Estoy solo. ¿O no? No. Estoy rodeado de bellos. Soy feo, les produzco horror a todos. No me permiten ser. ¡Qué fatalidad no tener la aceptación de la gente con la que compartís todo! Todos los días, envuelto en sus sucias redes. Los acompaño al baño, hacemos todo juntos.

Me tratan como a un asesino. Soy un peligro, sí, pero no un criminal que deba pagar condena. Al contrario: he visto cómo liquidan a mis padres, a mis hermanos, a toda mi descendencia en cámaras de gas.

Aquí, en esta lujosa mansión, todos son preciosos y princesas. Angélica, la madre, está casada con Armando desde hace más de veinte años. Son infieles. Se ponen cachos y se celan a diario. Hay veces que me confundo: ¿soy yo el animal o ellos?

Andrés es el menor. Hace siete años llegó a vivir aquí. No sé cuál es su verdadero apellido. Armando cree que no es un López; Angélica llora que sí. Ríe que sí. Las pruebas de ADN confirmaron que, en efecto, tiene sangre de esta familia, mi familia, mi sangre.

La primera princesa se llama Antonella. Hermosa, bella, como todos. Ya es mayor de edad, tiene veinte años. Fue la primera duda del señor Armando: ¿será hija mía?

Bueno, acá son todos putos y putas. A mí me da igual. Nadie me quiere. Me la paso de habitación en habitación, duermo en la cama que yo quiero.

Mentiras.

Yo duermo con Arturo. Es el mejor. Está en la edad en la que le importa un pepino todo. A los dieciocho, ellos lo que quieren es libertad, aire, sexo, sudor, césped, balón, fútbol. Me encanta esa adrenalina que me hace sentir.

Aquí vivo yo, entre los vellos del bello Arturo López.

No sé cuál es la obsesión de los humanos por estar limpios. En especial Arturo. Se baña demasiado. Es capaz de hacerlo diez veces al día. Eso es un problema para mí. Aunque mi astuta estratagema consiste en posarme sobre la visitante que ha dejado tendida y rendida en su cama. Les copio todo.

También soy infiel.

Puerco Motel

Arturo se juega tres partidos al día. El de la mañana me pone nervioso. Ansioso. Morboso. Soy testigo y gozo con un juego incestuoso que sostiene con Antonella desde hace trece meses.

¿Soy yo o ellos los animales?

En el segundo soy protagonista. Manipulo a Arturo a mi conveniencia, a la nuestra. Él se hace grande, goleador, pero gracias a mí. Soy la mente maestra.

Aprendí a jugar fútbol sobre humanos a muy temprana edad. Mi padre me lo enseñó. Él también tuvo su época de gloria. Estuvo instalado en la cabeza de un grande. Vivió con Ballesteros, el famoso Fantasma.

Así se aprende este oficio.

En la cancha somos el nueve. Arturo es alto, pasa del metro ochenta. Nos hacemos grandes en el área. Todo lo que va por arriba es mío.

Bueno… de Arturo.

Nuestro, al fin y al cabo.

Arturo dice que tiene buena suerte.

Imbécil.

¡Detrás de tus goles estoy yo! Cuando decidís saltar, soy yo quien te induce a hacerlo. Cuando cabeceás, soy yo quien remata. Soy quien calcula la distancia, la caída. Soy yo quien te quita las marcas pegajosas de los defensores. Me basta un segundo para picar y volver a manipularte.

El fútbol es un sucio juego de contacto. Y de eso sé bastante.

Payaso sin maquillaje, sin zapatos alargados, sin ping-pong en la nariz. Eso sos.

El entrenador cree que tenés un don. Algunos periodistas hablan de tu imponente físico, de tu olfato goleador, de tu extraordinaria manera de anticipar a los defensores. Hablan de vos sin conocerme.

Nadie habla de mí.

Ni una sola palabra.

Puerco Motel

La semana pasada convertiste tres goles. Un nuevo balón para nuestra colección. También es mío, no lo olvides. El primero, de cabeza. El segundo, después de ganarle la posición a tu rival. El tercero fue una barbaridad: saltamos entre dos grandulones, conectamos de cabeza y ¡adentro! La red se infló, como te gusta, como me gusta.

Yo terminé mareado después de ese compromiso. Vos terminaste en los periódicos. Así funciona el mundo: los grandes se llevan los aplausos y los pequeños tenemos que conformarnos con vivir entre sus miserias.

Pensar que esa noche tendrías tu tercer partido del día. La visita de tu novia, Aitana, a quien sacarías a jugar.

Arturo va a jugar el partido más importante de nuestras vidas.

Pero esta vez será diferente.

He tomado una decisión.

Hay representantes de clubes europeos. El Valencia de España y la Lazio de Italia están muy interesados en contratarnos.

Vos no te vas.

Vos no te vas a ir solo.

Armando sueña nadando en una piscina llena de dólares. Angélica lloraría tu partida, pero, con picardía, añoraría visitarte y mandarse un italiano.

Antonella, en cambio, sonríe. Ella sabe algo que los demás ignoran.

Yo también lo sé.

No me miren así. ¿Acaso ustedes abandonarían a su familia?

Yo no.

He pasado generaciones enteras viviendo sobre cabezas ajenas. He conocido campeones, fracasados, borrachos, enamorados y mentirosos. He sobrevivido a peines, champús, uñas asesinas y remedios que prometían acabar con mi especie. ¿Y ahora voy a dejar que un contrato europeo me quite lo que es mío?

¡Ni por el putas!

Hoy no juego. Arreglátelas como podás, Arturo.

Saliste a la cancha solo. Te veías chiquito. Yo estaba con Antonella. Sus pensamientos me hacían hervir, me calentaban. Nunca te pudiste desmarcar. Ni siquiera pudiste levantar tu cuerpo del césped una sola vez.

Inútil.

¿Sabés que no sos nada sin mí, verdad?

Puerco Motel

Se terminó el primer tiempo y saliste corriendo a los brazos de tu amada.

¿De quién?

—Anto, no sé qué hijueputas me pasa. Me siento pegado al piso. ¡Jueputa!

Aproveché y salté a tus vellos. Unos segundos más en la cabeza de tu hermosa moza y habría estallado por los aires del estadio.

Antonella te miraba.

No a mí. Todavía no tiene el privilegio de verme.

Empezó a buscarme entre tus cabellos, como si supiera que estaba ahí. No sabía qué hacer. Los movimientos, que al principio fueron sutiles, se convirtieron en un hijueputa terremoto de pasión.

Los López.

No alcancé a salir de tu cabeza.

La cagué.

Al término de los segundos cuarenta y cinco minutos del partido, fuiste el héroe. Te hice grande, Arturo. Tus compañeros siguieron insistiendo por arriba. Sabían que, tarde o temprano, íbamos a ganar por el aire.

Y así fue.

Minuto 83. Centro desde el costado izquierdo. Nos elevamos, logramos despegarnos del piso casi dos metros. Cabezazo y ¡adentro!

¡Golazo, Arturo!

¡Qué gol nos hicimos!

Me hiciste llorar con tus lágrimas. El sudor de tus compañeros, el tuyo y el mío se fundieron bajo la sofocante temperatura.

¿España o Italia?

Me gusta más la playa.

Vámonos a Valencia, Arturo.

Allá seremos grandes.

Allá serás el Piojo López.

Puerco Motel