, colibríes e hipopótamos; suben hasta alturas donde los motores empiezan a quedarse sin oxígeno y pasan por el Parque Nacional Natural Los Nevados. De hecho, Parques Nacionales autorizó formalmente la filmación en esa zona para que el programa registrara el Nevado del Ruiz y buscara al cóndor de los Andes.
Pero lo importante no es completar la lista de lugares como si esto fuera una guía turística. Lo importante es la sensación acumulativa: el país cambia delante de la cámara todo el tiempo.

“LOS GRANDES ÉXITOS DEL MUNDO, TODOS EN UN MISMO LUGAR”
Yo recordaba una frase de Clarkson comparando los paisajes colombianos con Suiza, Canadá y media Europa. La memoria me estaba haciendo edición propia. Al volver a revisar el episodio, lo que realmente dice es incluso mejor. Mientras recorren un paisaje que lo tiene genuinamente impresionado, Clarkson habla de la variedad de Colombia: en un momento parece Japón, después los Yorkshire Dales, luego Austria, después California. Y remata describiéndola como una especie de recopilación de los mejores paisajes del mundo reunidos en un solo sitio.
Eso, viniendo de Jeremy Clarkson, tiene un valor particular porque el hombre ha conducido prácticamente por cada paisaje espectacular que permite meter un automóvil sin provocar un conflicto diplomático. No es un presentador enviado por ProColombia recitando “el país de la belleza” delante de una cascada. Es Clarkson. Un señor profesionalmente entrenado para encontrar algo de qué quejarse incluso si usted le presta un Ferrari y una carretera vacía.
Y sin embargo Colombia lo desarma por momentos.
Ahí entendí qué era lo que me estaba emocionando. El programa no intenta convertirnos en una postal impecable. No limpia el país para exportarlo. Aparecen carreteras malas, pueblos, barro, situaciones incómodas y ese famoso segmento de la costa con la historia sexual alrededor de los burros que, contado así, suena como exactamente el tipo de cosa que uno preferiría que tres británicos con una plataforma mundial jamás hubieran encontrado. El especial no evade tampoco los chistes sobre narcotráfico, porque pedirle eso a estos tres sería como invitar a un perro a una carnicería y exigirle compostura.
Pero nada de eso termina reduciendo a Colombia.
Y ahí está la diferencia.
Durante años nos hemos acostumbrado a ponernos nerviosos cada vez que una producción extranjera muestra una parte fea, absurda o incómoda del país, como si la única manera de defender a Colombia fuera fingir que aquí jamás ocurrió una hijueputada. The Grand Tour hace algo mucho más interesante: se ríe de nosotros, se ríe de ellos mismos, se mete en problemas, encuentra rarezas y aun así termina construyendo una imagen extraordinariamente poderosa del país.

EL OSO, LOS COLIBRÍES Y LA EXTRAÑA MANERA EN QUE UNO SE EMOCIONA
Hay una parte con el oso andino que esta vez me golpeó distinto. Después de todo el ruido, los carros atascados y los chistes, aparece el animal. No hace falta discurso ambiental con piano de fondo. Está ahí, vivo, salvaje, dentro de ese paisaje colombiano, y durante unos segundos los tres personajes que uno lleva años viendo destruir caravanas, insultarse y convertir viajes perfectamente sencillos en crisis internacionales simplemente lo contemplan.
Luego vienen los colibríes.
Esa secuencia es bellísima y ridícula al mismo tiempo, que probablemente sea la mejor definición posible de The Grand Tour. Los tipos terminan utilizando flores para atraer a los pájaros hasta ellos y la cámara captura esos animales suspendidos a centímetros de sus caras. Una reseña publicada cuando salió el episodio señalaba precisamente esa escena como uno de los momentos más espectaculares del capítulo.
Yo estaba sentado en mi propio estudio, al lado de un colega al que simplemente quería mostrarle un programa que me gustaba, y terminé con los ojos aguados.
Marica.
Es Colombia.
Uno conoce el país. Uno ha viajado. Uno sabe racionalmente que tenemos páramo, selva, Caribe, cordilleras y una biodiversidad absurda. Pero saber algo y verlo narrado son dos experiencias distintas. Ahí entra el oficio audiovisual. Una cámara bien puesta puede devolverle a uno algo que la costumbre había vuelto invisible.
Tal vez por eso me pegó tanto. Yo trabajo haciendo imágenes. Sé perfectamente que una toma no es inocente, que detrás hay decisiones de lente, luz, encuadre, montaje, música, tiempo. Y sé reconocer cuando una producción está enamorada de lo que está fotografiando.
Estos capítulos están enamorados de Colombia.

Y DE REPENTE: HIPOPÓTAMOS
El final es perfecto porque el animal que termina condensando todo el absurdo colombiano ni siquiera debería estar aquí.
Hipopótamos.
Hipopótamos en Colombia.
La historia es conocida: cuatro fueron introducidos en los años ochenta para la colección privada de Pablo Escobar en Hacienda Nápoles; después de su muerte quedaron allí, comenzaron a reproducirse y terminaron expandiéndose por la cuenca del Magdalena. Hoy están oficialmente considerados una especie invasora y su crecimiento representa un problema ambiental serio.
Sé todo eso. Sé que ecológicamente el asunto no tiene nada de romántico y que los especialistas tienen razones bastante sólidas para preocuparse por su efecto sobre especies y ecosistemas nativos. Pero sería mentira decir que al verlos fotografiados en ese episodio mi primera reacción fue pensar en un documento de manejo ambiental.
Mi reacción fue:
qué cosa tan hijueputamente hermosa.
Y después apareció una pregunta incómoda. ¿Por qué nos cuesta tanto aceptar que la naturaleza también es una historia de desplazamientos, extinciones, adaptaciones y especies apareciendo donde antes no estaban? Eso no convierte automáticamente una invasión provocada por humanos en algo bueno ni invalida la ciencia detrás de controlarla. Pero sí recuerda algo que nuestro ego olvida con facilidad: nosotros llegamos hace cinco minutos y ya hablamos del planeta como administradores del edificio.
Decidimos qué pertenece.
Qué sobra.
Qué vive.
Qué se mueve.
Qué debe desaparecer.
Y probablemente tenemos razones prácticas para tomar muchas de esas decisiones, pero la imagen sigue siendo desconcertante: un hipopótamo emerge del agua en Colombia y, durante unos segundos, toda la discusión científica desaparece detrás de algo mucho más básico.
Está vivo.
Está ahí.
Y es precioso.
Terminar esos dos episodios otra vez me hizo pensar que pocas producciones extranjeras que yo recuerde han mostrado a Colombia con semejante mezcla de irreverencia y admiración. No porque nos hayan tratado con guantes ni porque hayan ocultado nuestras contradicciones. Precisamente porque hicieron lo contrario. Nos mostraron raros, caóticos, desproporcionados, bellos y difíciles de explicar.
Clarkson, Hammond y May vinieron buscando animales para unas putas pantallas de Amazon.
Y terminaron haciendo algo bastante más importante.
Durante dos horas miraron este país como si todavía pudiera sorprenderlos.
Lo jodido fue darme cuenta de que a mí también me hacía falta volver a mirarlo así.

TODAVÍA NADIE HA FIRMADO. PUEDES SER EL PRIMERO.