Hay una cosa particularmente sabrosa en que Emily Wilson haya decidido volver a traducir La Odisea.

No es que su traducción anterior haya envejecido mal.

Tiene nueve años.

Nueve.

Hay colchones con garantías más largas.

La versión que Wilson publicó en 2017 fue celebrada internacionalmente, se convirtió en bestseller y pasó a ser una de las traducciones contemporáneas de Homero más recomendadas en inglés. Además tuvo ese pequeño detalle histórico de ser la primera traducción completa publicada del poema al inglés por una mujer.

Y ahora su propia autora miró esas aproximadamente doce mil líneas que le habían costado cinco años de vida y dijo, básicamente:

Bueno. Otra vez.

No corregir unas palabras.

No cambiar tres comas y sacar una edición “definitiva” con cubierta nueva para cobrar otros treinta dólares.

Volver al griego.

Volver al principio.

Volver al mismo hijueputa hombre tratando de llegar a Ítaca.

Wilson ha dejado bastante claro que no está preparando una revisión de su traducción de 2017. Está aproximadamente a mitad de una traducción completamente nueva, construida con reglas distintas y sin fecha de publicación todavía anunciada.

“Es una retraducción completa. No es una revisión de la versión anterior”.

La noticia sería interesante en cualquier momento.

Pero ocurre justo después de que Christopher Nolan agarrara La Odisea, le metiera Matt Damon, Tom Holland, Zendaya, Anne Hathaway, gigantes, barcos, cámaras IMAX y presupuesto de persona que jamás ha preguntado cuánto vale un taxi, y volviera a convertir a Homero en cultura popular de temporada.

La película estrenada en julio disparó en Reino Unido las ventas impresas de La Odisea un 1.400 % durante las cuatro semanas terminadas el 25 de julio frente al mismo periodo de 2025. Y la traducción de Wilson fue una de las principales beneficiadas porque Nolan había mencionado explícitamente su versión y su famosa primera línea —“Tell me about a complicated man”— como influencias para la película.

Es decir: una superproducción de Hollywood terminó mandando miles de personas a comprar un poema compuesto hace casi tres milenios.

Pobre Homero.

El hombre no alcanzó a ver regalías.

Pero la pregunta buena no es por qué volvió La Odisea.

Esa vaina nunca se ha ido del todo.

La pregunta es bastante más extraña:

¿Cómo puede una traducción de un clásico quedarse vieja en menos de diez años si el original lleva aproximadamente 2.800 sobreviviendo?

Traducir es escoger qué Homero le toca a uno

Traducir es escoger qué Homero le toca a uno

Existe una manera escolar de pensar la traducción que ha causado bastante daño.

Uno imagina el texto original aquí.

Y la traducción allá.

Entonces el trabajo sería pasar todo de una caja a otra sin romper nada.

Como una mudanza.

Griego antiguo → inglés.

Listo.

Se tradujo.

Muchas gracias.

Puede pasar el siguiente idioma.

El problema es que eso no funciona así.

Nunca funcionó así.

Una lengua no tiene una palabra esperando educadamente por cada palabra de otra lengua. El ritmo cambia. Las asociaciones cambian. Las estructuras cambian. Los insultos cambian. Las jerarquías sociales cambian. Las palabras que describen género, esclavitud, poder o violencia vienen cargadas con siglos de historia que Homero obviamente no conoció porque bastante tenía el hombre con los cíclopes.

Entonces traducir no consiste solamente en preguntar:

¿Qué significa esta palabra?

También hay que preguntar:

¿Qué hace esta palabra aquí?

¿Cómo suena?

¿Es solemne?

¿Es cotidiana?

¿Se repite?

¿Es ambigua?

¿Quién la está diciendo?

¿La palabra inglesa que parece equivalente trae consigo una idea moderna que el griego no tenía?

Ahí comienza el mierdero.

Traducir es escoger qué Homero le toca a uno

La primera Odyssey de Wilson estaba construida alrededor de una decisión formal particularmente brava: usar pentámetro yámbico y conservar exactamente la misma cantidad de versos del poema griego.

Homero utilizaba hexámetro dactílico, una línea generalmente más espaciosa que el pentámetro inglés. Wilson decidió, entonces, meter el equipaje de una línea grande dentro de una maleta más pequeña sin pagar sobrecupo. Eso la obligó a comprimir. A buscar palabras cortas. A eliminar expansiones. A mantener una velocidad narrativa que para ella era crucial porque muchas traducciones anteriores convertían un poema bastante ágil en una vaina que hacía sentir a sus estudiantes como si Odiseo hubiera tardado veinte años, no diez, solamente en atravesar una página.

El resultado produjo parte de aquello por lo que fue tan celebrada su versión.

Claridad.

Velocidad.

Ritmo.

Un Homero que no parecía escrito exclusivamente para personas que utilizan “empero” en conversaciones normales.

Pero toda regla artística cobra arriendo.

Wilson reconoce ahora que aquella restricción también la empujaba demasiado hacia palabras monosilábicas y le quitaba espacio para reproducir ciertas repeticiones, epítetos y posibilidades del griego. Después, cuando tradujo La Ilíada en 2023, encontró otra solución: mantener el metro tradicional inglés pero permitirse más versos.

Y ahí tuvo la idea peligrosa.

—Un momentico.

—¿Y si hago La Odisea así también?

Eso es lo bonito y profundamente neurótico del oficio.

Uno pasa cinco años resolviendo un problema y tres años después encuentra una forma diferente de resolverlo.

Felicitaciones.

Ahora tiene otro problema.

La nueva traducción tendrá más líneas, podrá utilizar palabras más largas y buscará conservar con mayor insistencia las repeticiones del original, especialmente sus fórmulas y epítetos. También tendrá aproximadamente cuatro veces más notas finales, porque Wilson aparentemente pertenece a ese grupo reducido de seres humanos que terminan doce mil versos y sienten que les faltó escribir notas.

También hay cambios menos visibles pero quizá más reveladores.

Wilson ha dicho que hoy considera demasiado generalizador haber usado repetidamente la palabra “slave” en 2017 para situaciones de sometimiento que en el mundo homérico no eran todas iguales y que podrían describirse con mayor precisión.

Ese detalle explica prácticamente todo.

El griego no cambió entre 2017 y 2026.

Wilson sí.

Cambió su experiencia como traductora.

Cambió después de traducir La Ilíada.

Cambió la conversación académica.

Cambió el mundo alrededor de palabras como esclavitud, género, poder, colonización y migración.

Y una traducción ocurre justamente en ese cruce raro entre un texto viejo y una persona viva.

Por eso hablar de “la traducción definitiva” de un clásico es parecido a hablar de la interpretación definitiva de una canción.

¿Definitiva para quién?

¿Cantada cómo?

¿En qué época?

¿Con qué instrumentos?

¿Con qué público?

Un buen clásico no es una momia.

Es una canción que cada generación vuelve a tocar.

Nolan puso a Homero otra vez en cartelera y Homero volvió a cambiar

Aquí entra Christopher Nolan, aunque es importante no inventarle méritos que no tiene.

Wilson ya estaba trabajando en esta nueva traducción antes de su pelea pública con la película. La conversación donde explicó el proyecto fue grabada meses antes del estreno.

O sea que esto no es:

—Vi la película de Nolan y voy a arreglar esa cagada.

Aunque sería una historia espectacular.

Lo divertido es que Wilson primero estaba emocionada porque la película podía llevar nuevos lectores hacia Homero. Después la vio.

Y se le pasó un poquito la emoción.

Su reseña fue una carnicería bastante poco diplomática: criticó la falta de profundidad emocional, política y ética de la adaptación, consideró pobre la motivación de los personajes y resumió su opinión sobre el guion con una palabra que ningún director disfruta encontrar en una reseña: “abysmal”. También se quejó de la ausencia de sexo y de que la comida se veía horrible, detalle que agradecemos porque alguien por fin está fiscalizando los asuntos verdaderamente importantes de la épica occidental.

Y, sin embargo, la película hizo exactamente algo que Wilson había esperado antes de verla:

mandó gente hacia el poema.

Miles de espectadores salieron de una producción multimillonaria y terminaron preguntando cuál Odisea comprar.

Eso es fascinante porque muestra el recorrido completo de un clásico.

Un poema oral antiguo se fija por escrito.

Siglos después alguien lo copia.

Otro lo edita.

Otro lo traduce.

Otro vuelve a traducirlo.

Hollywood lo convierte en película.

La película manda gente nuevamente a la traducción.

Y la traductora que inspiró parte de la película ya está haciendo otra traducción porque aquella traducción tampoco le parece final.

Eso no es una línea de transmisión.

Es un remix infinito.

Y Wilson habla de la traducción precisamente en términos muy cercanos a eso: cada época encuentra energías distintas dentro del mismo texto. Un traductor del siglo XVII podía leer La Odisea preocupado por la corte, la venganza o el estoicismo. Un traductor contemporáneo difícilmente puede acercarse al mismo poema sin hacerse preguntas sobre clase social, migración, colonización, relaciones entre pueblos y tecnología.

El original sigue ahí.

Pero nosotros llegamos distintos.

Eso significa que Homero nunca suena completamente como Homero.

Suena como Homero atravesando a alguien.

Por Chapman.

Por Pope.

Por Lattimore.

Por Fagles.

Por Wilson 2017.

Y ahora por Wilson otra vez.

No porque una de esas versiones necesariamente destruya a las anteriores.

Precisamente porque ninguna puede hacer todo.

Una traducción gana algo y pierde otra cosa.

Si conserva el metro, sacrifica espacio.

Si explica demasiado, pierde velocidad.

Si moderniza mucho, puede borrar la extrañeza.

Si conserva demasiada extrañeza, convierte la lectura en una excursión con guía académico, cantimplora y botas especiales.

Traducir es administrar pérdidas.

La pregunta es qué está uno dispuesto a perder esta vez.

Por eso nueve años pueden ser suficientes para que un clásico necesite otra versión.

No porque Homero haya envejecido.

Porque nuestra manera de escucharlo sí.

Y ahí La Odisea tiene una ventaja casi ridícula frente a buena parte de la cultura contemporánea: lleva siglos permitiendo que cada generación crea que acaba de descubrir algo nuevo dentro de ella.

Guerra.

Familia.

Sexo.

Migración.

Violencia.

Hospitalidad.

Matrimonio.

Poder.

Hombres que desaparecen durante años y regresan esperando que todo continúe exactamente donde lo dejaron.

Marica, hay problemas humanos que tampoco han recibido actualización.

Emily Wilson podría haber vivido perfectamente del prestigio de su versión de 2017.

Ahora, gracias a Nolan, incluso está vendiendo otra vez como si acabara de salir.

Lo sensato comercialmente sería quedarse quieta.

Pero decidió volver a sentarse frente al mismo griego y preguntarse si ahora escucha otra cosa.

Y quizá ahí está la mejor explicación de por qué seguimos traduciendo clásicos.

No para que finalmente queden terminados.

Para comprobar que todavía no terminamos nosotros con ellos.