De pie, en el frío aire de la noche, se encontraba Fredy Stewar a la salida del estadio. El América se había dado un verdadero festín. Un baile al que acostumbró a sus hinchas en aquella época. Eran los actuales campeones del fútbol colombiano. Bicampeones, para ser más exactos. Abril de 1984, y ese equipo era intratable. Imparable. Extraditable.
La hinchada acudía masivamente al Olímpico Pascual Guerrero. Fredy Stewar siempre estaba presente. Era un niño de 12 años. A los menores de edad los hacían ingresar gratis por Gorriones, en la tribuna oriental. Monky, como lo apodaban en el barrio, tenía que caminar tres kilómetros y medio para llegar a la cita de todos los domingos.
Ir a ver a su amor era algo que lo motivaba durante toda la semana. No era un buen estudiante. Perdía materias que ningún otro muchacho perdería. En educación física se preparaba para su prueba de resistencia semanal.

La travesía iniciaba en el barrio San Judas. Las miradas hostiles de quienes vigilaban los movimientos sigilosos de Monky comenzaban a hacer estragos en el estómago de Stewar. Estaba cagado del susto. Pasar por esas calles llenas de basura orgánica, sin un policía a la vista y entre basuras humanas ávidas de droga y del bien ajeno, hacía parte de la llegada al estadio. Era casi un milagro atravesarlas sin perder las monedas que le daba su viejo para una gaseosa y un pan.
Del susto al gusto.
Así eran esas tardes: algunas pasadas por agua, muchas iluminadas por el astro sol, que parecía desquitarse con los habitantes de Cali. Los ojos se llenaban de verdadero deleite en el estadio. Mujeres hermosas. Ver a Cueto y a La Rosa. América bailando bambuco y comiendo lechona.
Ese domingo, La Mecha jugaba contra el Tolima. Literalmente, jugó, se burló, humilló. Juan Manuel Bataglia, sin ser delantero, se había convertido en un anotador constante en el Pascual. Casi siempre salía como figura el paraguayo.
La ilusión de Monky era abrazar a quien por esos días él decía que era su ídolo. Un referente para seguir peleando por el sueño de ser futbolista. A decir verdad, con el talento que tenía Fredy Stewar, solo le alcanzaría para llevar las aguas o brillarles los botines a los jugadores.
Se quedó chupando frío, esperando la salida de los jugadores del América. Parecía una fiesta infantil. Niños de 7, 9, 10 y 12 años esperaban con ansias ese regalo sorpresa. Y luego de una corta espera aparecieron en escena el Pitufo, el Gato, el Pitillo, el Conejo, el Camello y otros futbolistas más.

Monky esperaba a uno en especial.
Al de los goles por ese entonces. Al que tenía una cabellera exuberante, hermosa, abundante. Juan Manuel Bataglia se había convertido en el preferido de chicos y grandes. De mujeres y de hombres. Era el preferido de la hinchada escarlata.
Hasta esa noche.
Los culicagados, al ver salir al paraguayo, empezaron a saltar, a gritar. Una euforia colectiva generada por los goles de Bataglia. Esa noche convirtió dos goles en la goleada 4 por 0 al Tolima.
El primer gol llegó tras un tiro libre magistral del paraguayo. Una especialidad de la casa. Al ángulo superior izquierdo. América 1, Tolima 0. Stewar, con lágrimas en su rostro, abrazaba a quien estaba a su lado. Nadie conocido. Así es la celebración de un gol: abrazás a alguien sin saber quién sea.
Monky deseaba abrazar a su ídolo. Esa noche él sentía el palpito de que así sería.
El segundo llegó treinta y tres minutos después. Otra vez Bataglia. Otra vez gritos y abrazos por doquier. Un estadio convertido en una locura roja. Monky ya no sabía si estaba presenciando un partido de fútbol o cumpliendo un sueño.
Mientras los jugadores celebraban, Monky solo pensaba en su abrazo.
Hoy sí lo voy a lograr.
No quería una camiseta. No tenía cámara para tomar una fotografía. Mucho menos un lapicero para un autógrafo.
Quería abrazar a su ídolo.
Se quedó esperando a Bataglia. Había esperado toda la noche por ese momento. Los otros nenes gritaban los nombres de Falcioni, Willy, Cueto. Él solo tenía ojos para Bataglia.
Y ahí estaba el paraguayo, caminando hacia la salida de Occidental, acompañado por su compatriota Gerardo González Aquino. Ambos llevaban encima el sudor de la goleada. La hinchada se acercó histérica buscando una firma, una foto, un saludo.
Monky se abrió paso a la brava entre los demás.

—¡Bataglia!
El goleador de la noche volteó. Por un instante, sus miradas se conectaron. A Stewar le salían pequeñas gotas de emoción. El paraguayo miraba con tensión.
Monky sonrió.
Bataglia se acercó.
Y entonces levantó la mano.
Fue apenas un movimiento sutil. Un segundo. Pero para Bataglia fue suficiente.
El paraguayo reaccionó con furia guaraní.
Silencio.
—¡¿Qué querés, mariconcito, que te levante a pata?!
Monky se quedó paralizado. No entendía nada.
—¡No fui yo!
Pero Bataglia ya estaba encima de él.
—¡No me volvás a tocar el pelo, hijueputa!
Monky miró sus dedos, como pidiéndoles explicación. Bajó su mano.
No había tocado nada.
Ni siquiera había alcanzado a acariciarlo.
Su ídolo ya no era el mismo.
O quizá sí.
Quizá quien cambió fue él.
Esa noche Fredy Stewar no consiguió el abrazo que soñaba. Consiguió algo mucho peor: descubrir que los ídolos también pueden romperle el corazón a un niño.


TODAVÍA NADIE HA FIRMADO. PUEDES SER EL PRIMERO.